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TRIBUNA

Los barbudos

sábado 24 de febrero de 2024, 18:39h

Cuando las barbas de tu vecino veas pelar pon las tuyas a remojar, enseña el sabio refrán, algo que ignoran los drogadictos aunque ven los efectos devastadores que esas mierdas que otros se meten producen en ellos mismos. La pilosidad es inflamable, pues -así enseñaban los filósofos de la escuela de Pirrón- resulta imposible atravesar una muchedumbre con la llama de la verdad sin quemarle a alguien la barba. Todos sabemos lo que le pasó a las de Sócrates.

Las barbas son muy delicadas y no gusta que nadie se le suba a uno a las mismas. Por otro lado son bastante ambiguas, pues tanto los embaucadores y los santos ascetas y eremitas ensimismados las llevan según la tradición de Rasputín. Las ostentosamente largas parecen un poco excéntricas, pero también hay que tener cuidado con sus contrarias: a poca barba poca vergüenza. Las barbas, en fin, son lo más divertido en los libros satíricos, donde se afirma que la sotana no hace al cura, ni el afeite la hermosura.

En la barba del necio todos aprenden a rapar, habiendo al respecto paradojas tan increíbles como la que sigue. Cierto Ayuntamiento de barbas tomar quiere reglamentar rigurosamente quién podrá afeitar a quién y quién con qué barbero entre los varones del pueblo. Como se sabe, los hay que se afeitan a sí mismos, otros que acuden al barbero, y otros que van de vez en cuando al mismo. Sin embargo a nuestro ordenancista Ayuntamiento le fastidia que el barbero afeite a quienquiera que vaya a la barbería, demasiado libertinaje, y estipula que el barbero afeitará solamente a los varones del pueblo que nunca se afeitan a sí mismos y que éstos serán afeitados siempre por aquél. Cosidas y recosidas se le ven las costuras a los bandos del Ayunta/miento.

Además hay mujeres con bigotillo, sin ofender, a quienes su pudor veda ir a la barbería viril para depilarse. Y además tenemos el problema de los barbilampiños, mitad barbudos y mitad abarbados, los cuales no caben en la dicotomía marcada por el Ayuntamiento, así estos híbridos quedarán en un limbo desgobernado, por mucho que se empeñe el poder en clasificarlos. ¿Y qué hacer de los homosexuales de ambos signos, ¿a dónde les mandamos?

Sin embargo a los pocos días surge un problema que el Ayuntamiento no había previsto: el barbero, que es al mismo tiempo un varón, no sabe qué hacer a la hora de poner en orden sus crecidas barbas. Siempre se había afeitado a sí mismo, pero las nuevas ordenanzas lo impiden, ya que permiten rapar solamente a quienes no se afeitan a sí mismos. Abrumado, acude al Excelentísimo a ver si le ayudan a resolver el dilema. Todos juntos reflexionan y advierten que, de ejecutarse subsecuentemente lo mandado, el barbero solamente podría afeitar al barbero si el barbero no afeitara al barbero, contradicción que pronto se corrige excluyendo al barbero del conjunto de varones del pueblo que deben someterse a la nueva reglamentación. A partir de este momento la paradoja se salva por eliminación de la paradoja, pelillos a la mar.

Obviamente a un Ayuntamiento nunca se le ocurrirá otra cosa porque entonces no podría reglamentar, lo que a su vez engendraría la paradoja de que tendría que renunciar a su poder de dictar decretos como Ayuntamiento, algo tremending porque una alteración de la regla consuetudinaria socavaría gravemente la autoridad. Al citado Órgano Rector, claro, no se le pasa por la cabeza (afeitada y rapada de ideas) permitir a cuantos barberos y barberas lo deseen abrir sus negocios. Así los mansos perroflautas actuarán pedísecuamente como siempre lo hacen al modo de las ovejas de la Granja de Orwell, con su inevitable efecto, la obediencia vicaria. Todo el mundo respetará el edicto para evitar multas severas, no sin el descontento de quienes unas veces se afeitaban por mano propia y otras veces por la ajena.

Para resolver la aporía deberían los varones del pueblo en edad de afeitarse hacer lo que les viniera en gana con sus propias vellosidades o bellosidades; si así les plugiese, la varonía unida podría tirar de desobediencia civil para evitar roces con la tijera y la navaja, aunque el Poder estableciese la busca y captura de esos insurrectos reencarnados de los barbudos de Fidel Castro, zorros de la zorrería, así que ¡hunting fox!

Evitar que a uno le mesen sus barbas es el primer imperativo de la autonomía ciudadana; hay que levantar las barbas del suelo de los rapa/polvos, voto a bríos. La mesada de barbas de hombres y mujeres con pelo en pecho no se rinde al lema si todavía te kedan dientes es ke no estuviste ahí. Los barbudos de cinco a seis y media convertidos en la banda del chupete se han olvidado de aquel joven conocido como el Cojo Manteca, que con sus dificultades psico/físicas se convirtió en referente de la lucha callejera, descrito por Manuel Alcántara así: “todo el mundo protesta por algo, pero él protestaba por el mundo. Enarbolaba sus muletas, que eran como la tizona y la colada de este campeador suburbano y alcanzaba los más altos objetivos. Era un amateur del destrozo, un D’Artagnan de los escaparates, un Atila de las aceras. Cojo como Lord Byron, como Quevedo, pero sobre todo cojo como Silver, el pirata de La isla del tesoro, se sumaba gustosamente a todas las manifestaciones. Más que un ‘descanse en paz’, su epitafio merecía un ‘destroce en paz’, contra la filosofía del trabajar lo menos que se puede y más de lo que se desea”. Pero no, estos inclasificables prefieren quitarse de problemas y entrar en el gremio de usuarios de loción after shave. Si dicen la verdad de lo que son mienten, pero si mienten dicen la verdad.

Según Stuart Mill “no tenemos conciencia de la presencia de una cosa sino en comparación con su ausencia”, pero eso vale únicamente a posteriori, es decir, después de haber tenido trato con lo que desapareció y ya no está, aunque no a priori, cuando la ausencia precede a la presencia. Tal como está el patio, primero luchar antes de que vengan a detenerte.

Sabido es que, cuando en cierta ocasión preguntaron a Newton cómo había podido elaborar su desarrollo científico, respondió que estableciendo que donde una misma causa rige al mismo tiempo la caída de los graves y el movimiento planetario. Añadiendo: “es que yo he estado subido a hombros de gigantes”. Si uno desea seriamente que no le tomen el pelo y la barba, tiene que “poner los pies a nivel de currar”, como se dice ahora.

Y nada más, repitiendo con ese admirado hombre libre me despido: “para mí sería muy grato -es más, constituiría la coronación y recompensa de mi esfuerzo- que el lector lego hallara tan evidente todo cuanto digo, que ni siquiera se creyese obligado a agradecérmelo”.

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