Tal y como apuntó JLGM en su crítica a este libro, la poesía de Felipe Benítez Reyes bien puede ser comparada con un ejercicio de caligrafía. Si no se ha tenido la oportunidad de ver una de sus dedicatorias, son dignas de mención por lo hipnótico de cómo van apareciendo en la página de cortesía junto al nombre y el título que se rubrican amistosamente. La última ocasión en la que pude ser testigo de ello, él afirmó que llevaba tiempo sin practicar, pero la firma parecía decir todo lo contrario, quedando en un comentario de modestia fingida, divertida por la gracilidad y poca importancia inferidas.
Lo que dibujan estos versos son las experiencias derivadas del sueño y sus fantasías. Los expedientes de la madrugada, que recibió el primer premio de poesía Marpoética, es la recogida de los sedimentos que no tienen un porqué específico, no deben, me atrevería a decir, ya que así resulta más vivaz su canción, su celebración del ‘sinsentido esplendoroso del mundo’, como reza el poema que abre el libro. Es, no cabe duda una vez se finaliza su lectura, un ruedo más de la lírica que tanto ha sentido su autor la necesidad de dejar por escrito. Ahora que la vida va más lenta que el tiempo, resulta de un calado distinto, más honda y menos ficticia, sin olvidar que para el poeta roteño, desde sus inicios y como marca de la casa, la emoción del poema debe ser fingida.
La obsesión, patente en casi todos los versos, es la averiguación de si algún aprendizaje ha quedado del trayecto, si el tiempo —tan acuoso y retraído como el romper de una ola desganada sobre la playa— no ha pasado sin vestigios que pudieran decirnos esto fue sentido, aquí perdimos esa noche diluida en el amanecer que nos pilló elogiando ruidosas arcadias, la infancia y mi presente deben quedarse en tablas porque nos sentimos expulsados de uno y otro escenario, teniendo que elegir finalmente la literatura, claro está, como si nos metiera su resuello para despertar cuanto antes y quitarnos de encima tanto miedo al vacío. ‘El joven que se pensaba el dueño de la vida,/ ¿desde dónde le habla al envejecido,/ el de las metáforas artificiosas,/ el del discurso divagatorio?’ El poeta se muestra vulnerable a sus capacidades, su imaginación ha preferido guiarse por lo que sucede, puramente, sin pensar rememoraciones. Que nada más se agolpe para confundirse. ¿Qué se vivió de lo que ya no existe? ¿Cómo se puede uno regodear en lo que pronto fue ventura esfumada?
El sonido finísimo de la plata, su fulgor. El del agua. El de las melodías que imperceptiblemente nos atrapan. Uno es enseñado por los años, si no ha querido desistir y continúa sugestionándose, a reconocer nuevas aristas de los objetos y las rutinas. La luna será todas las nocturnidades que le echemos en cara. Nosotros, jóvenes o no, seremos correspondidos con su manto cenizo y veremos alucinados el señorío que despliega. El mar vecino desde la terraza, desde la canción que se entona en el litoral, nos hablará de los que abren sus manos líquidas y encuentran oquedades o pálpitos de fortunas que rápidamente pasan a los abismos, entre galernas y nieblas. El escritorio, la casa, las baldas con títulos clásicos: paseos despreocupados por reinos donde el sol sigue, seguirá, tendiendo sus rayos de lumbre, donde nos posee el aroma de yerba nueva como nos posee el quedarnos embelesados mirando veintiocho estilográficas que nunca se utilizaron. Todo lo que nos ha traído y será también lo que nos lleve.
Ha de asumirse el final de la ficción, nos cuenta Benítez Reyes, sereno, aceptando el ritmo amargo de la existencia, pero sabiendo —y por ello hemos de estarle agradecidos— guardar el instante que resarza cuando desvalidos nos alcance su tic-tac como una herida blanca.