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Ensayo

Paul Auster: Un país bañado en sangre

lunes 06 de mayo de 2024, 00:14h
Paul Auster: Un país bañado en sangre

Fotografías de Spencer Ostrander. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Seix Barral. Barcelona, 2023. 192 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9, 99 €. Este ensayo es el último del escritor norteamericano, recientemente fallecido. Aborda con valentía y en toda su complejidad, sin simplistas recetas, el polémico asunto en su país de la tenencia y uso de armas.

Por Carmen R. Santos

Por desgracia, Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947-Nueva York, 2024), no ha superado el cáncer que le aquejaba y ha fallecido recientemente, dejando a sus millones de lectores en la tristeza. Auster es uno de los autores absolutamente imprescindibles no solo de las letras norteamericanas de los siglos XX y XXI sino de las mundiales. Pocos como él crearon un mundo tan personal y fascinante, donde, sí, el azar desempeña un papel predominante, pero ofrece mucho más a través de tramas y personajes inolvidables. Como, entre otros, el protagonista de la monumental novela 4 3 21, o Sy Baumgartner, que da título a la última, Baumgartner,

El escritor norteamericano tiene en su haber una excelente producción narrativa, desde que, tras publicar con pseudónimo Jugada de presión (1982), cosechó un gran éxito por parte de la crítica y el público con La trilogía de Nueva York (1985-1986). En Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, títulos de la tríada, subvierte de manera magistral el género policiaco y ya plantea sus asuntos más queridos y maneja su estilo, en el que entremezcla brillantemente la narración con la reflexión de cuño ensayístico. Porque Auster, además de un extraordinario novelista, cultiva con acierto el ensayo, la autobiografía novelada y las memorias. Así, en La invención de la soledad, A salto de mata, Diario de invierno y Un país bañado en sangre, su último ensayo.

Con gran valentía, aborda uno de los asuntos más controvertidos en su país y que divide a sus ciudadanos a favor, con la poderosa Asociación Nacional del Rifle a la cabeza, y en contra: la venta, prácticamente libre, tenencia y uso de armas. Unos y otros esgrimen sus razones, con el trasfondo de la Segunda Enmienda de la Constitución de Estados Unidos que reconoce el derecho de tener y portar armas.

Sea como fuere, la realidad es que, como recuerda Auster, “actualmente hay 393 millones de armas de fuego en poder de residentes en Estados Unidos: más de una para cada hombre, mujer y niño de todo el país. Cada año, unos cuarenta mil norteamericanos mueren por heridas de arma blanca, lo que equivale al número de muertes causadas por accidente de tráfico en las carreteras y autovías de Estados Unidos”. Y esto sin contar, como igualmente señala, los miles y miles de heridos. Y se pregunta: “¿Por qué es tan diferente Estados Unidos y que nos convierte en el país más violento del mundo occidental?”.

Para responder, Paul Auster recurre en primer lugar a su propia biografía, a un hecho que le marcó, y que quisieron ocultarle: “Desde el principio de mi vida consciente siempre he sabido que mi abuelo paterno murió cuando mi padre era pequeño [...]. Tal como recuerdo, en tres ocasiones diferentes de mi primera infancia pregunté a mi padre cómo había muerto el suyo. Siempre había una pausa antes de que contestara, y, cada vez que me respondía, me contaba una historia diferente de las anteriores”. Finalmente, por azar –ese elemento tan esencial en su cosmovisión- se entera de la verdad, aunque nunca le confiesa a su padre que lo sabe: “Yo sabía lo que él sabía, pero él nunca supo que yo lo sabía. Cualesquiera que hubieran sido sus motivos, me había protegido con su silencio cuando yo era pequeño y ahora yo tenía la intención de hacer lo mismo por él en su vejez”. Ese secreto familiar celosamente guardado era que su abuela paterna había matado de un tiro. Estaban separados, y su exmarido vivía en otra ciudad, con otra mujer. Pero un día de 1919 volvió a su antigua casa para entregar unos regalos a sus hijos: “Mi abuela subió a la planta superior para acostar al menor de sus pequeños (mi padre) y coger la pistola que guardaba bajo la cama del niño, después de lo cual volvió a la planta baja, entró de nuevo en la cocina y realizó varios disparos contra su esposo”.

También maneja un caudal de datos, situaciones, momentos históricos, remontándose a los orígenes de la nación, con los colonos, aunque certifica que el uso de las armas no era tan común como aparece en las películas del Oeste, hasta llegar a las matanzas indiscriminadas en colegios, universidades, iglesias, sinagogas, centros comerciales... cometidas en ocasiones por jóvenes, a veces casi adolescentes que, envenenados de odio, sienten supuestas injurias, o que contienen elementos racistas o de xenofobia. Estas masacres causan un gran impacto, pero se olvidan pronto... hasta el próximo suceso en una suerte de círculo vicioso.

Un país bañado en sangre no es un libro simplista ni tiene fáciles recetas ante un problema tan grave como complejo. La prohibición, muy difícil de llevarse a cabo, entre otras cosas, no dejaría de plantear un escenario no muy alejado de la Ley Seca. Auster llama la atención sobre que los accidentes de tráfico se han reducido considerablemente gracias a medidas legislativas, si bien el problema de las armas no se resolverá de esta forma, y mucho menos únicamente de esta manera. Reviste un componente irracional, muy complicado, como Auster explica.

El libro incluye numerosas fotografías de Spencer Ostrander (Seattle, 1984). Imágenes en blanco y negro, de enorme sobriedad, de lugares –iglesias, sinagogas, cines, bares-, donde se produjeron más de treinta tiroteos masivos acaecidos en los últimos tiempos. En ellas, no hay figuras humanas ni armas, pero transmiten una gran inquietud. Auster las denomina “fotografías del silencio” y “lápidas de nuestro dolor colectivo”. Auster y Ostrander ya habían colaborado anteriormente en Long Live King Kobe, que relata el asesinato del joven Tyler Kobe, del que apenas se dio cuenta en los medios de comunicación. Quizá porque no era noticia, a no pocos les había sucedido como a él. Tyler Kobe no murió por arma de fuego, sino por tres heridas de cuchillo en un episodio de violencia callejera que frecuentemente asola Norteamérica. Un gran país, pero con lacras como la violencia, que deben afrontar. Paul Auster, con inteligencia, analiza, reflexiona... Lo que ya es mucho.

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