Por la gracia de Pedro Sánchez, Puigdemont ha pasado de ser un apestado de la política a convertirse en el timonel del Gobierno. Sin los 7 escaños de Junts, el presidente no puede ni subir el salario mínimo. Y el prófugo de Waterloo, envalentonado y arrogante, acaba de echar el último órdago. Con la ley de amnistía en la mano, ahora negociará “pieza a pieza”, paso a paso. Cada votación en el Congreso de los Diputados tiene un precio y la factura de los presupuestos generales del Estado es elevada. Tanto como lograr el compromiso del presidente del Gobierno en autorizar la celebración en Cataluña de un referéndum de autodeterminación con la aprobación previa en el Parlament de una declaración unilateral de independencia.
Pedro Sánchez se mesa los cabellos en busca de una triquiñuela que avale, ahora sí, que los separatistas se salten impunemente la Constitución. Porque, si no, lo harán de todos modos, puesto que con la ley de amnistía que les acoge pueden declarar la independencia sin riesgo alguno de cometer delito. Están blindados. Tienen inmunidad. Puigdemont no tendrá que volver a huir en el maletero de un coche.
Pedro Sánchez sufrirá el efecto bumerán de la ley de amnistía. Y el primer estacazo lo va a sufrir en la negociación de los presupuestos con los separatistas. O se pliega de nuevo ante la autodeterminación en marcha o Junts votará en contra. ERC, en cambio, los apoyará por la zarandaja de la progresía del Gobierno de coalición. Puigdemont, por tanto, volverá a tener la llave en solitario. La llave de La Moncloa. Ya puede espabilar Sánchez y ejecutar una de sus piruetas ilegales para que Cataluña pueda celebrar un referéndum de autodeterminación. La fecha está fijada en 2025. Pero la primera letra del contrato tiene que firmarla antes de aprobar los presupuestos. Se ha metido en la boca del lobo más insaciable. Y todo por su deleznable adicción al poder. Queda así demostrado que el poder corrompe. En especial, a Pedro Sánchez.