Especialmente desde que el poeta francés Paul Verlaine (1844-1896) publicase Los poetas malditos (1898) ha adquirido carta de naturaleza el marchado ‘maldito” referido a algunos escritores, no solo poetas, que transitan por una vía no convencional en la que el sufrimiento –ya su compatriota Charles Baudelaire había proclamado “Yo sé que el dolor es la nobleza única” en su poema “Bendición”- y las tendencias autodestructivas, en muchas ocasiones ligadas al alcoholismo, se convierten en señas de identidad. Este camino del malditismo lo han recorrido, entre otros nombres, el propio Paul Verlaine – en su poema “La angustia” proclama: “Soy un barco perdido al azar de la suerte / que se hundirá en la sima sin fondo cualquier día”-, Arhur Rimbaud; Stéphane Mallarmé; William Blake; Gérard de Nérval; Lautrémont; Alejandra Pizarnik; Antonin Artaud; y, entre nosotros, Alejandro Sawa –que le sirvió a Valle-Inclán como modelo para su Max Estrella en Luces de Bohemia-; Félix Francisco Casanova y Leopoldo María Panero.
En la literatura norteamericana, junto a Edgar Allan Poe, ocupa un lugar de honor en este ámbito Charles Bukowski, de quien ahora nos llega, en magnífica edición a cargo de Steve Moore, y estupenda traducción de Eduardo Iriarte, Una noche de escupir cerveza y maldiciones, donde se recoge la correspondencia entre Bukowski y Sheri Martinelli desde 1960 hasta 1967. La filadelfina Sheri Martinelli (1918-1996) fue poeta, pintora, editora y modelo para la revista Vogue, con quien mantuvo una relación de peculiar amistad, quizá con más desacuerdos que acuerdos, y en cuya revista Anagogia & Paideumic Revew , una especie de fanzine, aparecieron tempranamente escritos de Bukowski y reseñas de sus obras.
En el malditismo, si bien atrae la atención, no deja de haber mucha pose, y en ningún caso ha de verse como casi condición indispensable para la labor creadora y, sobre todo, es preciso discernir el mito de la realidad. Con acierto en el clarificador prólogo a su edición apunta Steve Moore: “El personaje de Charles Bukowski como el Viejo Verde de la Literatura Norteamericana no es más que eso: un personaje, una máscara tras la que había un hombre con más lecturas y más culto de lo que la mayoría de la gente cree”. Y recalca: “Sheri Martinelli fue uno de los pocos afortunados ante quienes Bukowski se quitó la máscara para entablar un diálogo formal sobre literatura y arte, y por eso el descubrimiento y la publicación de las cartas que le envió nos ofrecen una imagen más completa de este hombre tan complicado”.
En efecto, este epistolario nos permite conocer mejor al autor, nacido en la localidad germana de Andernach, en 1920 –su madre era alemana y su padre estaba allí destinado como soldado tras la I Guerra Mundial-, y fallecido en Los Ángeles en 1994. Poco después del nacimiento de su hijo, sus padres se trasladaron a Estados Unidos. Bukowski no pasó una infancia precisamente feliz. Sus compañeros de colegio y de barrio le tildaban de “boche” –como se sabe, “alemán”, con un punto de desprecio-, y recibió una muy estricta educación, con palizas incluidas, convirtiéndose en un niño solitario, inadaptado y huraño. Se dio cuenta de sus cualidades para escribir, buscó un cierto consuelo en la lectura y empezó a devorar libros, algo que mantuvo a lo largo de toda su vida, visitando las bibliotecas públicas de los distintos lugares en los que habitó durante su etapa de vida itinerante: “En una biblioteca pública de El Paso –recuerda Steve Moore-se topó con Apuntes del subsuelo de Dostoievski, que le causó el mismo impacto atronador que tendrían en él los beats pocos años después”.
En estas cartas, de lenguaje crudo y directo, Bukowski, entre otras cuestiones, cuenta algunas de las circunstancias por la que atraviesa: “He tenido tiempo para pensar mientras yacía medio muerto en los pabellones de caridad y estaba al sol en el hipódromo [fue un gran aficionado a las carreras de caballos] y dormía con las putas gordas, sus pies sudorosos plantados sobre mi corazón”; y defiende su estética frente a las acusaciones de Sheri Martinelli, que le reprocha falta de brío, y que se revuelca en el fango en vez de abordar asuntos más elevados, y le consejos: “Aféitate las patilla; deja de cabrear a los poli; mantente sobrio; deja de intentar dilucidar todo por ti mismo –otras mentes han pasado por lo mismo; sírvete de ellas”. Igualmente, se refiere a sus lecturas y su gusto por la música clásica Bach, Beethoven,Mozart, Stravinsky... En especial, está muy presente Ezra Pound, pues con Sheri Martinelli comparte admiración por él, si bien de manera muy distinta.
Como distinta es la visión de la vida y la literatura de Bukowski y Martinelli, quien no deja de reconocer que es un escritor con talento, aunque rechazaba sus temas. Su relación, manifestada en estas cartas donde se hablaban con total sinceridad, terminó de forma más o menos abrupta, con un Bukowski harto de las casi constantes críticas de su interlocutora. No obstante, como bien recalca Steve Moore, “ambos reconocían al otro como alguien totalmente original, una persona con espíritu propio. En cuestión de semanas a partir de su primer cruce de cartas se estaban escribiendo con regularidad, compartían secretos íntimos y se confesaban sus intentos desesperados de encontrar una actividad con sentido en sus vidas”. Quizá en su complicidad desde la diferencia radique sobre todo el valor de esta correspondencia que es también, como apunta su traductor, “el fresco de una época y unos ambientes desde dos puntos de vista que nunca llegaron a confluir”.