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LIBROS

Mario Pérez Antolín, aforista

Javier Mateo Hidalgo
miércoles 07 de febrero de 2024, 18:30h
Mario Pérez Antolín, aforista
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Uno de los retos que se presentan como más complejos para el ser humano en su existencia es, en realidad, doble. El individuo no sólo ha de entender el mundo que le rodea, sino demostrar también que lo ha asimilado a través de la escritura. Traducir con palabras los pensamientos y asegurar su inteligibilidad para los demás. Cuanto más cercano esté a cumplir esta meta, mejor habrá sabido emplear la comunicación escrita, cuyo equilibrio se halla entre la síntesis y lo poético. Dos elementos éstos que pueden resultar antagónicos —claridad y lírica— pero que, sin embargo, son complementarios e igualmente decisivos para la expresión propia y la comprensión ajena.

Los aforismos se presentan como una fórmula ideal para canalizar lo que aquí planteamos, pues tienen la sabiduría de quien aprehende el mundo, lo transmite y utiliza para ello la belleza contenida en las palabras. Filosofía y estética, en suma. Si bien el aforismo tenía en su origen la brevedad como sentencia, actualmente ha ido derivando hacia una mayor extensión, pudiendo enlazarse diferentes eslabones o conceptos con los que conformar una cadena de sentido mayor.

Actualmente no abundan quienes se ejercitan en el arte aforístico, debido precisamente a la dificultad que su práctica entraña. En España tuvimos a un excelente escritor que creó sus particulares aforismos, añadiendo siempre a la receta el humorismo y la metáfora. Con sus greguerías, Gómez de la Serna abrió un camino insólito y carente de discípulos. Sólo una personalidad como la de Ramón podía ser capaz de atribuirse la paternidad de estas creaciones. Del mismo modo, el aforismo llevado a una nueva fórmula, reinventado de cara al tiempo presente, tiene nombre y apellidos en nuestro país: Mario Pérez Antolín. Su legado literario se encuentra plagado, hasta la fecha, de libros creados bajo ésta temática: Profanación del poder (Los libros del lince, 2010), La más cruel de las certezas (Baile del Sol, 2013), Oscura lucidez (Baile del Sol, 2015), Crudeza (Ediciones Trea, 2018), Contrariedades (Ediciones de La Isla de Siltolá, 2020) y, ahora, Mínima esencia (Thémata, 2024).

El análisis que Ignacio Gómez de Liaño —tal vez uno de los mejores conocedores de este aforista— hace de su obra, puede ayudarnos a comprender mejor al autor: “Una de las principales preocupaciones de Pérez Antolín es la búsqueda de la verdad, incluso cuando lo hace al precio de desvalorizarla para, de ese modo, intentar revalorizarla”. O también: “Mario Pérez Antolín nos revela sus secretos, o sea, los secretos del lector, los amargos secretos del simple hecho de existir”. Tanto en una como en otra descripción, resulta fundamental afrontar esa cruda realidad para desmenuzarla, hacerla manipulable y devolverla ya asimilada y comprensible. Una difícil operación que Pérez Antolín realiza con envidiable habilidad, mostrándonosla mediante una sencillez que, de no comprobarse a través de su pluma, diríase imposible.

La última de las apreciaciones de Liaño aquí ofrecidas procede de la contraportada de otro de los libros esenciales de Pérez Antolín: La serenidad por fin (Ediciones de La Isla de Siltolá, 2023). Por su contenido, no sólo resulta un compendio de las inquietudes comunes del autor y del potencial público lector de su obra, sino que además sirve para comprender las razones de la escritura aforística —o de la escritura general de corte trascendente—. En él encontramos reflexiones sobre temas fundamentales como el amor, la vida y la muerte, la política o la cultura, así como cuestiones relativas a su proceso de condensación literaria. Como ejemplo, encontramos el siguiente fragmento: “Escribir se parece a llenar una botella sin embudo. Una parte del líquido entra y otra la derramamos. La culpa no es de la botella, es de nuestro pulso. Siempre se pierde algo al pasar de la idea pensada a la idea escrita. Entremedias, hay un pequeño orificio lingüístico que nos hace temblar”. Ya lo decíamos anteriormente: la traducción del pensamiento o su fijación mediante el lenguaje siempre resulta ardua. En otro pasaje previo, encontramos esta aproximación del autor hacia su propia obra: “Mis libros de aforismos, en realidad, son un diario continuo, no de lo que me sucede, sino de los pensamientos que tengo tras lo que me sucede. Escribo mi biografía mental en pequeñas dosis. Parto de la experiencia para llegar a la conciencia.” ¿Y qué es la escritura sino la conversión de las experiencias en pensamientos? Pérez Antolín sintetiza de este modo una máxima aplicable más allá del ámbito aforístico.

