Clara Campoamor luchó hasta la extenuación por la no discriminación por razón de sexo, por la igualdad jurídica de los hijos e hijas habidos dentro y fuera del matrimonio, y por el voto femenino. Participó en la elaboración de la Ley de Divorcio (1932) y defendió en el Congreso la abolición de la prostitución para garantizar la igualdad hombres-mujeres. Como Directora general de Beneficencia en el Gobierno radical impulsó en 1934 una Bolsa de trabajo de ciegos “para facilitar un trabajo que los honre y para que desaparezca la mendicidad de los ciegos en la calle”, concediéndose a los invidentes mayores de 60 años una pensión de 1.000 pesetas anuales.
La mayoría de los partidos españoles se oponían al voto femenino entonces influido por la Iglesia y por las derechas, por lo que el Partido Socialista Radical enfrentó a Clara con otra diputada, Victoria Kent, contraria al voto de las mujeres, a quien la Campoamor venció posibilitando el sufragio femenino con 161 votos a favor por 121 en contra. Contó con el apoyo de la mayor parte del Partido Socialista, con buena parte de la derecha, con casi toda Esquerra Republicana de Catalunya y con pequeños grupos republicanos como los Progresistas y la Agrupación al Servicio de la República. En contra votaron Acción Republicana, el Partido Radical Socialista y su propio Partido Radical. Un mes después, noviembre de 1931, Campoamor creó la Unión Republicana Femenina, que en 1935 se unió a Izquierda Republicana en colaboración con los independientes. Publicó Mi pecado mortal, el voto femenino yo, La revolución española vista por una republicana, y otros.
Estallada la Guerra Civil, temiendo ser represaliada por las checas, se exilia en Lausanne (Suiza), luego a Buenos Aires, y de nuevo a Lausanne, donde murió: “la anarquía que reinaba en la capital ante la impotencia del gobierno, y la falta absoluta de seguridad personal, incluso para las personas liberales -sobre todo, quizá, para ellas– me impusieron esta medida de prudencia”[1]. Tras intentar regresar a España a finales de la década de 1940 desistió al conocer que además estaba procesada por su pertenencia a una logia masónica, muriendo en el exilio en 1972 fuera de su patria.
La Campoamor no tuvo lugar donde reclinarla cabeza en su país ni viva ni muerta. Nada sospechosa de clericalismo, no dejó sin embargo de protestar por las bárbaras agresiones del Frente Popular contra la Iglesia. No siendo de izquierda ni de derecha, sino según propia confesión “humanista republicana y mujer”, sufrió por los errores de unos y de otros la gran oportunidad de vivir en paz, progreso y libertad defendiendo lo mejor del liberalismo a partir del logro de la educación democrática y justa de todo el pueblo, tanto de hombres como de mujeres.
Con singular sinceridad escribe: “Madrid vivió una situación caótica: los obreros comían en los hoteles, restaurantes y cafés, negándose a pagar la cuenta y amenazando a los dueños cuando aquellos manifestaban si intención de reclamar la ayuda de la policía. Las mujeres de los trabajadores hacían sus compras en los ultramarinos sin pagarlas, por la buena razón de que las acompañaba un tiarrón que exhibía su elocuente revolver. Además, en pleno día y hasta en el centro de la ciudad, los pequeños comercios eran saqueados y se llevaban el género amenazando con revolver a los comerciantes que protestaban. Se ocuparon tierras, se propinaron palizas a los enemigos, tildándolos de ‘fascistas’. Iglesias y edificios públicos eran incendiados, en las carreteras del Sur se detenía a los coches como en el tiempo del bandolerismo, y se exigía a los viajeros una contribución en favor del Socorro Rojo Internacional”[2]. ¿Cómo soportar que la Campoamor denunciara eso sin ser tachada de ultraderechista? Madrid se fue convirtiendo en un montón de ruinas y escombros y no hubo lugar para una mujer que había confesado: “estoy tan alejada del fascismo como del comunismo. Sin embargo, aunque cometan los excesos una minoría de feroces energúmenos que en ambos bandos imponen sus instintos criminales, son los dirigentes de las dos fuerzas combatientes quienes fundamentalmente habrán de asumir su responsabilidad”[3].
Para una self made woman como Clara Compoamor no hay cabida en España entre quienes tremolan vociferantes la bandera de la mujer. ¿Acaso no es eso que ayer ocurrió una manifestación patética de lo que espera mañana a la razón en la historia? De momento se está formando una reacción reaccionaria “de la que fue modelo tremendo doña Antonia García que, cogida prisionera por enemigos de Doña Isabel cuando ésta aún no había acabado de asegurar su trono, fue condenada a la horca. Y aceptó con tanta gallardía la terrible sentencia, que cuando iba a ser llevada al patíbulo se vistió de fiesta con ancho balandrán, saya blanca y medias encarnadas. Y el último acto de su vida fue un acto de pudor: rogar al verdugo que le atara las faldas para que no se le vieran las piernas”[4].
[1] Campoamor, C: La revolución española vista por una republicana. Editor Luis Español Bouché. Editorial Espuela de Plata, Sevilla, 2018.
[2] Ibi, pp. 99-100 y 194.
[3] Ibi, p. 237.
[4] Serrano de Haro, A: Guirnaldas de la historia. Editorial Escuela Española, Madrid, 1947, p. 92.