El escritor zamorano Luis García Jambrina es doctor en Filología Hispánica y profesor de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, además de prolijo escritor de novela histórica y detectivesca. Sus primeras ficciones fueron históricas, pero enseguida –y a la par– se pasó a la detectivesca, sin perder nunca ese cariz histórico. De hecho, con la novela que iniciaba la serie dedicada al abogado que fue Fernando de Rojas, a quien conocemos como autor de La Celestina, obtuvo el Premio Ciudad de Zaragoza de novela histórica. Desde ese lejano 2009, el Manuscrito de piedra ha continuado la saga de Manuscritos –de nieve, de fuego, de aire, de barro, de niebla–, todos situados a comienzos del siglo XVI.
Entremedias se ha acercado a tiempos más cercanos, en Así en la guerra como en la paz, pero parece claro que los escenarios históricos le gustan, porque la novela que ahora presenta vuelve a instalarse en tiempos pretéritos: ese ya lejano inicio del siglo XX. Sitúa la acción en el invierno de 1905, entre Salamanca donde el detective es rector de la universidad y Boada, un pequeño pueblo que ha solicitado al gobierno argentino que les acoja: el sistema caciquil ha privatizado las tierras comunales que les permitían vivir de la siembra y el ganado, y se han propuesto emigrar. Un problema real del momento.
El detective que se estrena en estas lides es el rector de la universidad y escritor Miguel de Unamuno. Y la novela deja claro en el título que es la primera de una saga: El primer caso de Unamuno. La trama consiste en implicar a Unamuno, como así fue toda su vida, por otra parte, en la faceta de humanista y defensor de los derechos sociales. La represión del campesinado es el tema de esta novela que presenta Alfaguara Negra.
Una cita de Unamuno encabeza la novela: «El problema no es solo averiguar la verdad, sino saber qué hacer con ella». Así que empezamos con unas cartas reales de acusación y réplica entre Ramiro de Maeztu y Unamuno publicadas en La Correspondencia de España, el periódico quizá más importante del momento. Conflicto social. La prensa. El poder de la denuncia. Si eso no bastara, la novela requiere un muerto (en realidad tendremos tres), y que sean asesinatos. Así que el Diputado Provincial implicado en la privatización de esos terrenos aparece muerto. Es el primero de los cadáveres que aparecen. Y ya tenemos ahí a Unamuno liado hasta lograr la resolución del caso. «Su principal argumento era que no se trataba de un suceso más, sino de uno en el que se dilucidaban cuestiones de gran calado, como la de la situación agraria, la despoblación del campo, el problema de la renta y de la propiedad de la tierra, la falta de trabajo y la emigración forzada de muchos campesinos». Para este nuevo detective es una oportunidad de generar un debate público en torno a esos acuciantes asuntos que él conocía bien. Pero también García Jambrina le hace cavilar sobre la pura realidad: «De ahí que ya no hubiera verdades absolutas; el concepto mismo de verdad estaba en tela de juicio, como lo estaban el de realidad, el de identidad, el de Dios y tantos otros.» Y la ciencia y el positivismo.
Pero no nos pongamos tan serios. Esta es una novela en que la denuncia social nos permite recordar la figura del escritor a quien ahora se acaba de reconocer como doctor honoris causa a título póstumo. En la novela se le vilipendia por ateo, por cercano a los anarquistas y por agitador; también por lector de Sherlock Holmes. Él, sin embargo, sabe defenderse bien: «Soy demasiado independiente y heterodoxo como para ser uno de los suyos, por no hablar de que repudio toda forma de violencia, venga de donde venga –le recordó don Miguel». Un Unamuno que acaba actuando como buen detective; en este, su primer caso.