Baltasar Gracián, discurso LXI de su Agudeza y arte de ingenio: “descendiendo a los estilos en su hermosa variedad, dos son los capitales, redundante el uno, y conciso el otro, según su esencia: asiático y lacónico, según la autoridad. Yerro sería condenar cualquiera, porque cada uno tiene su perfección y su ocasión. El dilatado es propio de oradores; el ajustado de filósofos morales”.
Poco más cabría añadir a esta sentencia, a no ser una explicación de la misma: “los conceptos son vida del estilo, espíritu del decir, y tanto tienen de perfección cuanto de sutileza. Hase de procurar que las proposiciones hermoseen el estilo, los misterios le hagan preñado; las alusiones, disimulado; los empeños, picante; las ironías le den sal; las crisis, hiel; las paronomasias, donaire; las sentencias, gravedad; las semejanzas lo fecunden y las paridades lo realcen; pero todo esto con un grano de acierto: que todo lo sazona la cordura”. A la vista de esto, ¿cómo no considerar un desperdicio de la existencia el afán por hablar mal, si hablar mal es vivir mal?
Llevado por tales convicciones me costaría decir que me gustan los meros juegos de palabras, porque las palabras son sagradas, y si juego con ellas es a condición de reconocerme su instrumento; ellas juegan conmigo, porque son “un sacramento de muy delicada administración”, algo que siendo mozo leí en Ortega y que desde entonces albergo en mi corazón. Entre mi persona y mis palabras me encantaría que existiera menos diferencia, pero la Palabra viene de lo alto y no está a la altura de nadie, me conformo con que sea mi señora Dulcinea.
El lenguaje que he llegado a ser ha salido de la fragua, a golpes de fuego, entre sudor y a veces también entre lágrimas, estás últimas inherentes a toda escritura, a la cual le está vedada la perfección. Por eso la fragua es la morada de la palabra, el lugar de su inevitable adicción y de súplica: ojalá que me salga bien, se dice el artista. Plegaria es, pues, la palabra, honor también: palabra de honor.
Entre el mantener la boca cerrada y el parlotear se mueve la escritura. Uno quisiera decir menos palabras cuando le sobran, y añadir conceptos para lucir la profundidad de su hermosura cuando le faltan. Entre la hojarasca flamígera y la palabra ática, concisa, se mueve también mi propio lenguaje, que a fuer de pobre desea por lo menos ser honrado y honorar a los lectores.
Pero basta de metafísica, hora es de bajar a la arena de la lidia. Soy un escritor ingenioso y eso me encanta, aunque el deseado arte del ingenio no alcance ni de lejos la condición de genial. El ingenio es la limosna del genio, su bisutería, y hasta se convierte en un insulto: es ingeniosillo. Entre ambos está lo genialoide, algo que lingüísticamente me resulta grato, por ejemplo cuando los hispanos llaman Diosito a Dios, o Doctor Carlitos a mí mismo, entre piadosos con el anciano y amorosos con su cercanía. No negaré que, junto a eso, mi ingenio rechace suscitar la admiración o aprobación de un auditorio exigente o culto. Cuando el lector o auditor me sigue con complicidad y sonríe con mis juegos e ironías estoy más que agradecido, feliz. Ha habido momentos en que no hubiera pedido más en esta tierra, cuando hasta las moscas escuchaban tan respetuosamente que no osaban moverse y los miles de simposiarcas entraban en éxtasis. ¿Para qué voy a exagerar si es verdad, y además no lo necesito?
Mi escritura es difícil, cada vez resulta más ininteligible porque al inevitable incremento de mi cultura debida al el trabajo diario se le opone el decrecimiento de la actual, y esto constituye un matarete para mí; no coincidir con los intereses de las demás personas constituye de algún modo mi mayor fracaso, pues no escribo por escribir, sino para comunicar. Cuando eso fracasa, lo demás pasa a segundo plano.
