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RESEÑA

Aligerar la trascendencia desde la poética: Lo que pesa, de Cristian Mir Zambrano

Javier Mateo Hidalgo
lunes 13 de mayo de 2024, 17:43h
Aligerar la trascendencia desde la poética: Lo que pesa , de Cristian Mir Zambrano
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“¿Y qué son las emociones sino poesía, y la poesía sino emociones?” Estas palabras provenientes de la escritora y poeta Patricia Castillo vienen a cerrar un libro necesario. Su lectura representa un bálsamo para el lector, desbordado tantas veces por los sentimientos y éstos generados por los pensamientos. Si como dice Castillo la poesía son emociones, éstas también pueden generar una nueva poética que dé lugar a futuras emociones. La lírica existe porque existe el ser humano, y éste se vale de ella al permitirle reflexionar y expresar sus emociones, que son reflejo de las de los demás. Es necesario ser sincero para su lectura y escritura, de lo contrario ambas acciones serán en vano.

La decisión de iniciar el análisis del poemario Lo que pesa por sus últimas líneas —escritas por la responsable del prólogo y epílogo del libro—, responden a la importancia de ese mensaje condensado en la cita. Consideramos que este libro lo acata con precisión, pues se encuentra pleno de poesía creada a través de las emociones y para generar nuevas emociones, siempre desde la sinceridad de su autor, Cristian Mir Zambrano (Sant Boi de Llobregat, Barcelona, 1980). Se trata de un libro transparente, cuyo título encierra su propia esencia: aquello que como individuos cargamos sobre nosotros, así como la decisión que está en nuestras manos de poder ir aligerando ese peso, en nosotros y en los demás. La ilustración del libro, publicado por Aliar ediciones, muestra a una especie de Atlas o Sísifo contemporáneo, que camina encorvado llevando sobre sus espaldas una gran esfera de carácter pétreo. Con su poesía, Mir busca la palabra terapéutica, la curación del alma enferma que, más que nunca, arrastramos en estos días. No en vano su interés primero fue el del mundo sanitario. Ello no le ha impedido valorar a su vez el ámbito literario, una pasión que le ha acompañado siempre y, a través de la cual, ha despertado su vocación como escritor. Tras su primera obra poética, Noches de sueño alterado, nos llega este nuevo trabajo, en todas sus facetas deslumbrador.

Lo que pesa engloba un compendio de cuestiones que nos atañen directamente como individuos. No importa que en algunos casos lo narrado provenga de la experiencia personal o subjetiva y que, incluso, pueda ser en cierta medida ficcionado. Los temas o asuntos exceden lo particular o privado para hacerse públicos, conforman pedazos que definen el atlas humano. Nos hablan de las luces y sombras que nos pueblan: nuestros errores y valentías, las realidades políticas como los conflictos bélicos que asolan actualmente el mundo, pero también los pasados; frente a todo ello, se apuesta por continuar avanzando, por disfrutar de la belleza de la existencia —un lujo al alcance de unos pocos entre los que formamos parte—. Como afirma en el prólogo la citada Castillo, sus páginas erigen “un laberinto de emociones enfrentadas y decisiones que, a lo largo de la historia, exploran temas profundos como el amor, la amistad y la lucha por la libertad, generando reflexiones que nos invitan a cuestionar nuestra propia existencia”. Pero, por encima de todo ello, Mir hace primar la sencillez por encima de parafernalias estilísticas, lo depurado frente a lo confuso. Esa diafanidad permite al lector penetrar limpiamente en sus poemas como una saeta en el blanco de la diana.

