Por fin, por fin, salimos rumbo a Las Ventas. Ya es primavera. Y no solo en El Corte Inglés. La plaza sigue con los mismos achaques correspondientes a su edad y al descuido: las escaleras cerradas, la pintura agrietada… La tarde de apertura tuvo dos componentes fundamentales: hubo toros y hubo toreros. Los Cuadri: grandes, limpios, armados, veloces y con genio. Los diestros: acertados, medidos y sin una mancha de afectación. Los varilargueros, con pocas excepciones, verbi gratia, Juan Manuel Sangüeza, recargaron las varas para meter el palo a lo bruto o barrenar sin piedad. A pesar de esto, los animales acudían desde distancias inusitadas actualmente y aguantaban las faenas sin señales del agotamiento. Angel Otero, Miguelín Murillo y Fernando Sanchez, en este orden de importancia, se desmonteraron por hacer del peligro un arte, igual que Antonio Ferrera quien cortó el único trofeo de la tarde. Una oreja que vale por cinco. En resolución, una tarde grande para desquitarnos de las faenas precocinadas y tediosas. Estábamos ante lo impredecible: un toro bravo. El publico respetuoso en general, pero con algunos desnortados del 7 que protestan por protestar. Y sólo las tardes toristas.
Antonio Ferrera lidió con peligro, envolviéndolo en los vuelos de su capote de seda. Siempre presente en el ruedo como director de la lidia sacó de apuros a un banderillero y resolvió con decisión otras situaciones comprometidas. Su primero, Sombrilla (1º), informal e desobediente a los avíos, punteó e hirió la muñeca del torero. Sangrando, Ferrera prosiguió su toreo al natural por ambas manos. La espada yacía olvidada sobre el albero. El morlaco se vencía y buscaba, pero el matador trazó pases de cristalina limpieza dando la salida al bicho por el filo de la flámula. Todo transcurrió en los medios, pero no se coronó con una estocada contundente. Bagonero (4º), todo un torazo de 670 kilos, también fue áspero. Sin embargo, el diestro le ahormó la cabeza desde el primer capotazo y compuso una faena constelada de naturales soberbios por ambas manos. El público pasaba de las ovaciones al suspense, mientras el matador sorteaba las trampas del “cuadri”, adornándose con un molinete de su marca, seguido por un desplante tocando el pitón. Al hundir el estoque hasta el arriaz, recibió una oreja.
Octavio Chacón fue sobrio; desde que pidiera perdón al público en la plaza de San Agustín de Guadalix ante una bicha de casta navarra, no ha cambiado: sincero, esforzado y pundonoroso. Pasajero (2º) salió menguado de las varas y con peores intenciones que antes: un toro despierto, acosaba al diestro sin piedad. Costó mucho el ajuste de terrenos y temple para lograr pases aislados, pero ceñidos y bellos. Una estocada algo atravesada, el descabello a la primera. Bombardero (5º) fue citado de frente y por derecho, en sus terrenos, porque Chacón no esperó que se lo aliñasen a su gusto. Pases breves, marcaban como notas musicales, el compás de la faena contundente. No estaba el público para apreciar la sutil franqueza de la obra, pero ésto y la estocada entera merecieron mucho más que las protestas.
Gómez del Pilar se enfrentó con Taconero (3º). Éste recibió ovación por el impresionante velamen que lucía. Aunque cedió el terreno ante el bicho veloz, lo recuperó e hilvanó la faena pase a pase, enseñando al contrario a embestir y llegando a sacar unas series ovacionadas, dejando que el animal le roce los alamares. Una obra de gran entrega. La estocada quizá algo tendida. El descabello implacable a la primera. Puntero (6º) fue sustituido por Cafetero de Saltillo, un bicho sin relieve, pero con guasa. Mansurrón, aconchado en tablas, no buscaba una lucha sino cómo una escapatoria. Gómez del Pilar intentó alargar la faena, mas fue imposible. La estocada entera.