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TRIBUNA

Van por la sombra

domingo 04 de febrero de 2024, 19:16h
Actualizado el: 02/04/2024 19:27h

Son compañía discreta. Eternos por los retratos y los elogios que de ellos se han hecho y dicho. Los pájaros nos esperan allá donde nos dejemos caer, y no se despiden a la partida, porque en otro punto o tiempo sabrán encontrarnos. Divagaciones que tienen mucho peso y al minuto olvidamos, quizá por suerte, igual que su aleteo.

Charlando con M.B. de su colección El pájaro solitario, me contó que se inventó esa secreta tirada en homenaje a su padre, quien le enseñó a amar las aves. El motivo me pareció conmovedor, más si cabe, volviendo a lo mencionado, por tener esa similitud las ediciones con el tamaño de esas criaturas. Caben en la mano como si dejaran cogerse. En el que me llevé hace unos días de viaje, El gorrión y sus cómplices, escribe A.T. en Menos que nada a propósito de la sensación de recoger el cuerpo de uno, ya muerto: ‘… daba miedo/ lo poco que pesabas habiendo sido tanto,/ menos que plumas sólo,/ menos que nada/ y esa nada también, mas de otro modo,/ me ha quemado las manos.’

El viaje, a Ciudad Rodrigo. Los eternizados campos de cereal se iban cambiando por dehesas. De añadidos, junto a cercas de fincas, unas esculturas de vacas y toros de colores pop, brillantes, pintarrajeadas. Todo muy tranquilo, muy castellano. No había nadie por la carretera. Con ese silencio, iba pensando en las veces que, viendo carteles con nombres de pueblos, nos acordamos y decimos en voz alta ‘Ese era el pueblo de…’ o ‘Allí vivían los padres de…’, tratando de evocar una serie de añoranzas o personas que echamos en falta, pero que tampoco acuden demasiado a nuestra memoria. Se pierden, se pasan y se dejan atrás, y esas indicaciones con nombres locales no son sino epitafios adjudicados en el último minuto. ‘Apenas durarás lo que esa sombra/ fugitiva en las piedras/ del camino,/ en los campos de centeno,/ en la misma ladera que igual sube’, dice el poema La sombra del milano. Así es.

Vueltas por el casco viejo. El viento encajonado por las calles resultaba helador. La calle donde comimos, de poema pessoano, Rúa del Sol, en la que está el negocio Relojería Jaime, irónico y bellamente fuera del tiempo. La plaza del músico Dámaso Ledesma rodeada de pensamientos. El jardín del alcázar de Enrique II de Trastámara, en el actual parador, lindado por las murallas de la antigua atalaya frente al río Águeda. Silencioso, cautivador, oloroso a boj y prestado a confidencias cuando se necesitan unos minutos de sosiego para consigo y con quien uno va. Suelos de tierra y semillas de los árboles, pisar mullido, mirlos cantarines entre las ramas cuchicheando sobre quienes visitaban —‘De la verde rama/ canciones de plata/ bajan’, dice en Pájara y cántara, rosales por florecer, encinas, pinos viejos, hiedras que se arrastraban, almendros con su blanca efusividad ‘donde se posa un pájaro de nieve’, bancos en los que te podías imaginar leyendo, doliéndote gratuitamente con la libertad de lo que no necesita permiso ni razón. Las cigüeñas crotorando en sus nidos. Un granado seco.

Era fácil aplicarse aquello de: ‘Yo voy allí a menudo/ sin ningún otro ánimo/ que ver morir la tarde/ y percibir el claro/ pensamiento que mira/ con los ojos cerrados.’

Los escudos nobiliarios de los palacios, torcidos en las fachadas, algo típico debe ser. Un molino de agua. Alamedas desnudas con mesas de merendero. La zona nueva al otro lado del río, no pareciendo muy frecuentada. La mirada en los trasnochadores de los bares de provincias, color coñac, el último, uno para el camino y para mi compañero. Pitorreos, arranques flamencos donde cenamos. Restos de basura por las esquinas. Las atracciones de feria desmontadas por los dueños. Frío nocturno, solemne, en los muros de la catedral de noche.

