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TRIBUNA

En la cama

domingo 11 de febrero de 2024, 20:01h

Sucede con pasmosa naturalidad. Llega el día en el que abrir el archivo de Word y observar la blancura del folio virtual por completar, no provoca estímulo alguno. Nada. Se empiezan unas líneas, se vuelve para atrás. Se comienza de nuevo, cuidadosamente, por si acaso uno estuviera a otras, con la cabeza en las nubes equivocadas, las que no incitasen a novelerías, sino al estancamiento, a pensar que son las de siempre, nada merece describirlas, qué puedo añadir, quizá no haga falta más. Mañana, ya veremos. Pero no. Nada. El folio sigue siendo una nívea balsa de aceite, y el cursor ni parpadea ni se mueve, ni uno sabría cómo reanimar ese pulso que se extingue.

El bloqueo es algo que obsesiona a todo aquel que ocupa o dedica sus horas a lo literario. ¿Cuándo nos acometerá? ¿Sabremos enfrentarnos a él? Si llegase, ¿cuándo desaparecerá? ¿Volveré a escribir? No es que uno lo sufra, pero hay semanas en que la idea ronda como un sereno que parece acechar más que acudir al socorro. Esta referencia tiene sus años ya. Seguramente haya quienes no la entiendan. Por hacer otro símil más actual de desamparo e incertidumbre, y más general y accesible, diría que es como la caída de la red o determinadas aplicaciones. Se detiene su uso, se interrumpe, y nuestro mundo desaparece. De repente, la pregunta del ¿y ahora qué hago? nos supone de primeras un ahogo más que un respiro. Pero no es el fin del mundo, evidentemente. Impresiona el enganche y la seguridad que teníamos cuando de forma ingenua pensábamos que no pasaría nada, que lo llevaríamos bien, y en realidad nos está comiendo el temblor de la abstinencia, nos late el pecho y sudan las palmas… Bueno, quizá sea para menos. La adicción siempre tiene ese toque baudeleriano que reviste de heroicidad a fondo perdido, pero uno, en el caso de verse en esas, no debe temer que cierta grandiosidad, que pudiéramos pensar indispensable, se esté yendo al garete por no juntar palabras que den forma y cuerpo a sus magníficas creaciones. Vendrán otras, cuando sea. Si no pudieron decirse, aunque sentidas se percibieron como dignas de ello, es que no debían, no era su momento. No importa. Vendrán otras, mejores o no, eso ya será cuestionable.

Tumbarse en la cama, o postrarse, según tengamos el nivel de intensidad subido, ayuda a reflexionar esos matices. Son famosos los casos de escritores que decidieron vivir esa parte que les restaba de existencia en posición horizontal. Proust. Onetti. Aunque no serían ejemplos del todo acertados respecto al bloqueo creativo ya que, en el caso del primero, dio pie a una de las obras monumentales de la literatura del siglo XX, y en el segundo, fue sólo una rareza permitida por su trayectoria y vejez.

Estos días recientes, uno se ha visto obligado también a guardar la misma postura por enfermedad —levísima, todo sea dicho—, y más que de los anteriores citados, me acordé del siempre divertido y demoledor Thomas Bernhard, quien tuvo que guardar durante su juventud muchas horas de cama; de sanatorio, además, siempre más permisivas con el alargamiento de cualquier malestar, igual que el chiste de Eugenio sobre el reuma y el balneario: allí es donde mejor puede uno pillarlo.

Bernhard, en el libro El frío, uno de los cinco que integran su estupendo ciclo biográfico, relata su estancia en Grafenhof y lo traumático de la experiencia, pues padeció varios años de tuberculosis. Esa quietud corporal lo reconcilió con la vida, y fue más tarde, diez años después, cuando empezó a publicar. ‘Y todo se había acostumbrado hacía tiempo a esa tristeza sorda. Unas veces pensaba, volveré a estar fuera y reanudaré mis estudios y seré cantante, […] otras pensaba, jamás volveré a estar sano, jamás saldré ya, renunciaré, me extinguiré, me asfixiaré en Grafenhof como tantos otros.’ En el punto más tormentoso de su vida, logró sobreponerse. Entendió que el trago debía ser pasado a pesar de toda la amargura que conllevaba. Esos instantes que él sólo alcanzaba a imaginar en sus derivas más pesimistas u optimistas fueron los que le hicieron sentir que la oportunidad llegaría, cuando fuera, con el riesgo de no sobrevivir o no materializarse dicha esperanza.

Uno, muy alejado en el tiempo y de la magnitud de las dolencias de Bernhard y de sus perspectivas sombrías, aprovechaba esos ratos de zascandileo impuesto para perderse en esas inopias de lo que podrá salir publicado, lo que no, la atención que recibirá, lo que podría inventar para no dejar de tener esa obligación de sentarme, abrir el Word y teclear una hora, dos, semanas, o de repente, nada más, el vacío, la debilidad, lo fútil, el final, la última palabra y el adiós a todo eso.

Medianamente recuperado, por si las moscas, no pude más que abrir un documento e ir contándome que, sí, sucede con pasmosa naturalidad…

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