Tres son los capítulos en los que se divide Lo que pesa. Cada uno de estos apartados son precedidos por un título de tono blanco sobre fondo negro. El primero de todos, Lacrima, anuncia el primer poema homónimo, con la belleza del término italiano. La lágrima se convierte en elemento curativo, a pesar del sufrimiento primero que la provoca: “Esas lágrimas te alivian, / te insuflan, / te dan fuerza, / te curan; / y sigues adelante, / a Dios gracias”. Existen motivos para el dolor, como la ausencia del ser querido en Lejanía: “Anhelo acariciar su pelo, / su mechón de cabello, / mirarla a sus ojos, / acariciar sus bellos senos, / deslizar mis dedos alrededor de su cuerpo, / abrazarla hasta el infinito. / Así me siento”. También esa ansiedad que se adueña del cuerpo y que necesita encontrar su salida. Mir la identifica con la “tempestad” y propone el canto —la palabra hecha arte y música— para su exorcismo: “Cantando te desfogas, / te inunda el ánimo, / te manifiestas, / te deshaces de esa maldita tempestad”. A la vida es uno de los poemas más bellos del libro, una alabanza a los valores positivos de la existencia y un método para llegar a su disfrute, a quitarnos la venda cuando no sabemos valorarla: “Qué bella es la vida / y no nos fijamos en ella. / Puede ser hermosa, / esplendorosa. / A veces no acertamos a vivirla, / hay que vivirla con perspicacia, / grandilocuencia; / así no nos engullirá la mediocridad. / En tiempos, en donde la podredumbre predomina; / es mejor alejarse de la maldad y la perversidad. / Solo la perseverancia nos podrá salvar”. Advertimos ya en estos poemas un canto a la supervivencia y resistencia contra una vida que a veces se torna excesivamente dura. En ocasiones no será fácil, pues como en No es mi vida nos encontramos desorientados, sin saber dónde estamos, quiénes somos ni lo que queremos: “Estoy viviendo una vida que no es la mía, / en una familia totalmente desconocida, / incertidumbres, dudas me rodean”. También Enajenada nos habla de que esa confusión nos puede llevar a errar en nuestras decisiones y sufrir por ello: “La vida no te ofrece panes y peces; / los infortunios te enloquecen, / esa concatenación de errores / te lleva a la desesperación, / por eso llevas intrínseca la enajenación”. La confusión general nos lleva a cambiar hábitos desacertadamente, pervirtiendo el sentido del amor, como en Citas: “Citas y más citas. / ¡Qué locura! / Hacia dónde hemos llegado. / Se perdió el halago, / se perdió el cortejo, / ¡qué tiempos los de antaño!” Contra todo ello se propone cordura desde la individualidad, para curarnos y curar a otros. En Aliviada se presenta ese elemento reparador que ofrece el poeta: “Déjate abrazar / para así sentirte / amada, deseada, / reconfortada. / Te proporcionaré dulzura, amor”. En Desamor se trata lo misterioso y volátil del sentimiento amoroso o cómo afecta a quien depende de él. El poeta elabora un catálogo de sus matices más representativos: “¡Qué difíciles son los asuntos del amor! / Puede ser fugaz y fructífero, / al no ser correspondido / puede ser como un puñal atravesado. / Encontrarlo es complicado, / buscarlo no es una solución, / debe aparecer en el momento menos inesperado”. Con Enjuiciado, el poeta se presenta desde su autoexigencia, que nunca es suficiente con la subsiguiente frustración: “Siento cansancio y hastío, / intento hacer lo correcto, / aun así, me es imposible. / Detesto los juicios de valor, / intento enmendar mis defectos, pero no es suficiente. […] La perfección no existe, / quien la busca cae en un craso error”. Llegan unos poemas de autoafirmación en la faceta creativa. En Futuro Escritor surge la duda socrática, siempre necesaria para avanzar desde un alma íntegra: “¿Soy un escritor en ciernes? / Ni yo lo sé. / ¿Qué me puede deparar el destino? / Tampoco lo sé”. En Mi fuente de inspiración se narran las dificultades para encontrar el camino de la escritura —las burlas y envidias— y el necesario apoyo que impulsa finalmente a escribir, por mediación de alguien especial: “Se mofaban / de mi persona, / no creían en mis palabras. / Una persona en mí confía / y a ella le debo mi obra”. En Deleite surge ya el escritor o poeta decidido y confiado, también a través del disfrute que su obra genera en los demás. En Poesía y la vida infame se contrapone el escribir como acto de justicia y rebeldía contra una vida siempre compleja. En Vencido, regresa la impotencia fruto de la autoexigencia, tras algunas victorias: “La fortuna no me sonríe, / en algunos aspectos me desvié. / ¡Qué desventuras sufrí! / Al no esmerarme / no alcancé / ese cénit”. En Imposibilidad continúa el paisaje desesperanzador dentro y fuera de quien habla, pero prevalece la obcecación, el “luchar contrarreloj / para alcanzar lo soñado”. Ahora llegan dos formas de vida o de ser contrarias, la de El vividor y la de El hombre sencillo —marcándose claramente la correcta— así como dos opuestos del existir: Mi nacimiento y Me muero.

