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Novela

Hirashi Kashiwai: Los misterios de la taberna Kamogawa

domingo 28 de enero de 2024, 19:03h
Hirashi Kashiwai: Los misterios de la taberna Kamogawa

Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas críticas más leídas de libros destacados. ¡Feliz 2024! ¡Felices lecturas!Traducción de Víctor Illera Kanaya. Salamandra. Barcelona, 2023. 192 páginas. 18 €. Libro electrónico: 7,99 €.

Por José Pazó Espinosa

Es fácil tener hoy hacia la comida opiniones y juicios ambivalentes. Por un lado, vivimos en la actualidad en una sociedad occidental gastronomizada, en la que abundan los programas de televisión, los artículos de periódicos y revistas, los honores a restaurantes, las entrevistas a restauradores de éxito, horrible palabra esta con la que se quiere dar lustre a los simples cocineros de antaño. Por otro, Platón la define como algo accesorio, decorativo, a lo que se inclinan los espíritus superficiales y preocupados por lo contingente. Y, entre esa disyuntiva, está Japón.

La gastronomía nipona se ha erigido como el gran y discreto jefe del panorama gástrico contemporáneo. El viajero que va allí descubre enseguida que la comida es algo más que sólo comida. Es momento, es experiencia estética y ética, es sugerencia, es sugestión. Es rareza compartida o solitaria, es economía, es uso ancestral, es historia y es geografía. Sí, se me podrá decir con razón que todas las cocinas del mundo son eso –y mucho más--, pero la de Japón es eso por antonomasia. Lo es por su rareza y por su pobreza, es decir, por la capacidad de extraer sofisticación de lo simple, de hacer que el proceso sea a veces lo más importante mientras que otras prevalece la materia prima. Pero, sobre todo, por su capacidad de sugerencia estética y literaria, algo que no todas las cocinas comparten.

Sin duda, la comida tiene una íntima relación con la memoria. Recordamos lo que comimos hace años y recordamos con quién lo comimos. Nuestros acontecimientos importantes los fijamos con comidas para intentar que no pasen al olvido, ni en nosotros ni en nuestros allegados. Los grandes momentos de la memoria colectiva y familiar los celebramos comiendo. El Thanksgiving o la Navidad van de eso, de grabar en nosotros la importancia de algo, aunque ni siquiera sepamos claramente qué es. Y de eso también va este delicioso libro que nos presenta Salamandra narrativa, Los misterios de la taberna Kamogawa, escrito por Hisashi Kashiwai y traducido con gusto por Víctor Illera Kanaya.

El libro consta de seis capítulos en los que un padre, Nagare (fluir) y una hija Koishi (guijarro), y el espíritu de Kikuko, la esposa y madre muerta, regentan una peculiar casa de comidas llamada Kamogawa, que es el nombre del río principal de Kioto. No sólo dan de comer a clientes, sino que gestionan una discreta oficina de investigación, es decir, actúan de detectives privados gastronómicos. Los clientes acuden a ellos para que les recuperen la receta de un plato que fue importante en su pasado y que por alguna razón (paso del tiempo, muertes) no pueden recordar. Por supuesto, esos platos, esas comidas, fueron muy importantes para ellos, y lo que buscan es rememorar la emoción que tuvieron al comerlo en el pasado. El cliente no está obligado al pago, que queda a su voluntad.

El padre, cocinero, y la hija, ayudante, son dos personajes entrañables, y actúan en todo momento a la sombra de la esposa y madre muerta, que sirve de equilibrio y de delicado contrapunto. No hay que decir que las recetas, y la descripción de la comida (que se hace mientras el cliente se la come) es una delicia para cualquier aficionado a la comida japonesa y a la comida en general. Pero lo más extraordinario es que con ese simple supuesto, con esos pobres ingredientes, el autor entra en las profundidades semióticas y psicológicas de los personajes, en las razones para que una comida particular quede en nuestra memoria, y en los matices de las vidas de los personajes del libro, sus situaciones y sus recuerdos.

Es un libro ligero, que se lee con ritmo y gusto, que entra fácilmente como un caldo suave y delicado, pero que luego deja un recuerdo en el paladar complejo, introspectivo y ambivalente. Confieso que tras leerlo me entraron ganas de acercarme a la taberna Kamogawa para ordenar la recuperación de alguna receta infantil. Y para luego preguntarme por qué he elegido precisamente esa.

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