En el prólogo a la citada obra Profanación del poder, el gran Eugenio Trías veía en el aforismo un género “arriesgado”. Y no es para menos pues, como decíamos, el aforista se la juega en esa condensación de conceptos o en el acierto al describir las cosas más esenciales, aquellas que nos atañen. También Trías refería al elemento poético presente en los aforismos del autor. Un componente nada desdeñable dentro de la interpretación contemporánea que Pérez Antolín hace del género. Nos referimos a partes como ésta: “La lluvia que cae sobre el mar forma las medusas. Una transparencia dentro de otra transparencia. Un paracaídas gelatinoso que flota aprovechando la velocidad de las corrientes. […] No sé qué imagen tienen los pensamientos cuando se entrecruzan las ideas, pero no puede ser muy distinta a un banco de medusas en las aguas cálidas de los trópicos”. Como vemos, el autor desglosa una serie de imágenes sugerentes que, a modo simbólico, sirven para conformar la definición de algo que podría resultar excesivamente abstracto. A pesar de todo, el poema acaba concretándose en reflexión como un aforismo más.

Retomando la idea del aforismo como pieza breve, en La serenidad por fin podemos encontrar múltiples y excepcionales ejemplos de esta concepción primigenia a lo largo de su lectura. Selecciono aquí algunos cuantos que refieren a la condición humana: “Algunos ni en ser los peores son los mejores”; “Sólo el incomprendido comprende lo incomprensible porque se desentiende del entendimiento”; “La historia debe rellenar los huecos que inevitablemente deja la memoria”; “El amor: esa debilidad que nos engrandece, esa flaqueza que nos redime”; “Cuando te esfuerzas por mantenerlo, el amor se acaba inevitablemente”; “Si me acompaña la multitud estorbadora, casi prefiero quedarme con mi compañía solitaria”. Como vemos, desde lo esencial —el individuo— se puede llegar a lo particular —cada uno de sus temas universales—.

El humor resulta una herramienta o “arma” principal en ese análisis de las cosas que nos atañen, pues posee la mirada carente de solemnidad y rebosante de crítica. Por algo los bufones podían permitirse criticar a los reyes. El propio autor lo dice: “El mejor antídoto contra el veneno de fanatizar es la costumbre de ironizar. El tono burlón demuele, mejor que cualquier otra réplica, la monomanía desaforada del intransigente”. De esta visión irónica se compone, como vemos, también el libro. Como muestra, un “botón” asociado a la ideología y, en definitiva, al pensamiento libre frente al unívoco: “Ahora que los marxistas dejaron de ser marxistas, vuelvo a disfrutar con Marx. No soporto que nadie me observe o me vigile mientras leo”.

Finalmente, cabe la visibilización de lo que permanece oculto y forma parte de la creación humana. La idea es invisible, transparente como esas medusas perezantolinianas, pero ocurre y da lugar a lo físico. Ya sea literario, político, musical o pictórico, el proceso de meditación concluye en lo material, lo visible ante todos. Pongamos el caso de la pintura: “Un buen cuadro debe contener, además del talento pictórico del artista, el desorden de su estudio, las manchas de pintura en sus manos, el humo de sus cigarros, los bloqueos de su imaginación y hasta el cálculo comercial de su codicia”. Entre bastidores encontramos la razón de todo, del mismo modo que, tras la lectura de este volumen, comprendemos los motivos que impulsaron a Pérez Antolín a dar cuerpo a su trabajo. No sé si a ustedes les pasará leyéndolo, pero a mí me han surgido distintas reflexiones secundarias, así como un deseo de volcarlas sobre papel. Y es que, cuando una obra relumbra, nunca deja de producir destellos constantes por infinitos. Sus chispazos de genio producen nuevos impulsos eléctricos, manteniendo activa la masa gris. Algo más necesario que nunca.

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