Pedro Sánchez se marcó un Magritte político: la carta no era una carta. Era, antes bien, una verborrea performativa. Sánchez decía, disfrazado de víctima consorte, de caballero sin caballerosidad, que iba a decidir su continuidad, sin advertir el tiempo que la eventual continuidad implicaba, lo que entrañaba justamente la parte performativa – esto y, claro, las más evidentes alusiones al periodismo y la judicatura díscolas con sus sueños de impunidad: Sánchez rumiaba un mandato distinto del que dispone la Constitución. Creaba una “realidad política” nueva. A su medida.
Sánchez buscaba, pues, fabricar en ese acto una “democracia” consultiva – que sólo puede consultar él. El partido (su persona dilatada; institucional), encarnación del pueblo, y los medios adictos, celebraron entonces la ceremonia que “consumaba” la palabra del líder, que la convertía en voz del pueblo: Sánchez debe continuar, pregonaron, por el bien de la democracia que, en este acto, se “mejora” en un impecable personalismo que vuelve a ser tendencia: el verbo del líder es la voluntad del pueblo sublimada. Y si no se enteró, querido ciudadano de pie, ya se va a enterar.
Sánchez utilizó a su mujer para decirle a vascos y catalanes que sin él, no hay fiesta del provincialismo rancio y, sobre todo, para darse un golpe de estado microscópico, de vuelo rasante, para no ser percibido por los radares de la dignidad, el escrúpulo y la legalidad. El conventillo de medios devenidos en meros palafreneros del ansia del caudillo, han hecho el ruido que sus pretendidos seguidores deberían haber ejercido como ofrenda y súplica. Pero doce mil convocados por los punteros políticos – dejà vu de conurbano bonaerense – no dan para mucho. Claro ahí también estaba la estadística obediente de Tezanos para darle en un gráfico lo que en la calle no le otorgaba la realidad.
Y es que el líder debía volver para que su palabra – mentida (otra más) como reflexión – se volviera hecho político: el acoso a los periodistas y medios de comunicación que no se pliegan a su voluntad, a los jueces y fiscales que no comulgan con su sentido de la “justicia”. Ya señaló el “pecado” de estos, ahora ofrecerá su “jarabe democrático”. Y si tiene éxito – es decir, si España pierde -, será turno de los votantes que se empecinan en desmentir a Tezanos y su magia obvia. En breve, si el abracadabra que quiere que su carta sea funciona, el país será otro feudo populista; otro coto de revanchas.
De Franco a Sánchez. Del Valle al Falcon. Y como en el juego de la oca, tiro porque me to… Perdón, le toca siempre a Sánchez.