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TRIBUNA

Lo trágico y lo cómico

domingo 10 de marzo de 2024, 19:57h

Cuando se publica un libro, termina una cadena de acontecimientos que normalmente no poseen interés alguno, por rutinarios y corrientes, y mejor así, debido a que tanta relevancia o expectación previa puede correr el riesgo de impedir que el libro haga su propio camino y adquiera las famas u olvidos pertinentes. Pero un dato que consigue llamar la atención —la de uno, al menos— es que la fecha de salida no corresponda con el tiempo en el que, suponemos, ha sido escrito, que no siga el curso de su escritura y el orden se haya alterado por intervención ajena o decidida por quien escribe. En el caso de éste, un segundo —de dos que componen la obra de la autora— siendo realmente el primero que se escribió.

Quizá resulten insignificantes las vueltas que estoy dando a lo decorativo de la curiosidad, pero si uno ha leído o conoce el anterior, La verdad es que estoy sola y que estoy ardiendo, comprenderá la impresión que produce saber que ese compendio de fabulaciones y magias no era uno que estaba iniciando la carrera de la poeta, sino que era algo escrito afianzado, continuando lo que ya se había dado a conocer, pero todavía no a los lectores.

Pasan cosas bellísimas es, por consiguiente, todo lo contrario. No es un libro de poemas abigarrados, no están en él la andanza y maravilla del territorio Nonú, no al menos como en La verdad…, porque en este libro hay una (des)preocupación mayor e imperante. Laura Ramos, que demuestra su agilidad y humor en la elección de escenarios y voces narrativo-líricas, se centra en una serie de acciones, conversaciones y reflexiones que, desde su aparente impasibilidad, nos confían una tragicómica inquietud acerca de lo que sostiene la literatura: el contar con un interlocutor que reciba nuestras historias. Pero los poemas de Pasan cosas bellísimas no renuncian a buscar las cosquillas al discurso establecido. Que nos cuenten no es suficiente. Quién o qué nos obliga a creérnoslo. Tiene este libro un retintín naif, infantil y divertido en sus maneras de llevar la contraria, por ejemplo, entre una pareja que discute mientras uno de los dos anda obsesionado por el examen de fonética histórica: ‘mírate, no puedo con tu aproximación teórica hacia las cosas, puedo saber lo que piensas es una pregunta y la sed.’

Aquí se habla con la lengua ‘de los matices cítricos’, se nombra el amor que puede ser elección o reacción química —un buen debate, por averiguar cuál opción sería la que prevaleciese—, se señala ‘el hueco que provoca el deseo’, se describen prácticas cuya naturaleza repetitiva enseñan que la gente no deja de hacer esto o lo otro por estar hablando todo el día de ello, que si aparecen en los libros, estos no cambiarán el mundo, aunque las palabras sí; que ocurre a diario la belleza y tampoco aprisiona o cautiva como sí sucede para algunos: ‘Hay muchas maneras de llevar a cuestas una cesta de manzanas. La cestería es una de las grandes artes sagradas de los habitantes de Nonú; también la alfarería y el forjado de vidrio. Se suele decir que la arquitectura de Nonú es una cosa inútil. No vientos no lluvia no seísmos. También se dice que es inútil la sintaxis [sin embargo con ella te nombro], el bordadillo de los trapos de cocina [sin embargo tus manos] y el color de las aceras [sin embargo tu baile]. La traducción inmediata es: la belleza es inútil. Los habitantes de Nonú no entienden lo que significa “la belleza es inútil”. Señalan al techo y dicen: dioses, etc. Todas las maneras de llevar a cuestas una cesta de manzanas permiten hacerlo llorando.’

Volviendo al comienzo del artículo, más allá de los avatares del mundo editorial que afectan en estos equívocos, y enriquecedores para con este libro, ¿qué impidió que Ramos publicase estas prosistas estampas llenas de calidad y saludables interrogantes? Preguntarlo de este modo, con toda la panoplia de adjetivos que uno quiera utilizar o se le ocurran por si ayudasen a reforzar la imagen positiva que los poemas han dejado, no tendrá respuesta más allá de las evidentes que la autora quiera aportar. O no, pues en su derecho está de guardarse el misterio. ‘Te mueves exactamente como debe de moverse mi deseo’, dice en uno de los poemas finales, y es que uno, prendado de la lectura de Pasan cosas bellísimas, no debería ocuparse de otra cosa que no fuera el contenido del mismo, el cual, y esto es una rareza en su favor, no me ha recordado ninguna influencia, no me ha hecho pensar se parece a X o Y —protagonistas robóticos de uno de los poemas, por cierto—, y eso dice bastante de la fuerza y peculiaridad de la poesía de Laura Ramos.

A modo de cierre y breve crónica: durante la presentación del libro, que fue muy íntima —lluvia, granizo— pero apropiada —una anciana engañosamente dormida entre el público, un supuesto conocido de Zambra—, hacia el final tuvimos la visita de un perrito, por eso de que la literatura, como el dinero o los premios, siempre necesita rebotar su eco. Hubo entonces una suspensión de las atenciones, todas dirigidas al inesperado animal, pizpireto y paseándose entre las sillas y las carantoñas que le ofrecían. Pocas veces el título de un libro fue más acertado para explicar el momento.

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