Asunción Escribano (Salamanca, 1964), ha escrito La disolución (finalista en el II Premio de Poesía de la Academia de Poesía de Castilla y León, Amaru Ediciones 2001); Metamorfosis (Editorial Azul, 2004); Acorde (X Premio "Fray Luis de León" de poesía, Visor 2014); Salmos de la lluvia (Finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León, Vaso Roto 2019) y El canto bajo el hielo (Ediciones Carena, 2021). Está incluida en diversas antologías poéticas.
Leyendo La estación más ardiente a uno le queda la sensación de que este diccionario de poesía suyo ha sido fruto de la labor de una vida. También de cómo sus labores docentes y creativas han colaborado, quizás en igual medida, a la hora de planear y redactar el libro. ¿De cuándo data la idea de crear un diccionario de conceptos poéticos?
Lo cierto es que el diccionario, casi, casi, se fue escribiendo solo durante la pandemia, en un ejercicio de colaboración lírica con un periódico salmantino (salamancartvaldia) que me permitió concebir la posibilidad de ir entregando entradas semanales, como una especie de terapia contra la desesperanza –y también contra la desesperación– que generó aquel encierro inimaginado.
Creo que fue una manera de salvación personal, una apuesta por contemplar el rostro más luminoso de la realidad, puesto que cerca de mí, cerca de todos, había mucha gente sufriendo. La poesía no salva del dolor, pero permite -a veces- darle un sentido o, al menos, nos concede el don de poder nombrar, y de poder asumir, en toda su plenitud, la vida.
Cuando terminó el encierro, me di cuenta de que había comenzado un libro que iba enhebrando las entradas, como en un cesto de cerezas, de manera que cada una conducía a la siguiente… Y continué con el proyecto hasta su fin.
¿Ha primado más, durante su escritura, los conocimientos de la catedrática en Lengua y Literatura Española o, por ahí, el poso que va dejando el fino oficio con el que talla usted sus poemarios?
Supongo que cada uno entregamos a nuestra escritura todo el bagaje de lecturas y de experiencias vividas que llevamos a nuestras espaldas. Y, en mi caso, la docencia es muy importante. Forma parte del todo que soy. Muchas de mis lecturas se fueron filtrando poco a poco en las entradas del diccionario. Nadie escribe sin apoyarse en lo que ha leído anteriormente… hay que ser agradecido y explicitar las deudas que, en mi caso, son muchas.
Hace un año, con motivo de mi trabajo para El Imparcial sobre otro libro suyo –el titulado Pereza– alababa la calidad de aquella prosa en que venía escrito, de rigor e intensidad equiparables a la que usted aplica para sus poemas. En aquel texto sobre el más amable de los Pecados Capitales, de carácter ensayístico, a la hora de transmitir lo que quería decir tenía una mayor cabida el registro académico. La estación más ardiente podría haber sido afrontada en igual parámetro estilístico. Pero, desde el riesgo, decide introducir aquí el ritmo de la prosa poética: uniendo música, palabras e ideas logra una obra que, seguramente, sea una rara avis en el ámbito de la filología hispánica. A mi este reto autoral me convence plenamente. Pero, ¿no podría suceder que, para quienes recurren a un diccionario, el lenguaje en el que viene escrito este suyo pueda resultar, de entrada, chocante?
Seguramente sí. Y, de hecho, me preocupaba mucho que el acceso a la escritura fuera complicado. Pero, cuando una obra nace con su propio lenguaje, ¿cómo traicionar la escritura? Cada obra tiene su propio registro. Y serán los lectores los que decidan acercarse o no a ella.
Las treinta y tres entradas que desglosa su diccionario, además de alfabéticamente ordenadas, están interrelacionadas. La estación más ardiente es un texto que admite una forma secuencial de ser leído, accediendo a él de principio a fin; pero también admite otro orden más abierto, "armado" por quien lo consulta. Esta segunda manera posibilita que los lectores del diccionario descubran dentro de él propios senderos mientras asimilan conceptos. Este tipo de lectura, más creativa, y que requiere un tipo diferente de atención, es, para mí, el gran hallazgo del libro. ¿Cómo animaría Asunción Escribano a transitar mejor por un texto tan provechoso y lleno de posibilidades como es este suyo?
Creo que, como dices, tiene modos diversos de lectura. Por un lado, la lectura (que no consulta) lineal, siguiendo el hilo de las entradas, que van engarzándose una a otra, como madejas de un ovillo locuaz. Pero también, como señalas, pueden leerse independientemente. Como teselas de un mosaico grande, en cada una de las cuales se reprodujese la figura completa. Creo que, al final, lo que se lee es mi propia concepción de la escritura, de la poesía, de la vida, insertada por el reconocimiento agradecido a algunos de los escritores que me han facilitado con sus palabras ponerle rostro a mi propia emoción.
En la película Tár (Todd Field, EEUU, 2022) tras tocar la cuarta sinfonía de Tchaikovsky el director de orquesta Leonard Bernstein explica a su joven auditorio: "Ahora podemos entender el significado de la música. Es la forma de sentirnos al oírla. Por fin hemos dado el paso de gigante, ya sabemos qué significa la música… No hay que saber mucho de bemoles, notas sostenidas, ni nada de eso para entender la música si nos dice algo… No es una historia, ni un cuadro, es un sentimiento. Si nos cambia por dentro y podemos sentir todo lo bueno de la música es que la entiendes. Y eso es lo importante. Esos sentimientos son de lo que trata la música. Lo más maravilloso de todo es que no hay límites para esos sentimientos que sientes con la música. Algunos de ellos son tan especiales y tan profundos que son indescriptibles". He revisado esta interesante película protagonizada por una sobresaliente Cate Blanchett mientras leía y anotaba La estación más ardiente y no me resisto a preguntarle: ¿Si en las palabras de Bernstein cambiamos "música" por "poesía", no estaremos hablando de lo mismo?
