Entre los estudiantes de filosofía de mi generación era de obligado cumplimiento estudiar la obra del existencialista Jean Paul Sartre El ser y la nada (1). Aún recuerdo el detenimiento con que el revolucionario autor galo se detenía con voluptuoso regodeo en la frase “se la comía con los ojos”, antropofagia óptica de los eternos machos. Según nuestro autor comer con los ojos constituía una de las manifestaciones más tremendas de la intencionalidad del para sí sobre el pobre en sí, voracidad de la cual quedaban absueltos sólo los ciegos, con todo respeto.
Y esto se decía en un tiempo en que todavía las señoras iban tapaditas sin ofrecer la nalga al olisqueo metafísico de los más salidos, algunos de ellos luego reencarnaciones de Jack el Destripador como resultado de aquellas cosas que también estudiábamos en Criminología (Derecho Penal, el criminal nato de Lombroso).
Eran tiempos en que leíamos en latín a los grandes clásicos romanos con su itinerario del gimnasio a la casa de campo, es decir, del vomitorium al venereum convencidos ellos como lo estaban de que, tras vomitar el excesivo condumio, resultaba deleitosísimo practicar el sexo en el abierto y polimorfo lecho de Proscusto, cuyo lema era “donde caben dos caben tres, o cuatro, o cinco, hazte un poco p’allá y ven p’acá”.
Con el curso de los días comenzamos a andar los españoles como los cangrejos hacia el ideal romano pasando sin solución de continuidad del editorium (de edere, comer, “aquí se come muy bien”), de la ingesta indigesta al vomitorium para expulsar la pota, y de ahí al venereum lugar así denominado en memoria de Venus, genitivo veneris, ejercicio conducente a las ladillas y a las infecciones venéreas de distinta consideración, con resultado de muerte en los casos de usuarios más deteriorados por su desmedida afición.
Y fue así, con el rodar del tiempo y al albur de la autogestión, cómo los bachilleres más lanzados de la generación del 68 olvidaron eufóricos el latín (2) y comenzaron a llenar las paredes de los institutos de secundaria con grandes pintadas de corte escatológico: “a follar, a follar, que el mundo se va a acabar”, breviario de la nueva teología denominada sidología, o caída en el infierno del sida.
No seré yo quien niegue que la puerca lavada vuelve al vómito y el criminal al cuerpo del delito, así que no me extraña el retorno de la moda denominada sitología, estudio de la comida, y de la sitofilia o interés por la comida, de sito (comida) y filia (amor), la unión de los dos grandes placeres. Jugar con la comida produce gran placer, y jugar con el placer invita a la comida, todo ello con un alto componente erótico fetichista. Fantástica la sito/venu/fílica porque produce más calor al compás del chachachá, del chachachá del tren. Es la actual revancha de Zenón, que las pichó por atracarse de ancas de rana en una cena.
En esta práctica sexual altamente erótica los alimentos tienen un papel importante por su asociación con la manducatoria del untar, morder o lamer, aunque en teoría existan determinadas líneas rojas; si se juega con todo eso en la zona genital, cuidado porque son partes sensibles fácilmente irritables, de ahí la vigencia renovada del vulgarismo “no me toques los cojones” y de su derivado descojoning. Sin embargo tiene poco de descojonante servir sexo en vagina llena con cocaína, qué ganas de engorrinarlo todo.
Ya lo decía la zarzuela, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Henos ante un nuevo deporte de riesgo como el puenting o el riachueling, que tienen sus peligros si te esbarizas un poco. La lógica de esta nueva mentefactura del artificio viene a ser: cuando el hombre que eres se reduce a tu condición meramente animal generas un movimiento dialéctico por el cual tu condición animal se pone bestia, y cuando tu bestialismo deviene el de una fiera corrupia, ¿quién podrá evitar que la carne que somos no pueda terminar en guiso antropofágico? El otro día un fan me dijo como si tal cosa después de mi erudita disquisición: “no te como los morros de milagro”. Comprendo su efusión, pero después de eso he decidido no dar más conferencias por si en un arranque de fanatismo alguien desaforado me hinca el diente o me pone contra la pared quién sabe con qué creativas intenciones.
En aquel entonces la comida era sagrada hasta tal punto que, cuando un pan se caía al suelo, se lo besaba en desagravio. Tengo dicho a la gente más moderna que con las cosas de comer no se juega, pero nadie ha tenido el gusto de considerar mis premoniciones, moniciones, ni admoniciones, del viejo ni el consejo. In illo tempore se tenían en cuenta las reflexiones morales de Sócrates y las de los patriarcas de las tribus gitanas, pero al paso que vamos, si te descuidas un momento, antes de aventar un consejo te habrán dado un mordisco en salva sea la parte.
En fin, que no hay derecho que no dejen a las guapas y a los guapos como yo llevar flores en los pechos. Ni siquiera la estética queda al margen de la voracidad predadora, dónde vamos a ir a parar.
(1). Todavía conservo mi ejemplar, L’être et le néant. Essai d’ontologie phénomenologique. Editions Gallimard, Paris, 1943, un tocho de 724 páginas difícil incluso para quienes nos especializamos por aquel entonces en fenomenología, lo cual no está mal teniendo en cuenta que semejante mamotreto me estaba esperando con alevosía y premeditación desde un año antes de mi nacimiento en 1944, malos tiempos gloriosos.
(2). “Decir de alguien que sabe latín ha venido a significar en castellano que ese hombre sabe más que otros, sabe de lo lindo, sabe muchísimo. Es una reminiscencia de los tiempos en que saber latín suponía haber subido felizmente el primer escalón de las ciencias, o, al menos, haber traspasado los umbrales del palacio donde se cursan. El latín ha sido para la cultura europea el vehículo común de los saberes científicos y artísticos. Hacía muchos siglos que se hablaba en la calle el español, el francés y los idiomas vernáculos; pero los sabios seguían para sus saberes cultos utilizando la lengua del Lacio en tratados de Medicina, de Astronomía, de Arquitectura, de Filosofía, de Teología. Eran tipos que sabían latín… Cuando el latín insaculaba en sus vocablos la porción más activa del pensamiento humano, el pujo de latinar invadía a la sociedad entera: todos querían estirarse para estar a la altura de quienes hablaban latín. Cervantes hizo no pocas veces sabrosas ironías sobre esta actitud de las gentes: hay algunos romanticistas, dice en una de sus Novelas Ejemplares, que ‘en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo’. Y también: ‘tanto peca el que dice latines delante de quienes los ignora como el que los dice ignorándolos’. La desmedida admiración que suscitaba el dominio del latín es reprendida en esta frase. ‘hay algunos que no les excusa el ser latinos de ser asnos’. Porque en resolución para saber callar en romance y hablar en latín, discreción es menester, hermano Berganza’… Cuando un extranjero os dijere que habláis muy bien su lengua, dadle rendidamente las gracias, pues os perdona la vida. El latín ni presenta estos inconvenientes, por una razón harto sencilla: no existen indígenas que lo hablen mejor que nadie, y por eso puede uno permitirse el lujo de hablarlo mal sin tener que sufrir el sonrojo de que nos corrija un analfabeto. Los que obtienen superioridad en el dominio del latín lo deben a sus propios méritos, a su esfuerzo y a su docilidad, y esto les da una distinción de que no pueden blasonar los que hablan mejor que nosotros por haber nacido en la nación de enfrente (Palacios, L-E: Saber latín. En El juicio y el ingenio y otros ensayos. SND Editores, Madrid, 2022, pp. 41-42).