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TRIBUNA

Viaje en el tiempo

miércoles 24 de abril de 2024, 19:46h

En mis viajes por remotas galaxias percibo espacios tan asombrosos, me muevo a velocidades tan inimaginables y en silencios siderales tan infinitos que me espantan, pero al quitarme la escafandra de regreso a San Esteban de Zapardiel, donde pernoctamos apenas media docena de familias hasta que me entierren junto a mi maestro Marcelino Legido, me siento totalmente incapaz de relatar a mis paisanos ni una sola palabra de todo aquello, pues resulta imposible hablar con quienes habitan otros mundos; en el planeta Marte, tan rojo y tan cercano pese a su lejanía, sólo los marcianos se entienden con marcianos, no hay terrestre alguno con tanta creatividad comunicativa que pueda quebrar esas barreras. Únicamente quien puso el nombre a todas las cosas, si lo hubo, será lo bastante loquicapaz para hablarle dignamente al cosmos entero, incluidos los áridos desiertos donde fracasan los más conspicuos profetas.

Vaya, pues, donde vaya o no vaya, arrastro como caracol mis dos babas, la espacial y la temporal, pues tanto el espacio como el tiempo son, como Kant los denomina, “condiciones de posibilidad de la existencia”.

De hecho no hace falta viajar hasta Aldebarán con Unamuno para no entenderse tan bien como se desea en la Venus galáctica que es nuestra compañera cotidiana. Pasado mañana hace cincuenta y cuatro años que llevamos bien casados mi esposa y yo, y aunque procuramos mejorar no nos faltan a veces ruidos, interferencias, ni distanciamientos. Mi amigo Antonio Calvo contaba con mucha gracias aquel chiste en que alguien pregunta a su esposa: “¿todavía te excita tu mujer después de cuarenta años juntos”?, a lo que el interpelado responde: “¿qué si me excita? Me pone de una mala leche…”.

Y, cuando por último desciendo con vuelo demasiado rasante desde los espacios galácticos hasta el humus de mi homo y lo aterrizo, rememoro otro chiste de Antonio Calvo, el del pájaro uyuyui, que por tanto acercarse al suelo golpea sus testículos entre alaridos “uyuyui, uyuyui, uyu…” sin aprender a levantar el vuelo con más altura de miras. Duele vivir, y pese a tanto dolor la vida me ha ido enseñando algunas cosas que con permiso paso a recordar.

La primera es que la sabiduría es psicoevolutiva, fragmentaria y asincrónica: ningún niño de tres años es capaz de entender la muerte que le ha de llegar tardando más o menos. Hay experiencias impensables y por ende inasimilables. Además hay que esperar para madurar las que se vayan presentando, la vida es adolescencia permanente, todos formamos un mundo adolescente para adolescentes sin visión completa de la realidad; cuando a unos va a llegarles la madurez (nunca por completo), a otros está comenzando a abandonarles. Vemos por momentos y caminamos con interrupciones y tropiezos. La convivencia entre adolescentes berrinchudos produce mucho malestar.

La segunda es que nadie puede vivirnos la propia vida por mucho que nos quiera. En este via crucis cada cual ha de llevar su cruz, con o sin cirineo. Lo enervante es no alcanzar mejores espacios comunicativos comunes. La experiencia es la madre de la ciencia, sin ella siempre tenemos alguna vara de medir oculta que premia y castiga disimétricamente. Mas ¿quién lograría poner en práctica todas las experiencias de la vida? “Si ese hijo suyo fuera mío le daría una bofetada. -Yo haría lo mismo si fuera su hijo”, “será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. ¿Por qué Fulanito tiene la cabeza tan dura?, ¿o acaso es la mía? Como maestro he abierto innúmeros melones y cocos ajenos esperando reparar estructuras intelectivas chuecas, pero el beodo haciendo eses cree ser más exacto que el teorema de Pitágoras.

La tercera es que las diversas formas de convivencia interhumana pueden vivirse incluso con extrema inhumanidad, no sólo desde perspectiva relativista, sino también por exceso y plétora. Hay múltiples personalidades en cada persona, somos tan ricos en posibilidades que a veces actualizamos las peores, repetimos con la boca grande que somos humanos porque no dejamos fuera de nosotros ninguna forma posible de humanidad, pero vemos lo mejor y lo probamos y hacemos lo peor. Son consecuencias inevitables de la finitud, que carecen de especial encaje entre los sabelotodo.

En cuarto lugar nos llevamos mal con nuestra propia dotación espaciotemporal. La mayoría llevada por el principio de placer pierde el tiempo de forma inmisericorde y se entrega a un hedonismo que supone durará toda la vida. Por eso procrastina y deja para mañana lo que necesita aquí ahora, mata moscas con el rabo y labra su infecundidad. La cigarra obligada a depender de la hormiga labra un oficio ruinoso e incapaz de traducir los apotegmas latinos sicut vita finis ita, sapere aude, u otros básicos.

En quinto lugar, consecuencia de la anterior, disociamos la vida y la muerte, ésta dice “mañana” y aquella take the Money and run, a vivir que son dos días, tiempo habrá para morir. Una de las grandes fragilidades de individuos y naciones es el ahorismo, consumirlo todo y a plazos, negar espacios y tiempos para la reflexión y la lectura. Pocas cosas me resultan tan patéticas como viajar en un vagón de metro con todos sus ocupantes hocicando en sus celulares mientras un cantante mendicante rasga su guitarra esperando una moneda.

En sexto lugar, según me voy haciendo muy mayor, algo que no solamente nos ocurre a los más viejos del lugar, me voy sintiendo más fuera espaciotemporalmente de este mundo macarra y más cómodo en otras estrellas, pero no en el sentido en que los jubilados se han ido quedando mudos y aquinéticos tras bajar el cierre de sus persianas metálicas. Eso no me gusta.

En séptimo lugar, mientras van llegando los achaques previos al hachazo postrero del hacha conservo afortunadamente toda la esperanza en el buen Dios cuya vida superabundante y superexcedente constituye desde ésta de hoy el amor de mis amores y la felicidad de cuantas criaturas ha creado. Mi esperanza es escatológica, pues no veo demasiadas señalas eco/eto/políticas que vayan a cambiar el curso del sol, la luna, y las demás estrellas.

En octavo lugar, continúo trabajando como un jabato y, a pesar de todas bombas, más feliz que el bomba con mis bombillas, felicidad que a todos deseo aunque sean tan limitados como yo.

En noveno lugar, y no sin lucha ni tropiezos, he ido introyectando pacífica y serenamente que la vida pertenece a la muerte y la muerte a la vida, y doy gracias a la hermana muerte y a la madre vida por esa copertenencia, non omnis moriar, no todo ha de morir, como he venido escribiendo en mis últimos veinte libros.

En décimo lugar, y allá va la despedida, gracias por todo, gracias a la vida y a la gente que me han dado tanto, yo no hubiera sabido hacerme sin su amor, ni crecer en gratuidad decreciendo en heroísmo.

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