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ESCRITO AL RASO

Ramón Torrelledó y Javier Santiso celebran el bicentenario de la Novena sinfonía de Beethoven

David Felipe Arranz
lunes 06 de mayo de 2024, 20:30h
Actualizado el: 05/06/2024 21:19h

Extraordinario ha sido el concierto “Beethoven a Muiñeira de Chantada” organizado por el editor de La Cama Sol, Javier Santiso, un hombre en pos de la belleza que ha hecho del mecenazgo de las artes y la poesía un modo de vida, bajo la batuta del maestro Ramón Torrelledó, siempre pletórico e irradiando entusiasmo, al frente de la Beethoven Symphony Orchestra, celebrado hoy en el Auditorio Nacional. Junto al plato fuerte, la Novena beethoveniana de cuyo primer concierto se conmemoran el 7 de mayo dos siglos, Santiso y Torrelledó han seleccionado también para el programa los deliciosos preludios de Ruperto Chapí a La Revoltosa y El Bateo, La boda de Luis Alonso de Gerónimo Giménez, y culminado con un gratísimo postre: una impresionante banda de gaitas que tocaron “A Muiñeira”, una danza popular del norte de España que evoca el mundo de la molinera y su celebrada molienda del grano, de gran valor emocional para Santiso por sus orígenes gallegos y exilio familiar en París, quien está de estreno literario con Un paso a dos (AdN), retrato de Edward Hopper a través de la mirada de su esposa, la también artista Josephine Verstille.

De un mundo en constante conflicto, solo nos queda la sensibilidad de los grandes maestros como Beethoven, piensan Santiso y Torrelledó. Hubo una época, hace quizá doscientos años, en que los artistas proponían acaso alguna mejora de la conducta humana. ¡Qué diferencia y, a la vez, qué parentesco con los actuales! Por eso, ambos, desde sus respectivas atalayas –la de la música clásica y las del diálogo de las asrtes plásticas y de la poesía– ponen en marcha hermosos proyectos como este, porque Beethoven encarna la idoneidad de todas las iniciativas de búsqueda de la belleza con un sentido profundamente humano, esa mezcla de lágrimas y genialidad de todos los tiempos y de todas las regiones del mundo, porque esta composición en concreto es el corazón mismo del ser humano y lo explica mejor que ninguna otra cosa.

Para comprender la gestación de la Novena sinfonía en re menor, op. 125, de Ludwig van Beethoven habría que remontarse a los años mozos del genio romántico en Bonn, cuando hacia 1816 se propuso por vez primera escribirle una partitura a la “Oda a la alegría” (“An die Freude”), el poema de Friedrich Schiller que simbolizó la encarnación de los ideales de su tiempo. El adolescente Ludwig pergeñó por entonces un trémolo de las cuerdas sobre la quinta abierta la-mi, concepto esencial del inicio de la obra; más tarde apuntes sueltos para el scherzo del segundo movimiento, y hacia 1818 ya había establecido la idea de una sinfonía con voces para el finale, así como en el toque eclesiástico y un movimiento báquico –danzante y extático–. En 1822, también esbozó otra adaptación del poema en la que apuntó un “final de la Sinfonie con música turca y coros vocales” y en noviembre de ese año, la Sociedad Filarmónica de Londres aceptó su propuesta de escribir para ella una sinfonía que, once meses más tarde, fue concluida. Por eso, porque fue madurada durante años, la Novena no se parece a ninguna otra pieza de Beethoven ni del resto de sus contemporáneos: el precioso tiempo en las artes y la paciencia para tocar la perfección son valores que siempre destaca Torrelledó en sus fabulosas presentaciones, frente a estos tiempos de inmediatez.

Cuenta Jan Swafford en Beethoven. Tormento y triunfo (Acantilado) que esta pieza, hermana de la Missa solemnis, trataba de responder a la cuestión que esta había abierto y dejado en suspenso: si Dios no puede dar la paz a los hombres, ¿dónde podría hallarse? Los expertos calculan que Beethoven pensó en su sinfonía durante al menos una década hasta alcanzar la majestuosidad final, culminada con un desenlace que incorpora un coro monumental junto a solistas vocales que cantan la mencionada ola de Schiller. La Novena sinfonía, en la que la parte fundamental la constituye el final con las voces –el tema del finale–, fue escrita por Beethoven de atrás hacia adelante: las ideas del inicio las fue desarrollando a partir de este tema principal. Lo que tenía claro es que la composición iba a suponer un viaje apasionante hacia la alegría desde los abismos de la desesperanza, algo muy similar a lo que había hecho con la Quinta sinfonía. Tras la caída de Napoleón y la instauración del Estado policial que siguió al Congreso de Viena, de aquellos héroes gloriosos no quedaban más que las cenizas y un mal recuerdo. Y para la melodía, se inspiró en la forma de un geselliges Lied de los que cantaban los francmasones antes de que fuesen perseguidos en Austria: canciones para ser cantadas en exaltación de la amistad, el compañerismo y la alegría bebiendo un buen vaso de vino. La Novena sinfonía nos habla, efectivamente, de la fraternidad y del destino incierto pero firme en su curso de las sociedades, y Beethoven pensó en hacer primero un himno nacional austriaco oficioso y, finalmente, un himno universal a la humanidad, coincidiendo con la etapa más atormentada de su vida en la que el compositor iba a perder definitivamente el oído. Porque de la desesperación de la derrota moral, descrita en los primeros movimientos, Beethoven creía profundamente en la regeneración del hombre, en la luz de la esperanza. La Novena es el gran antejardín de lo sublime, la antesala del pueblo frente al misterio último, como si todos esperásemos que en esta cúspide musical se nos revelasen las verdades eternas y retoñasen en nosotros las ilusiones perdidas. Tal es su efecto.

El estreno disfrutó de una sección de cuerdas entre dos y cuatro veces más grandes que la habitual en las orquestas de palacio y de los teatros. Según Gino Pugnetti, la orquesta incluso se ofreció a tocar gratis y, en mayo de 1824, la interpretó, dirigida por el maestro Schuppanzigh y ante un público entusiasmado que prorrumpió en constantes aplausos y ovaciones al final de cada movimiento. Sin embargo, Beethoven, sentado entre la orquesta, no pudo escuchar su obra maestra, hasta que una de las cantantes lo tomó de la mano y lo invitó a volverse hacia el público, que terminó por hacerlo llorar entre vítores entusiasmados. Al acabar el concierto Beethoven perdió el conocimiento, lo llevaron a su hogar y lo recostaron cuidadosamente en un diván. Sobre el público gravita ya el espíritu de Beethoven, que es lo mismo que una trascendencia llena de gracia que nos alcanza a todos y que, por qué no admitirlo, nos ha hecho un poco mejores.

Twitter: @dfarranz

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