Por supuesto que sí, claro. Es una de las ideas con las que comienzo siempre mis clases y talleres de poesía. La gente dice que no lee poesía porque no la entiende. Y yo siempre les pregunto si "entienden la música"… Y también si en el caso de otros géneros afirman también que no leen novela "porque no la entienden". Esas son las dos razones principales por las que la poesía tiene tan pocos lectores. Y ambas son erróneas. Alguien puede no entender un libro o un autor, en novela, ensayo o poesía…, y entonces, lo mejor es buscar otro libro o autor que sí entiendas y te guste. Pero no te niegas a dejar de leer un género porque tuvieras un mal encuentro con un libro. Sin embargo, en poesía se hace extensiva la experiencia de un libro a todo el género escritural.
Por otro lado, como dices bien, el acercamiento a una obra de poesía no tiene que hacerse siempre desde la razón, sino que, con frecuencia, tiene que ver más con la emoción, o la sensación que nos produce. No hace falta saber qué quiso decir el escritor para poder leer un poemario. Hace ya mucho tiempo que la crítica de la recepción consideró que es más importante lo que una obra signifique para el lector, que lo que el propio autor quiso comunicar con ella. Sólo si adoptamos esta perspectiva estaremos facilitando la lectura.
Sigue el director norteamericano ilustrando a sus adolescentes oyentes: "No siempre nombramos lo que sentimos. A veces decimos que sentimos alegría, placer, paz, lo que sea, amor, odio... Pero es cuando sentimos cosas tan profundas y especiales que no podemos definir cuándo notamos porqué la música es tan maravillosa. La música los define, solo que con notas en vez de con palabras. Es por la forma de moverse, pues la música es movimiento, siempre va a alguna parte, cambiando y fluyendo de una nota a otra. Ese movimiento puede decirnos cómo nos sentimos mejor que un millón de palabras". Bernstein, también pianista y compositor, prefiere unas notas bien definidas y movidas a "un millón de palabras"… Supongo que usted, ahora en el papel de poeta que conoce de sobra el peso y valor de cada palabra en un verso, tendría algo que decir a esos muchachos…
El respeto y el cuidado por las palabras se estimula en la gente joven dándoles pautas de escritura, y animándoles a escribir lo que piensan, viven o sienten, como hago yo en las clases de escritura literaria con mis alumnos. Entonces se dan cuenta de que no pueden decir lo que son capaces de sentir, y esto les ocurre porque su vocabulario es mínimo. Se mueven en sus círculos con poquísimas palabras, y apenas son capaces de matizar o desarrollar lo que experimentan, que en ellos siempre es mucho más grande que su lenguaje. Entonces empiezan a leer de otra manera, a consultar diccionarios. No se puede sentir sin un léxico extenso. Los límites del mundo propio son los del propio lenguaje, como señaló, Wittgenstein, y eso no se sabe hasta que se experimenta. Lo mejor es permitirles darse cuenta, en lugar de obligarles…
Vivimos tiempos en que la difusión de la poesía, facilitada por internet y las redes sociales, está de moda. No cito nombres, pero lo cierto es que trabajos de poetas actualmente conocidos en España (algunos, ganadores de premios otorgados por un ubicuo emporio industrial-editorial de acreditadísimo –y demostrable– mal gusto literario) no resisten su análisis desde ningún apunte crítico. La comercialización y visibilización de subliteratura es muy permeable a unas modas que, asimismo, suelen resultar efímeras. Esto sería una esperanzadora noticia si las nuevas modas no fueran aún más horrendas que las caducadas. Y es que, –en esto sí–, los emporios industriales-editoriales de nuestro país nunca consiguen agotar nuestra capacidad de asombro. Pensando en quienes por fin descubren la mediocridad lectora a la que han sido dirigidos por tanto astuto mercachifle, ¿qué puede hacerse para que libros como La estación más ardiente se conviertan en efectiva referencia de autores, poetas en este caso, que sí merecen la pena?
Es cierto que las redes sociales no siempre facilitan a la gente joven el acercamiento a una literatura de calidad. El todo vale parece haberse erigido en la norma que se impone en estos espacios. A esto se suma que algunas editoriales están publicando y dando premios a gente joven que vende muy bien entre lectores de su edad, y este criterio comercial difunde una imagen equivocada de la calidad literaria. Pero, yo creo que, al final, es el tiempo el cedazo que separa el grano de la paja. Y muchos de esos libros terminarán desapareciendo. Sus propios compradores, con la edad, irán afinando (espero) sus gustos, e irán (confío) acercándose a otra literatura de calidad.
En cuanto a La estación más ardiente entiendo que no es una literatura fácil, pero también creo que entre sus páginas cualquier persona puede encontrar destellos de experiencias compartidas. Y si el libro merece la pena, pues será el tiempo el que lo diga. Mientras tanto, yo he sido profundamente feliz escribiéndolo, y espero que alguno de sus lectores haya recibido a través de su lectura parte de esa intensa felicidad.