
El último trabajo del veterano director británico Ridley Scott es una compleja trama de espionaje que se desarrolla en muchos países, algunos alejados entre sí miles de kilómetros. Red de mentiras aborda el tema del uso de la información privilegiada, de los secretos de Estado y de la seguridad nacional e internacional que una persona, en un momento dado, en este caso un agente secreto del más alto rango, puede realizar, sin dejar claro si esa información es verdadera o falsa. Está basada en la novela homónima de David Ignatius, periodista de "The Washington Post" y de "The Wall Street Journal", experto en temas de Oriente Medio y la CIA, y el guión es obra del oscarizado William Monahan, premiado por su fantástico trabajo en Infiltrados.
Lo cierto es que esta cinta, que apunta a aquellas clásicas “pelis” de espías de los años 60, trata de una ficción demasiado real en nuestros días e incluso alguna de sus imágenes más duras parecen salidas de los informativos, momentos después de producirse un brutal atentado. Pero su director ha querido ir mucho más lejos y su pretensión ha sido la de acercar al espectador al complejo y arriesgado trabajo que llevan a cabo los desconfiados miembros de los servicios secretos para evitar esos atentados. Y en el relato no escatima en escenas de extrema dureza, salpicadas de tortura y de mucha sangre. El propio Scott afirma que la información es lo esencial, eso significa que no puedes confiar en nadie y que el verdadero tema del filme es, precisamente, que un agente secreto no puede tener amigos ni bajar la guardia un sólo momento o estará perdido.
Los protagonistas de la acción son dos grandes actores. Russell Crowe, da vida a un analista de la CIA que, desde su aparentemente anodina vida de despacho en EEUU, dirige las operaciones de los agentes que están infiltrados en países hostiles y plagados de terroristas. Con Crowe, el director ya había trabajado muchas veces y forman un equipo de éxito que ya ha dado importantes títulos al cine como "Gladiador" o "American Ganster" y, en esta última ocasión, vuelve a comprobarse lo lejos que pueden llegar juntos. Crowe, caracterizado como un gris y frío funcionario, tuvo que engordar muchos kilos para dar vida a su personaje y, una vez más, resulta convincente y creativo como pocos. Para Leonardo Di Caprio ha sido, en cambio, la primera vez que trabaja a las órdenes de Scott y en la mayoría de las escenas, aunque no en todas, interpreta sólo correctamente a Roger Ferris, un espía de la CIA especializado en misiones de alto riesgo, infiltrado en la cultura de Oriente Medio.