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Nueva destrucción del patrimonio bibliográfico

viernes 07 de noviembre de 2008, 20:20h
Ha vuelto a ocurrir. El pasado día 9 de septiembre, martes. Santa Cruz de Bolivia es saqueada y destruida. Se han aniquilado los archivos del Instituto Nacional de Reforma Agraria, se ha quemado la Biblioteca Especializada del Centro de Estudios Jurídicos y de Investigación Social (CEJIS), organismo que ha acompañado durante treinta años de duro trabajo a las organizaciones indígenas en el proceso de titulación de sus tierras y territorios. Esta vez mediante el asalto y el saqueo, usando la fuerza, incendiando las oficinas del centro y quemando gran parte de su biblioteca. Han actuado de forma vandálica, con saña, contra un aliado de los movimientos sociales en la consecución jurídica de sus derechos.

Una nueva destrucción del patrimonio mundial, un nuevo acto de barbarie que nos trae a la memoria otros tantos, algunos muy recientes, como el ocurrido aquel domingo, 13 de abril del 2003, cuando, de noche, la Biblioteca Nacional de Irak fue asaltada y quemada. Entonces desaparecieron más de un millón de libros, además de importantes archivos, microfilms y fondos de documentos antiguos. Tablillas cuneiformes sumerias que narraban la Creación o el Diluvio, ejemplares valiosos del Corán, la primera revista en lengua persa editada en el mundo, entre otras magníficas piezas, fueron quemadas o robadas. Un expolio más, en pleno siglo XXI, una nueva aniquilación de la Historia.

El asalto y destrucción de la documentación boliviana, el incendio de la Biblioteca Nacional de Bagdad en pleno siglo XXI, aumentan la nómina de las grandes bibliotecas destruidas por la mano inmisericorde del hombre, completando un ciclo que tuvo su colofón en el siglo XX con el incendio intencionado de la Biblioteca de Sarajevo, donde se custodiaba buena parte de la tradición escrita de Bosnia-Herzegovina.

El mundo científico y académico debería estar de luto por la destrucción de estas bibliotecas, depositarias de un rico legado de obras de las culturas boliviana, árabe e islámica y víctimas del horror de la guerra y del fanatismo. Como debería llorar por la trágica serie de infortunios que no hace mucho tiempo volatilizó también gran parte de los libros de la riquísima biblioteca palatina de Bremen, donde desaparecieron algunas de las obras más interesantes de la Ilustración europea.

Libros, bibliotecas y destrucción forman una curiosa triada que a lo largo de los milenios han ido acompañando el devenir histórico y cultural de la humanidad, como si fueran parte de un todo único, difícil de separar: libros, como elemento básico de la transmisión del saber y del conocimiento, como materialización del poder y de la trascendencia, como objeto de la codicia y de la riqueza; bibliotecas, como centros de acumulación de la memoria histórica, religiosa y cultural, como piedras angulares de la formación intelectual de las élites sociales o de las masas ciudadanas, como ostentosos signos de distinción y erudición; destrucción: como elemento inseparable de la actividad humana: ya como desgraciado acontecimiento imprevisto ( incendios, inundaciones, ataques biológicos), ya como implacable acción planificada tendente a borrar de la faz de la Historia el recuerdo de hombres y pueblos, ya como simple saqueo de los bienes del vencido o como robo del coleccionista de piezas únicas.

Como ejemplo paradigmático a nivel local, nos encontramos con el caso de las bibliotecas vizcaínas a lo largo del siglo XX, que arrojan pérdidas tan lamentables como las sufridas por el incendio en tiempos de guerra de la maravillosa biblioteca de Lezama – Leguizamón o por el incendio de la Biblioteca de Munibe o aquel tremendo desastre ocasionado por la inundación de la colección bibliotecaria y archivística de la Villa de Bilbao en 1983 así como las inadmisibles desapariciones que se han sufrido recientemente.

Y es que, con estas pérdidas se pierde la memoria, el patrimonio cultural de un pueblo, la posibilidad de reconstruir un pasado y de explicar un presente. Recordemos a Unamuno cuando decía que “ sólo el que sabe es libre y más libre el que más sabe”.
Y sin estos libros, sin estas colecciones perdemos la morada de la palabra, donde la voz se hace signo permanente.
El mejor libro – se dice – es el libro de la vida, pero no olvidemos que el libro entero de la vida, comprende todas las páginas escritas, y que una parte de las mismas, una parte importante y significativa queda reunida en las bibliotecas, donde se aglutina gran parte del saber acumulado y donde se puede hacer realidad la afirmación de Benjamín Franklin:”No hay inversión más rentable que la del conocimiento”
La libertad del ser humano y el conocimiento han quedado así también aniquilados con esta nueva destrucción del patrimonio bibliográfico y documental. Una gran parte de la civilización ha quedado destruida para siempre.
9 de septiembre del 2008, nuevo día de luto para la humanidad. Un día aciago para la historia.

Clotilde Olaran

Historiadora

Clotilde Olaran Múgica es Licenciada de grado en Geografía e Historia y Diplomada en Genealogía, Heráldica y Derecho Nobiliario.

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