Veo entre las novedades de mi librería de cabecera una nueva publicación de Agatha Christie. Crecí con las novelas de la colección “Serie de Oro” de Molino y sus impactantes portadas hiperrealistas repletas de sangre, calaveras y venenos variados. Mi abuela, a la que debo mi hambre lectora, devoraba ese tipo de novelas baratas de kiosco, y yo, por imitación, también leí alguna de ellas.
Uno bebe de lo que tiene en casa y no soy el único que se afeitó por primera vez con un libro de sus padres o abuelos sobre la mesita de noche. De esa colección de la “surfera” Christie, (otro día les hablaré de su habilidad para pillar olas), guardo especial recuerdo de “Diez Negritos”, con sus llamativas ilustraciones interiores, y también de su espectacular portada con el muñeco de pantalón de rayas y chaqueta roja, la sangre y la iguana. Además, esa historia en concreto era la favorita de mi abuela y yo, que siempre he sido curiosidad pura, la disfruté como mejor se disfrutan estas cosas del crimen, a escondidas, y a muy corta edad.
Pues bien, “Diez negritos” ya no existe. La novela ahora se llama “Y no quedó ninguno” y, por lo visto, se ha adaptado a nuestro tiempo. “La Isla del Negro” a la que llegaban los visitantes en la novela ahora se llama “La Isla del Soldado”, y en vez de haber pequeños muñecos en forma de negritos, con la revisión, son soldaditos los símbolos principales de la trama.
Ya en 1940 la versión norteamericana de la novela se llamó “Y no quedó ninguno” por lo ofensivo del término nigger en Estados Unidos. La propia Christie aceptó el nombre, por lo que, en realidad, no es un revisionismo puro, sino que es una forma de no ofender a nadie y así vender sin peligro al veto o a la cancelación de alguna mayoría o minoría social o étnica, lo cual pone de manifiesto que nuestra sociedad se conforma por pequeños o grandes grupos, a veces superpuestos, que actúan como placas tectónicas, rozándose y frotándose en relativa calma hasta que surge un desencadenante. Una declaración a destiempo, un título desafortunado, un poco de tinta mal colocada y desapareces en el sumidero social como fascista, machista, homófobo y/o nazi. Cancelan tu obra y valores y revisan tu tweeter hasta que encuentran en 2009 algo políticamente incorrecto que será tu muerte en vida.
Por ello escribir es jugársela desde que las RRSS son más protagonistas hoy en día que los periódicos de papel. Nuestro presidente habla del fango de los medios, pero obvia el de las RRSS, un hombre o mujer es un medio en sí, mucho peor y con menos vigilancia para hacer lo que uno quiera, desde insultar porque este o el otro me caen mal, a inventar noticias falsas o propagar un bulo con el fin único de que hagan un poco de casito. Destacar para bien o para mal, pero destacar en tiempos en los que el que más o mejor trabaja puede pasar desapercibido, pero el que pega el cante no. La sociedad del esfuerzo ha muerto. Deme usted ese gorro amarillo de luces que hoy quiero llamar la atención y recibir el aplauso del respetable por tamaña heroicidad frente al sistema.
Soto Ivars describe a la perfección en qué nos hemos convertido en “Nadie se va a reír”. En esta obra se cuenta la caída a los infiernos de Anónimo García y su grupo Homo Velamine, unos situacionistas extremos o, como ellos dicen ultrarracionalistas, que jugaron con la cancelación y la tuvieron. Sembraron la duda, plantaron pancartas patrióticas y feministas a la vez. Llevaron golpes físicos desde un flanco y desde el contrario. Inventaron un tour de la manada en Pamplona que nunca llegó a ser más que una web falsa que solo estuvo activa tres días en 2018, o anunciaron el lanzamiento de una aplicación de compra de votos que tampoco existió jamás. En un mundo con cada vez más normas estúpidas lo que apetece es bordearlas, retorcerlas, hacer ver la necedad a una sociedad que debería estar menos adormecida porque traga y es juez y policía frente a lo que las leyes señalen. Recuerden la pandemia y su absurdo. Piensen que hubo detenidos por no ponerse la mascarilla dentro de un baño turco. Eso es lo que nos recuerda Homo Velamine, que somos entes absurdos per sé, y que frente a este absurdo el situacionista es el racionalista y viceversa. Como sociedad parece ser que es cierto; estamos en la espiral.
Homo Velamine golpeó donde más duele. En que la sociedad sea consciente de su propia hipocresía. Jugaron con fuego y se quemaron, pero esto no es nada nuevo. El revisionismo es la cola del diablo aburrido que buscando encuentra. Pobre Max Estrella, pobre paria, como den contigo…