Hacia Portugal, el paisaje se presentaba distinto al que me figuraba. En vez de las dehesas, eran bosques de eucaliptos y pinares en pugna con las mimosas. Hacían suya toda la atención posible. Sería normal que, de no acostumbrarse a su ahogo tan bello y amarillo, el oro de esas acacias y el de los piornos condujese a la locura si se obedeciera ciegamente, como bajo hipnosis, a sus vaivenes por el aire.

Un magnolio caduco. Ese era su nombre. Primero, en un jardín descuidado residencial junto a las murallas de Ciudad Rodrigo. Ayer, en la plaza, en otro parque, de los Mártires de la Patria, al lado de la universidad y pasada la Torre de los Clérigos.

En Oporto, la calle del apartamento donde nos alojamos, en la ribera de Gaia, era impersonal por sus negocios y ambiente urbano de cotidianidad aburrida, simple. Según te ibas acercando al emblema, el puente de Luis I, cambiaban las cosas; los aromas frescos de los azulejos, las camelias y hierbajos asomándose curiosos a las tapias, los graznidos enloquecedores de las gaviotas, te situaban en la ciudad que ibas meditando, en su seriedad y fascinación. Oporto es más decadente. No pensaba que fuera a sentir el vértigo, no tan fuerte al menos, pero al paso sobre las planchas de hierro se me reblandecían las piernas y las plantas de los pies, aunque en ningún momento pensé detenerme, no en este primer cruce.

Estación de São Bento. Almeida Garrett. Praça do Município. Edificio de la Bolsa. Un castaño de verde artificial. Azulejos en la estación que anticipan el trayecto a los que van y llegan. Sol tardío y meloso en el azul portugués. Primeros avistamientos de la dejadez reinante en casas del centro que hace décadas dejaron de serlo, ahora comercios modernos, hoteles, suvenires, marcas de ropa, etc. Un viejo tocaba música clásica en un organillo reciclado de un colchón inflable frente a una iglesia de color alga o caries. Detrás, las mentadas Torre de los Clérigos y plaza de los Mártires de la Patria. El atardecer no permitía mirarlo de frente, como si el Atlántico desafiara. Los vimos ahí primero y luego por todos lados, a los integrantes de una coral, jóvenes de traje y capa bastante apurados en sus cometidos. Menciones a poetas y caídos en placas y letreros sobre estructuras igualmente caídas, pero no encontré motivo para quererlas de otro modo, pues en mejor estado quitarían su hermosura; ellas, como el verso de F.B.R.-Soares-Pessoa, ‘que nunca han sido nada…’

Grafitis en la rua das Virtudes. Vistazos al mapa. Otros de otros países en las mismas, hacia arriba, hacia abajo. Calles que son pasto de gaviotas, en los capós de los coches, picando la chapa, cualquiera les dice nada. Gatos malviviendo, pocos. Había una lucha por quién imitaba mejor el chillido de un niño, si sus graznidos o sus maullidos. En un mirador entre palacetes abandonados, eran alimentados por una loca de la zona, arreglada para la ocasión; les acariciaba el lomo mientras degustaban un engrudo marrón. Asco y mareos, ternura. Chavales y una influencer sacándose fotos con el Duero, el puente, las barriadas y las bodegas de Gaia. Callejeo por rincones vacíos, tabernas con gritos y pasillos negros, parroquianos de borracheras interminables. Alto para una cerveza en la agitada rua das Flores. Marcha, gente pidiendo, otros llegando a sus apartamentos. Vuelta por el puente de noche, más relajada la impresión. […]

Poca vida merodeando ya. Sólo los pájaros. Ritmos europeos, se notan. En este cuaderno, al día siguiente, inundaba todavía cada página el perfume del pétalo rosa y blanco y ajado del magnolio. Qué parecido el suyo con el de la ciudad.

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