Bildu ha propuesto llevar como cabeza de lista de las próximas elecciones al Parlamento Europeo a un condenado por pertenecer a ETA. Se trata de Pernando Barrena, un nombre que los lectores de mayor edad recordarán sin duda. Ya fue eurodiputado entre 2019 y 2022. Como ha recordado Bildu en un comunicado, Barrena «ha trabajado dentro del grupo parlamentario The Left (Izquierda), especialmente en materia de libertades civiles y migraciones; también ha formado parte de los intergrupos Kurdistán, Sáhara y Catalunya. Como eurodiputado también ha sido miembro del Partido Europeo Alianza Libre Europea».
En realidad, la confusión moral de nuestro país y de nuestro continente es tan profunda que ya no sorprende que un terrorista condenado termine en el Parlamento Europeo. Resulta algo más llamativo que, en lugar de denunciar esta ignominia, las demás formaciones políticas lo tomen como algo normal. Una vez que un terrorista puede dedicarse a la política, todo está permitido. En esto, la izquierda dispone de un arsenal de herramientas de blanqueamiento formidables desde las plataformas de la sociedad civil hasta las industrias culturales controladas por los partidos separatistas y sus organizaciones satélites.
Sin embargo, la actividad política de los etarras dice algo más inquietante sobre la vida pública española y europea. Todo puede ser resignificado, reinventado y reformulado. Se puede reescribir la historia y convertir a asesinos, secuestradores, torturadores y extorsionadores en víctimas idealistas de un Estado opresor. Lejos de desembarazarnos del poder de la propaganda, ésta se ha adueñado del discurso público. Ya decía el candidato que los etarras son “presos políticos que no pueden cruzar las líneas rojas del arrepentimiento y la delación”. Pernando Barrena se pretenderá legítimo por los votos y nadie recordará que es ilegítimo por sus acciones, sus convicciones y su pasado, de los que no se ha arrepentido y por los que no ha pedido perdón.
Se dirá que, a fin de cuentas, un golpista como Puigdemont se pasea por Bruselas y Estrasburgo mientras le levanta la camisa al gobierno de España. Es cierto, pero eso revela bien a las claras no sólo la debilidad de Pedro Sánchez y la miseria en que se encuentra sumida la política española, sino también la deriva que el propio Parlamento Europeo viene sufriendo. Con todas sus normas, con toda su burocracia y su pretendida superioridad moral -ya saben la defensa del Estado de Derecho y los derechos humanos- la Unión es incapaz de impedir que terroristas convictos y confesos acaben ocupando un escaño en la Eurocámara.
Supongo que alguien como Barrena se sentirá cómodo entre los nostálgicos de Terra Lliure, la Baader Meinhof y el IRA y entre los amigos de Hamás y Hizbolá. No le faltará la compañía de otros que, como él, siguen creyendo que puede haber causas que justifican unirse a una banda terrorista. Pensamos muy a menudo que la política española está muy mal, pero deberíamos volver la vista a lo que sucede en el resto de Europa para tomar consciencia de la dimensión de nuestro declive.
Los enemigos de España se han servido durante décadas de las instituciones democráticas para destruirla desde dentro y desde fuera. No es casual que el Parlamento Europeo se convirtiese en el refugio de Puigdemont ni que Barrena haya pasado ya tiempo en la Eurocámara. Esto debería llevarnos a una reflexión: la Unión Europea no va a salvar a España. Si en nuestro país siguen siendo legales los partidos separatistas, seguirán teniendo sitio en las instituciones europeas.