En Japón a
TOYO SESSMÚ, contemporáneo de
Feliciano de Silva, se le considera como el maestro japonés de la pintura. De niño era tan alborotador que para castigarle le ataron a un árbol. Lloró tanto que con sus lágrimas dibujó un ratón. El animalito cobró vida y se puso a roer las ataduras. Una parábola que parece una representación más exacta del arte que la de l
a-perla-y-la-ostra. Gracias a sus traumatismos y sufrimientos el artista y el escritor alcanzan la poesía. ¿Qué hubiera sido si España no se hubiera encarnizado con los
arra-beaux como nombró André Breton a los tres hermanos condenados a muerte? Pero TOYO hubiera preferido que no le ataran a un árbol.
En la misma época el miniaturista KAMAL DIN BEHZAD adoraba a su señor el sultán Ouzbek Chebaini Khan. El joven sultán y rival Chah Ismaïl, tras matar al idolatrado soberano de KAMAL le nombró director de su biblioteca. No sin antes haber vaciado el cráneo de CHEIBANI para hacerse una copa. A parttir de ese día Behzad pintó sus mejores miniaturas.
A los trece años, en 1484, ALBRECHT DÜRER, en el mismo tiempo, se impuso una prueba que por su dificultad alcanza el dolor. Se autorretrató con la ayuda de un espejo dibujando con una mina de plata. La técnica no permite ni borrar ni corregir. Sentado en su genialidad Dürer, amenazado por la catástrofe, realizó su primera obra maestra.