Hace unos treinta de años un grupo de pintores muy politizado, vanguardistas exactamente 'conceptuales', me invitó en Tokio a que presidiera la inauguración de su exposición.
Con Akiko, la novia japonesa del director de la Alianza Francesa, llegamos en taxi con mucho tiempo de adelanto. En el café hablamos sobre la singularidad de Mishima y sus relaciones con la familia imperial. ¿Media hora? No hubiera sido correcto (especialmente en Francia o Nueva York) llegar a la hora en punto de un vernissage cuando el que invita tiene que acicalar su presentación.
Lujosísima galería. Invitados elegantes. Obras depositadas en el suelo: montículos de basuras. Los artistas me recibieron con peor cara que sus obras.
—Ha cometido con nosotros una incorrección imperdonable. La televisión y los invitados le han esperado durante 32 minutos, nos ha insultado.
En efecto eran ya las 5 y 32 minutos,
—Nuestro grupo le da cita a las 9 de la noche en el Restaurante NL. Esta vez le aconsejamos puntualidad.
Dispuestos a disipar el malentendido Akiko y yo llegamos al Restaurante NL a las 9 de la noche.
Inmediatamente, nos encerraron en un 'reservado'. Cuchillo en ristre de todo el grupo, el 'jefe' nos acogió faca en mano clavándola en la mesa. ¿Me querían cortar un dedo o una oreja? ¿O matarme?
—La sangre debe correr —dijo uno de los artistas.
Mis argumentos, versados al japonés por Akiko, y los del ‘jefe’, traducidos por la misma intérprete ¿rebotaban en la razón o la dignidad? El eco de la traducción aumentaba el dramatismo.
—¿Qué puedo hacer, caballeros, para reparar el ultraje?
—Tendría que rebajarse usted a la suprema humillación de escribirnos una carta que comprometiera definitivamente su dignidad —dictaminó el jefe.
—Pero prefiero que usted me dicte la epístola.
¿Iban a pedir que firmara que el Papa me sodomizaba? o Dios sabe qué...
El jefe dictó la carta salvadora:
Yo, Fernando Arrabal, autor dramático, pido que me disculpen por haber llegado con 32 minutos de retraso a la inauguración de la exposición.
