www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Ex libris

martes 16 de abril de 2024, 19:21h

Amigo de los libros, lo soy también obligadamente de ratones y gusanos, pues los libros son para comérselos, hay roedores que han leído mucho más que muchas personas. Machado se adelantaba: se metía de tal manera en la lectura, que sin darse cuenta iba arrancando los pedacitos de papel de las páginas del libro que distraídamente se llevaba a la boca y masticaba. Como se dice, era de lo que no hay. Su hermano José y él nunca cenaban juntos poco antes de morir en el exilio; primero bajaba uno de ellos con la madre, y al rato se excusaba y subía al cuarto desde donde, pocos minutos después, salía el otro. Tenían una sola americana y a ninguno de los dos les parecía decoroso cenar inadecuadamente vestidos.

Cada vez que paso por alguna biblioteca o librería interesante no puedo evitar entrar, algo que también me pasa con las iglesias, porque en ellas encuentro la biblia, libro de libros; hasta en la calle veo personas que son bibliotecas que caminan y que enseñan lo que no está escrito invitando al interior, al menos a su pórtico.

Estudié geografía sobre mapas, química sin haber asistido a ningún laboratorio, y religión sobre las raspas de los catecismos. Sólo de los libros no me falta alguna experiencia, desde librarius copista hasta bibliopola vendedor. Los libros son semillas aladas en la salud y en la enfermedad. Los veintiséis signos del alfabeto en fila sobre un fondo blanco no son trazos incomprensibles, sino preces para que no se vayan nunca: “¿hay algo más hermoso que ese libro que sabemos que ha pasado ya por muchas manos a lo largo de los años sobreviviendo a mil avatares, muertes, herencias, almonedas, reventas, metido siempre en una rueda que gira y gira incansable como la propia vida? Y por el contrario ¿hay algo más triste que un libro que no se lee?, ¿imaginan aquella biblioteca a la que irían a parar todos los libros de las otras bibliotecas no pedidos en préstamo o consultados en los últimos cien años?”[1].

Sólo pensarlo me llena de melancolía; incluso me parece una falta de respeto situar los libros en doble fila dejando los de atrás como hetairas de segunda mano en el harem. Es repugnancia lo que provoca a mi estómago el manoseo de un libro con las manos pringosas, libro que no has de leer déjalo correr. Sin embargo, los ladrones de libros no me preocupan, jamás puse llave o candado para su preservación. En cierta ocasión los cacos robaron de mi biblioteca de Burgos unas maletas llenas de libros, que encontré descerrajadas al poco en un descampado cercano esparcidos por el suelo. Si regalarlos por centenares es mi costumbre, menos aún apunto el nombre de aquellos a quienes se los “presto”, así me ahorro disgustos al reclamarlos, sólo me falta ya regalarles la estantería. Los regalo por centenares, o los arrojo a los contenedores, aunque en una ocasión se los llevó para la reventa un coche tirado por una mulilla tísica que pasaba por allí a tiempo.

En otros países aún late la avidez por leer, pero las sesenta grandes cajas de libros enviadas a Guatemala, México, Argentina y Paraguay no llegaron a su destino, o lo hicieron destripadas, devastadas, y esto por no hablar de las clavadas a que someten aduaneros corruptos. Hablar de mis libros con dedicatoria personal reencontrados y recomprados en librerías de viejo daría para un extenso anecdotario.

Aún no he hallado la purga correcta de mis bibliotecas para descongestionarlas; mis pobres libros un día compañeros son expulsados de su casa sin hablarles ni mirarles, mutiladas sus páginas para reducirlos a su mínima expresión. Ya no me queda tiempo para leer pesos pesados como Kant, Husserl, Hegel, así que adiós. Y por cada libro que entra son dos los que salen. “Preguntado Dámaso Alonso por lo que hacía por las mañanas, respondió: “mire, me levanto, desayuno, me aseo, me visto y luego me pongo ahí en la puerta toda la mañana para impedir que entre en esta casa un solo libro más. Aquel visir persa viajaba en el siglo X con su colección de 117.000 volúmenes en riguroso orden alfabético en una caravana de cuatrocientos camellos. Ortega localizaba cualquier libro en su biblioteca de más de quince mil volúmenes desde el extranjero; en alguno de sus viajes enviaba instrucciones precisas respecto de la balda, el estante y el lugar exacto que ocupaba el libro que necesitaba y que a veces hacía que le copiaran o le dictaran por teléfono. Has Magnus Enzensberger implantó un numerus clausus en sus anaqueles: sólo prescindiendo de un libro se autorizaba la entrada de otro. Me contó Andrés Trapiello que una vez un operario que había ido a su casa a hacer algún arreglo se paró sobrecogido ante su biblioteca, imponente, y le preguntó a qué se dedicaba: ‘soy escritor’, le dijo. A lo que el hombre, lleno de asombro, añadió: ‘¿y los ha escrito usted todos?’. Y Trapiello, tras un momento de zozobra, le dijo que sí sin inmutarse, que, si no todos, casi. ‘Cómo iba a desanimarle’, me dijo’. Algo parecido se atribuye a Guillermo Cabrera Infante, que a la pregunta de ¿los ha leído todos? respondió: ‘sí, pero sólo una vez, tranquilo’. Rulfo tenía la costumbre de recomendar lecturas imposibles, malos libros, autores prescindibles, obras fallidas. Sus amigos lo sabían y esquivaban sus sugerencias, pero siempre había alguien a su alrededor, poco avisado, que picaba”[2]. A mi nivel, me ha pasado decenas de veces y también me gusta jugar con las respuestas más disparatadas.

Cuando me preguntan por mi método de trabajo respondo que no lo tengo, lo que a algunos escandaliza. Los pensadores tenidos por metodólogos no lo son. Hegel jamás practicó el “método dialéctico” tripartito (tesis/antítesis/síntesis). Para no golpearse con las esquinas de la realidad engañosa Descartes se lió a la cabeza un enorme turbante al que denominó Discurso del método, mero sumatorio de consejos triviales de sentido común. Aquel escritor que rotuló a su papelera de desechables descartes extasió a la parejita de franceses: “¡oh, usted ama a Descartes!”.

Lo más engorroso sigue siendo para mí pasar mecánicamente las notas al ordenador. Aunque durante años tuve en Latinoamérica un secretario para organizar mis cursos, siempre he necesitado un auténtico pasador de textos. Algunas amas de casa acomodadas proclaman que tienen “chicas que me “ayudan”, a las que a cambio de hacerlo todo pagan salarios de hambre. Ya me gustaría a mí esa ayuda del mecanógrafo, pero no saco ni para pagar la luz con la que escribo ni el papel, ni el pan que me alimenta, ni el lecho en donde yago.

Mi afición al ex libris, nula. Tanto que a mi mujer le llaman del banco para que valide aquella nueva firma mía en nada parecida a las anteriores. Lo que me interesa es mantener genio y figura hasta la sepultura, único ex libris al que se llega cuando uno puede decir: probatum est, esto lo he leído con mis propios ojos.

[1] Cfr. el fascinante libro de Marchamalo, J: Tocar los libros. Editorial Cátedra, Madrid, 2020.

[2] Ibi, pp. 44 ss.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(0)

+
0 comentarios