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TRIBUNA

Pastores con olor a oveja

miércoles 10 de abril de 2024, 18:16h

En el año 2012 dirigí la tesis doctoral de José Demetrio Jiménez Religiosidad popular en el norte de Argentina, luego obispo de la Argentina remota y pobre de Cafayate, donde tuve la inmensa fortuna de constatar su gran talla de apóstol exquisitamente formado, pobre, y rebosante de amorosa servicialidad, tanta que uno a uno conocía el nombre de los fieles de las zonas más aisladas, corruptas y depauperadas de su diócesis; su santidad me ponía de rodillas. Viviendo con los pobres del asilo y pronunciando conforme a su petición algunas homilías en la catedral tuve la ocasión de contactar con aquella religiosidad popular. Los problemas de los sacerdotes cercanos al pueblo, parecidos a los de el cura rural de Bernanos, no eran de tipo sexual, sino simbólico, pues tanto ellos como sus feligreses creían intensamente en la presencia del diablo en cualquier momento de la vida cotidiana: el diablo rompía cristales, movía objetos, actuaba ventrílocuamente entre los abundantes movimientos telúricos que hacía temblar al pueblo. En las largas peregrinaciones por aquellas montañas polícromas y fascinantes no podían faltar los exorcismos ni la fundación de pequeñas capillas humildes con que ganar terreno al diablo. Eso existe. El hermano Demetrio estuvo presente en la fundación del Instituto Mounier en Córdoba (Argentina), facilitó mi presencia en la Universidad católica de Buenos Aires, y en todos los lugares yo decía para mí: hagamos tres tiendas. No pudo ser, murió en plena juventud.

Sólo para dar una idea de su razón cálida personalista/comunitaria reproduzco aquí abreviada su filosofía: “el entendimiento se mueve siempre en el es. Esto ha podido hacer pensar que el es es la forma primaria como el hombre entra en contacto con las cosas. Pero esto es excesivo. Al conocer, el hombre entiende lo que hay, y lo conoce como siendo. Las cosas se convierten entonces en entes. Pero el ser supone siempre el haber. Es posible que luego coincidan; así por ejemplo, para Parménides, sólo hay lo que es. Mas no se puede, como lo hace el propio Parménides, convertir esta coincidencia en una identidad entre ser y haber, como si fuesen sinónimos cosa y ente. Y, en efecto, ya Platón, siguiendo a Demócrito, barruntaba que ‘hay’ algo que ‘no es’, en el sentido del ente, es decir, de la ‘cosa que es’ que descubrió Parménides. Si el idioma griego no hubiera poseído un solo verbo, el verbo ser, para expresar las dos ideas del ser y el haber (lo propio acontece en latín), se hubieran simplificado y aclarado notablemente grandes paradojas de su ontología. La forzosidad de servirse sólo del es obligó a Platón a afirmar que es también lo que no es. Tal vez pudiera expresarse con bastante fortuna uno de los grandes descubrimientos de la filosofía post-eleática diciendo que intenta captar, desde el punto de vista del ser, algo que, indiscutiblemente, hay, pero que es de lo que no es’.

De ahí la posibilidad de las confusiones que originan la ficción y que, en ocasiones, se constituyen en hieromanías. No se trata aquí de la fantasía como un lúdico ejercicio de la imaginación que inventa, sino del acceso a una realidad compleja, difusa, a veces contradictoria, en constante despliegue y desarrollo, que viene al encuentro de la realidad con nuevos recursos la encuentra-inventa (in-venire, inventar/yendo/hacia). Aquí se halla también su posible ambigüedad: puede originar magníficas construcciones, pero también puede causar todo tipo de desvaríos, extrayendo conclusiones lógicas de un presupuesto no lógico ni racional. Al igual que la razón, también la imaginación supone la necesidad de un cierto escepticismo esencial, es decir, de la razón que niega la razón misma poniendo en tela de juicio alguno de sus procederes. Lo propio de la fantasía es que torna normal lo que no lo parecía, conecta lo inverosímil con lo cotidiano. No lo confunde, sino que lo muestra complementario, a saber: la fantasía es la posibilidad de la imaginación de mostrar a la razón otro modo de ver lo real. Lo maravilloso entra a formar parte de lo real sin destruir su coherencia, porque en verdad le pertenece. Al contrario, deshace la quiebra, salta la falla de lo insoportable sin hacer caer en el abismo de la desesperación. Lo maravilloso puede encontrarse en nuestro mundo, pero conserva leyes diferentes de las nuestras. Los acontecimientos que llamamos sobrenaturales sobrecogen e inquietan, pero no resultan en absoluto ajenos a la vida cotidiana. Se trata de recuperar la historia reprimida, lo fantástico que a veces linda con lo grotesco. Baste con ver los mundos de Asturias, García Márquez, Borges, Bioy Casares, Cortázar, Fuentes... La historia oficial se desintegra, se fragmenta, se difumina. Un vacío llena el mundo, y en ese vacío surge la creación, la nada creadora, que transgrede y trastorna, inquieta y extraña, sugiere y subyuga. Emergen los fantasmas, es decir, la rebelión de los muertos con biografía inconclusa, manifestación de la rebeldía contra la vida mortecina, como si algo hubiese quedado inconcluso, o perturbado, o en desorden. Estas situaciones de la vida, que rescatan la necesidad de acudir a lo perdido, enganchan con las frustraciones mismas de las sociedades modernas, ocasionadas por la caída de la euforia prometeica y hedonista de la civilización occidental. La historia puesta entre paréntesis hace que la realidad se transforme en hiperrealidad. La conciencia de lo que pudo ser de otra manera garantiza también la posibilidad del cambio, con la evidencia de no poder obviar nada de lo que pasó, sabiendo aprovechar incluso sus dinamismos. Es el desafío de lo posible como verosímil, marcado también por la fuerza de lo irracional, en el sentido de lo que no se somete a los cánones racionales establecidos. Tenemos -escribió Borges- estas dos imaginaciones: la de considerar que los sueños son parte de la vigilia, y la otra, la espléndida, la de los poetas, la de considerar que toda vigilia es un sueño.