El segundo bloque lleva por título el del propio libro: Lo que pesa. El inventario de elementos con los que “carga” el narrador se inician con una nueva dupla: Hijastros y Huérfano de hijos. En primer lugar, dirigiéndose a quienes fueran como vástagos propios: “Os llevo en el corazón y pensamientos. / ¿Qué haría yo sin vosotros? / Os acompaño sin ningún tipo de reparo. [...] No permitiré que nadie os dañe, / y os querré hacia el infinito / aun cuando ya esté muerto”. En segundo lugar, se hace un recuento de las ventajas que puede traer no ser padre: “No tener hijos / fue mi salvación. / El no tenerlo / me condujo / a otros caminos [...]. / Ahora estoy embarcado / en otros proyectos / [...] y hacen de mí, / un hombre más sabio, / sereno, / culto / y motivado”. Aquí se deriva la capacidad productiva en cuanto a conocimiento y producción literaria —sacrificando la descendencia—. En cualquier caso, se extrae el mensaje positivo de ambas situaciones, que en primera instancia podrían llevar aparejada cierta sensación de vida incompleta. En Huye se refuerza la idea de seguir hacia delante, evitando retroceder o no enfrentarse a lo que nos asusta: “Me decís que huya, / no lo permite mi valentía. / [...] Debo seguir, pues eso me motiva; / al final es lo que me exige la vida”. En Correspondencia con mi hermano parece volver la figura del padre sin hijos. El poeta no entiende los motivos del hermano para su desaparición. Un poema que confirma lo diferentes que son los humanos entre sí, aún procediendo de la misma sangre: “A todas horas me pregunto / esa lejanía que te has impuesto. / No recuerdas esa infancia / en donde estábamos hermanados”. En Hermandad distanciada se pone atención en ese sobrino que el hermano abandonó y al que el poeta “quiere dejar un legado”: “para que aprecie sus antepasados / y pueda estar orgulloso de lo que fuimos”. Travieso habla directamente de él con ternura: “Rubio y bonito, / travieso, espabilado… / A todos nos vuelves locos”. Finalmente, se cierran estos seis poemas dedicados al mismo tema con Tío desastroso, donde el autor reconoce sus carencias, tratando de hacerlas moralizantes: “todo lo que emprende, / no le sale esperado / y sí disparatado. / Espero que sepas apreciar mis errores / para no caer / en mis desatinos pasados”. El corazón de mamá resume la preocupación hacia nuestros seres queridos, intentando protegerles de sus errores aún siendo imposible por ser independientes de nosotros: “Haces caso omiso / a los cardiólogos. / Yo me desespero. / Te avisa tu corazón enfermo, / pero no haces por cuidarlo”. En Incierto amor se apuesta por la cordura en las relaciones, buscando limar toda aspereza para mantener lo que nos hace felices y humanos. Una nueva pareja de poemas, Hijo nacido y El Ángel Salvador, parecen cambiar los destinos de anteriores poemas o mostrar ambas posibilidades en una especie de física cuántica poética. En este caso, el poeta parece haber sido padre y celebrar lo que su nueva condición le trae. Futuro incierto representa aquello por lo que tantas veces hemos pasado: no saber a ciencia cierta qué camino tomar en determinadas encrucijadas vitales. Tus canas da la vuelta al falso mito de lo antiestético que pueden resultar las hebras de pelo grises en las mujeres. El marino y la sirena renueva el mito tantas veces leído desde la Odisea. A los gatos resulta un canto al felino en plural, aun cuando el poeta no puede disponer de ellos. Llegamos al poema central, que da título al bloque y al libro: Lo que pesa vuelve a tener como tema la obsesiva visión de uno mismo, los puntos débiles por encima de los fuertes y el vértigo hacia el futuro incierto, que paraliza: “Vives envuelto en pesadillas. / Le pones énfasis a los asuntos en demasía. / Te corroe por dentro la falta de prosperidad. / Así no puedes avanzar, / pues solo piensas en lo material”. Cierra este apartado el poema Baila, donde la fascinación por el ser amado lleva al extremo de desear estar con él si todo acaba: “El último baile que sea contigo, / a nadie más deseo […]. / No sabemos / si será el último. / Por eso bailamos / sin descanso / hasta caer extenuados”.

El capítulo III lleva por nombre Desolación. Cómo podemos comprobar, son denominaciones en sintonía con el título del volumen: su aire no sólo “pesaroso” sino de lamento y opresión anímica. En este caso, los poemas encerrados en este último apartado destacan por el triste destino de España y su cultura, llevando después nuestros conflictos históricos y bélicos a los presentes en Occidente, como la guerra entre Rusia y Ucrania. De las luchas destructivas quedan historias personales y anónimas: los desmanes de la guerra, el retorno del soldado, la adopción en tiempos de guerra, el enfrentamiento a tanta injusticia, la desolación, los exiliados o el shock postraumático. Consecuencias todas de un conflicto político y estratégico, ráfagas de imágenes y reflexiones en torno a lo que nunca acaba porque parece encontrarse en la genética del hombre: la ambición, el odio y la destrucción. El autor lo contempla todo como reportero gráfico, dando cuenta de los aspectos filosóficos, sociológicos y, sobre todo, humanos de la situación. Termina la elegía a su especie con un desgarrado canto de cisne: “Prendedme, / no le temo a la muerte. […] Atacadme, / pues no siento temor. / Me acuchillan como a Julio César/ en los idus de marzo”. Un enfrentamiento a todos los verdugos de este mundo bello, habiendo perdido el miedo como poeta.

Después de la lectura de Lo que pesa, no queda sino volver al poema Futuro Escritor y contestar a Mir que sí: no sólo es un escritor en ciernes sino que además le espera un destino esperanzador en el campo de las letras.

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