Sabido es que el pescado se pudre por la cabeza, y que si la cabeza es mucho gorda la podredumbre generalizada habrá de serlo también, y ciertamente que lo es. En todas las partes cuecen las mismas habas, conforme al consabido apotegma “el poder corrompe, y el poder absoluto absolutamente”, y ello no solamente por la maldad de tal o cual poder concreto, sino también por la intrínseca condición del poder mismo. Para evitarla habríamos de bajar al máximo las cotas de poder máximo y devolverlo al pueblo, a cada uno, hasta lograr un poder de mínimos. Pero quiá, según pasa el tiempo hay cada vez más generales que soldados, y eso sin contar con que cada soldado lleva en su mochila el bastón de mariscal. Muy pocos han venido a servir, y muy muchos a ser servidos, aunque afirmen lo contrario.
El Prefecto de Economía, el español Maximino Caballero, reflexiona sobre las dificultades para salir de los números rojos al primar la misión de la Iglesia antes que buscar beneficios a toda costa: “la Santa Sede siempre ha tenido un déficit estructural de entre 50 y 60 millones de euros al año; si tuviéramos que cubrir este déficit sólo recortando gastos, tendríamos que cerrar 43 de las 53 entidades que pertenecen a la Curia Romana, y esto no es posible”. Mal anda la hucha del Vaticano, no tiene bastante para autosostenerse según lo expresó dentro del foro Pn Trading Places hablando por primera vez abiertamente de la situación financiera del Vaticano”. Así que, teniendo en cuenta los vaticanos números rojos (esperemos que no comunistas), Caballero expresó su empeño de ‘trabajar mucho para aumentar los ingresos’. Abramos, pues, los bolsillos a la Santa Sede que no se rige por la máxima de la búsqueda de la rentabilidad de sus actividades y se encuentra apanicada por las pérdidas. ¡Entrar en pérdidas el cristianismo, qué barbaridad!
“La Santa Sede -explicó don Maxi/mino a los asistentes en el coloquio- no es una empresa. Por eso todas las decisiones económicas deben considerar este aspecto. Desde el punto de vista económico sería muy fácil resolver todos los problemas, en tanto que la Santa Sede es una pequeña realidad económica, cualquiera que tenga responsabilidad en una empresa sabe perfectamente cómo resolver los problemas económicos de la Santa Sede. Por eso hay que insistir en que las coordenadas que marca esa misión eclesial y los principios de la Doctrina Social’”[1].
No, mire, jefe, no. ¿Desde cuándo ha dejado de ser la pobreza un crisma entre los seguidores de Jesucristo, que no tenía dónde reclinar la cabeza?, ¿o acaso sacaba de los cajeros automáticos el amor enriquecedor? Habrá que volver a clavar en el portón de la catedral de Wüzburg un nuevo rescripto contra las bulas archipapales tan carentes de credibilidad.
Yo, que soy casi infinitamente mucho más Mino que Maxi, tengo encomendada en mi parroquia las ofrendas, paso el cepillo, y recibo muchas veces casi calderilla, a no confundir con el óbolo de las viudas. A la salida veo -como si estuviera al lado de Zaratustra- a los comulgantes encaminarse a los bares a tomar el aperitivo y ganas me dan de retirar mi ayuda anual a la Iglesia, mucha o poca. Pero no voy a hacerlo. Aunque no exista un pueblo de Dios entusiasmado con seguir al Pobre, rebajar las dosis de poder personal para activar el poder comunitario de la asamblea cristiana es absolutamente necesario. Sin ello, siempre tendremos pobreza con nosotros mismos y en nuestros cepillos.
No resultaría difícil, así las cosas, evitar la definición de ser humano como animal de avaricia fracasadora. Pero hay fracasos y fracasos, y el peor de ellos es el de construir comunidades de bienes sin comunidades de males, sin com/pasión, pero semejante proyecto se ha echado a perder una y otra vez, si es que alguna vez se encontró, hasta eso nos suena a sermón perdido y a homilía de atildados predicadores sin predicandos. Hablar en este sentido de alguna Iglesia donde la coherencia se encuentre a la orden del día resulta muy poco probable, sobre todo cuando dicha Iglesia ha llegado a ser demasiado superficial, demasiado insolidaria, demasiado humana en una palabra. Ser demasiado en esos sentidos es ser demasiado poco en los esenciales, los que verdaderamente importan, aunque se hayan pasado de rosca y ya no aguanten el peso de su propia miseria.
Aunque cuando contemplo mi propia historia coincide bastante con la de mi Iglesia, pues sus defectos son los míos y los míos los suyos, no puedo ni quiero resignarme, ni desde ahí colegir que sólo se podría ser cristiano sin Iglesia, lo cual sería decir que sólo se puede intentar el bien con prescindencia de los demás; hasta Aristóteles se levantaría de su tumba para instarnos a vivir antropológicamente, es decir, como seres humanos comunitarios.
Hay que renacer, todo está por rehacer y por renacer. Cerremos las 43 de las 53 entidades que pertenecen a la Curia Romana y sigamos, si queremos, a Jesús nuestro Señor sin pretender que él nos siga a nosotros desde ninguna curia. Menos santa Sede sedente, y más caminar con los pies polvorientos al encuentro de aquellos cuya salvación clama al cielo, aunque ellos mismos no clamen ya por ella. La causa de Jesús invita a abrir los bolsillos (dimensión extensa de la Iglesia) y a dar nuestro tiempo (su dimensión intensa).
Así que hagamos ya donación de tiempo y de dinero creyente a creyente, y luego hablamos, don Maximino. Hay que ser más perfecto compartiendo los bienes y menos Prefecto acumulándolos. Y que conste que de momento no estoy pidiendo que vendamos el Baldaquino. Todo se andará.
[1] Vida Nueva, nº 3336. Madrid, octubre de 2023.