El pensamiento popular se halla marcado por la emoción. Un temblor de tierra, por ejemplo, lo es también de las conciencias: ‘¡qué habremos hecho!’. El símbolo es más duradero que su explicación, lo cual tiene un evidente significado: el símbolo no es la cristalización de un conocimiento sobre algo, sino el ámbito mismo de investigación de la verdad, a saber, la presencia de la realidad envolvente que incita a su conocimiento, la matriz inexorable de significados donde se halla el auténtico sentido. Esto lo vemos particularmente en algunas devociones religiosas. El mundo indígena se puebla de imágenes, de milagros y de sueños por la favorable confluencia de los mundos en armonía. Resulta significativo el relato que escuché en Santa María (Catamarca) de Nicolás Toribio Díaz (‘Orteguita’), entonces joven de 20 años, enfermo de convulsiones y asiduo de los ‘médicos campesinos’. Cuenta que, visitando a uno de ellos en Amaicha del Valle (departamento de Tafí del Valle, provincia de Tucumán), entró en una habitación llena de santitos, velitas y botellas de agua bendita. El piadoso señor, ‘muy religioso’, le invitó a repetir a determinadas horas del día ciertas jaculatorias y a cazar un cóndor de sus pagos. Orteguita es natural de Pampayana, en la zona alta de Jasimaná (departamento de San Carlos, provincia de Salta). Al cóndor tenía que sacarle el corazón, dejarlo secar, triturarlo y tomarlo disuelto en agua. Todo ello siguiendo este consejo: rezar ante la cruz, pero sin el Cristo, porque éste ‘es dolor y sufrimiento’, mientras que la cruz sola significa ‘prosperidad’. Esta referencia muestra el intercambio de significados y la pervivencia de los antiguos, en proceso de recreación mutua, de combinación regeneradora, de asimilación creativa, de imaginación simbiótica. Imágenes compartidas por aborígenes y extranjeros con matices interesantísimos de cada parte. A ello contribuyó decisivamente la imagen barroca, en la que se fueron insertando elementos otrora heterogéneos. En la imagen se transforma en interlocutor: en la imagen se negocia, se recupera lo perdido a la vez que se apropia de lo nuevo. El encuentro de simbolismos y la yuxtaposición de miradas es la característica peculiar del mestizaje. Culturas heterogéneas acaban compartiendo un imaginario similar, en el que se siguen manteniendo las peculiaridades de cada cual. La realidad estaba dada, el problema era comprenderla, sincretismo y yuxtaposición de un imaginario que parece conjugar simbolismos.

Una hermenéutica pluritópica entendida como un ejercicio de interpretación que reconoce múltiples tradiciones, enfatizando la importancia de tener en cuenta la pluralidad de los intercambios a través de las fronteras culturales, un proceso de ‘recreación’ mutua, de combinación y asimilación que procura simbiosis, genera mestizaje y da cauce a semiosis. Es así como la historia se regenera. Un mundo nuevo que encubre y descubre en sus propias raíces los mundos en conflicto que lo sustentan. Las huellas evocan que alguien anduvo por ahí y traen noticia de las acciones de los antiguos. Las huellas son indicios y, por lo tanto, evocan presencia, pero son también signos de ausencia. Manifiestan que la historia es plural: podría haber sido de otra manera, pero muestra dimensiones ocultas que nos corresponde develar. Que en la vida y en su tránsito lo que queda no es tanto la huella cuanto el trazo. La conexión entre la huella y el recuerdo, las asociaciones que hacemos de lo vivido por otras generaciones y lo que de ello nos queda -cuanto se perdió y cuanto se gestó-, tienen que ver también con olvidos e inadvertencias, con disociaciones, con discontinuidades que no nos permiten conocer del todo lo que fue y, a la vez, manifiestan la realidad de lo muy otro que se nos escapa, pero que estamos llamados a recrear en nuestras respuestas. Aceptando que éstas son las que alimentan y agrandan más y más nuestras preguntas, a la vez que permiten que la historia se recree, se regenere, se recupere, continúe en constante gestación”.

Hay pastores lobeznos que huelen a príncipes, y otros a ovejas.

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