Mi escritura, como fuere, se expresa por medio de verdades dificultosas, inteligentes por cuanto quieren leer dentro, ir a lo profundo, a lo interior, a lo valioso horro de vulgaridad. No es refinamiento, lo cual puede resultar cargante, atorrante, cursi impostura, mala pedagogía. No habría escrito yo nunca si no hubiera tenido nada que enseñar, aunque mi palabra no sea maestra, sino palabra de un maestro educador dentro y fuera de las aulas, sin jaulas. No crean que es fácil, pues lo que para unos discípulos es moralismo es inmoralismo para otros
El ingenio se acentúa con agudos, esdrújulos y esdrujulísimos, a veces con riesgo de sacar el ojo a alguien. A falta de profundidad me conformo con la agudeza que da que pensar, siempre tras la huella del maestro Cervantes. Cuando escribe en su Quijote “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi corazón enflaquece” ya estamos metidos en harina. Me encantan las frases donde hay más ideas que palabras, y me salto aquellas otras donde hay más palabras que ideas, paroleo retórico insufrible. Qué bueno fuere endosar a cada palabra un concepto, y a cada concepto una palabra, pues mantenerse erguido y sin esbarizar en este equilibrio constituye la esencia del burgalés, su aticismo.
Más particularmente he aquí lo que identifica mi escritura: las elipsis primero, sin citar directamente, a pesar de mi tentación académica de citar mucho, demasiado. La anfibología después, las palabras con dobles o triples sentidos, clave de lo que los mexicanos llaman albureo, juego interminable, que con cada réplica jocosa supera inmediatamente a la de su contrario, a su vez superado velozmente con la dúplica del suyo, a lo que el resto de los mortales llama calambur. Repentizar es maravilloso rayo que sin herir aporta nueva luz y extiende el campo semántico.
Mi fuerte es la etimología, las raíces del decir, que con frecuencia maravilla a quien no sabe lo que hay que saber para hablar nuestro idioma, latín y griego y lo que en ellos se ha escrito. La lengua contiene casi todo, los significados históricos y los significantes existenciales que el idioma inglés se ha comido.
No quisiera escribir sin humor, que es la esencia del amor, amor se escribe con h. Qué buenos ratos, incluidos naturalmente los autoburlescos. La buena leche o eutrapelia, lo hilarante, lo que casi te mata de risa une más que nada; dos que ríen juntos rezan el rosario juntos, como hubiera dicho el padre Payton: familia que ríe unida permanece unida. El problema para algunos, yo entre ellos, es que a veces la comicidad se entrevera con la causticidad para eventrar los intestinos ajenos: reconozco que se me va el cuchillo hacia la yugular cuando me veo incapaz de callar una idea brillante causante de daño, tendencia que se ve acrecentada por la edad y que constituye una vergüenza. No en mi descargo pero sí en honor a la verdad, mi generación ha nacido polémica con su pasado e irreverente con el presente, de ahí su angustia ante el futuro.
Cuando lo clásico que hay en mí se vuelve excesivamente pícaro brotan las paronomasias, la ambigüedad, la `paradoja, las metáfora, la mezcla, el estiramiento, los incendios verbales, el intercambio de golpes a veces brillantes pero siempre con los peligros de todo estoconazo. A ello contribuye la polisemia, el quiasmo o intercambio de textos, como en mi admirado Quevedo: “hay muchos que siendo pobres merecen ser ricos y los hay que siendo ricos merecen ser pobres”, y hasta se es pobre en lo rico y rico en lo pobre. Las posibilidades de la polisemia son poliinfinitas (sit venia), a lo cual ayuda la ambigüedad y la paradoja.
En fin, ¿qué sería de esta mi escritura sin la intertextualidad de latinos, griegos, medievales, renacentistas y modernos? Todo es sintaxis, complejidad, trabazón eutectónica. Y con esta palabra me despido invitando a la consulta del diccionario, que se ha hecho ni más ni menos que para entenderme.