El 28 de abril, un día antes de que el presidente Sánchez nos deshojase la margarita sobre su futuro y el nuestro, tras cinco largos días de reflexión, se reinauguró la Plaza de Toros de Ciudad Real, que data de 1843, con seiscientos asientos menos, pero más acogedora, con una corrida que se engalanaba con un extraordinario elenco de toreros, Morante de la Puebla, Emilio de Justo y el peruano Roca Rey, las tres mejores espadas del momento para celebrar la reinauguración, y con seis bonitos toros, salvo una vaca tudanca, de la ganadería de Luis Algarra Polera, que por lo general aporta a la Fiesta un animal bajo de agujas y de hechuras armónicas y proporcionadas. La afición se mostraba contenta y llena de buenas expectativas, y la corrida, la verdad, no defraudó. El primer toro fue para José Antonio Morante, un toro noble pero con poco fondo de fuerza. Lo más destacado fueron las hermosas verónicas que el maestro de La Puebla del Río le consiguió sacar al débil animal. También fue magnífica la suerte suprema de la muerte. Morante fue el único torero que supo matar bien a los toros en esta tarde de domingo llevándolos a su paraíso de lindas vacas en las afueras. Nadie como Morante, el único clásico de la tauromaquia vivo que tenemos, sabe sacar belleza a los movimientos y su saber hacer, productos de una estética acrisolada, pero más natural que académica. Morante nació artista, y es un artista de la torería, pero podría haber sido músico, poeta o pintor con el mismo nivel ya olímpico que tiene con la torería. Un clásico vivo, ya digo. El segundo toro, que parecía más poderoso y bravo, tras una suerte de varas contundente fue burlado por Emilio de Justo, que es un torero valiente y perfecto, pero que no acaba de emocionarnos. Un alma estética es necesaria. El toro fuerte y bravo se desinfló tras la suerte de varas, y parecía abanto. El tercero nos pareció desde su salida de los chiqueros una bonita vaca tudanca, que sólo le faltaba llevar una zumba colgada de la carrillada, mansa y obediente a las órdenes de Roca Rey, a la que supo meter preciosos derechazos, magníficos pases de pecho, y desplantes a una fiera buena y pacífica, que nos daba ternura. Con animales buenos como éstos se pone uno casi del lado de los antitaurinos, a los que oímos sus alaridos de jainistas al comenzar la corrida. En la faena del cuarto toro Morante cortó sólo una oreja, cuando supo ofrecernos toda una exhibición de belleza y usó el acero contra su enemigo a la perfección, sin hacer mucho daño, sin la lenta agonía que sufrió el último de la tarde. Sé muy bien que el presidente de la plaza, Diego Ortega, antiguo alcalde de Alcázar, no sólo es un aficionado a los toros de toda la vida, sino que también es todo un entendido de la tauromaquia, todo un epistémôn; por eso la falta de generosidad mostrada sólo al conceder esa sola oreja pedida unánimemente por el público sólo puede suponer que no es morantista para nada. Supo el diestro abanicar maravillosamente con el capote, y hacer una antología sublime y breve de lances llenos de gracia y torería. Pero sólo hubo una oreja. Durante el quinto y sexto toros nos comimos la tortilla de patata y la empanada, y trasegamos mucho Valdepeñas, y es posible que no prestásemos la atención debida, aunque vimos claramente que los toros fueron mejor que los primeros. En el sexto Roca Rey se propuso salir por la Puerta Grande y se arrimaba tanto al cornúpeta, que se topó con sus costados varias veces. Desplegó valor a raudales, pero fue cruel dejando dos largos minutos de pie al toro con el estoque hundido hasta la empuñadura sin abreviar su agonía con una expedita descabelladura. Mereció un aviso que no vino. El presidente Diego Ortega le premió con una oreja. El público fue muy generoso, sin duda. La gente empezó a salir deprisa produciéndose atascos, y es que la corrida, de ritmo demasiado lento, se hizo al final un poco pesada y larga. Una corrida no debe superar las dos horas, con veinte minutos por toro es suficiente, pero los toreros quieren adornarse, mostrar todo lo que saben a los aficionados. Sin embargo, hay más tardes para mostrarlo, y a la gente no le puedes meter todo el Cossío en una tarde por gran maestro que te creas. En el cartel de la corrida se recordaba a Reina Rincón, entrañable siempre para los aficionados. Nos parece una noticia magnífica que el Presidente de la Diputación de Ciudad Real, Miguel Ángel Valverde Menchero, otro epistémôn de la torería, se haya comprometido en recuperar la Escuela Taurina de Ciudad Real. Con la llegada del lunes y el advenimiento de Pedro Sánchez otra vez ante los mortales rememoramos el lunes, 13 de enero, del año 27 a. C., en el que Octaviano se presentó ante el Senado y ante la asamblea popular – comitia tributa – para declarar que renunciaba a todos los poderes que el Estado le había ido confiriendo desde la muerte de César, la guerra contra Casio y demás conspiradores republicanos, y la guerra contra Marco Antonio. Diríase que volvía la República, pero todo fue un teatro. En agradecimiento a su total falta de “regni cupiditas”, un Senado reducido y depurado, gracias al nuevo censo del año 28 a. C., le otorgaba la tribunicia potestas, que le hacía dueño del poder legislativo. Hay que hacer notar que Augusto, como patricio que era, no podía jurídicamente ser tribuno de la plebe. Para superar esa dificultad se instituyó un procedimiento, según el cual la potestad tribunicia podía transmitirse del tribuno de la plebe investido a otra persona, en este caso Augusto. Confiriéndosele también el cargo de primer cónsul se le hacía dueño del poder ejecutivo, sin tener que pedir el asentimiento de los comitia centuriata. Y, finalmente, al quedarse con la administración de las provincias que limitaban con enemigos, obtuvo el “imperium maius”, esto es, el cargo de jefe supremo de los ejércitos, imperator o Generalísimo. Se transformó en el “prínceps civitatis”, o primer ciudadano del Estado. Es así que el teatro de aparentar querer dimitir en una Roma en que aún pervivía una sombra de libertad y su recuerdo, y las exhortaciones para que no lo hiciera de unos senadores sobornados y una plebe comprada, terminó para siempre con la Democracia romana. Y hay que decir que Augusto, aunque tirano de hecho, no era mala gente, y que le fue imposible salvar la vida de Cicerón ante Marco Antonio, déspota infinitamente peor. Yo no sé si Sánchez, además de dictador en ciernes, es buena gente. No lo conozco.