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LETRAS, CEROS Y UNOS

¿Autoridad o celebridad?

jueves 16 de mayo de 2024, 19:23h

Tengo un amigo maestro de primaria que, según él cuenta, a veces imparte apoyos en otras aulas para dar una educación individual a quienes más lo necesitan. Cuenta que el pasado viernes se sentó junto a una alumna dispuesto a explicarle un tema de sociales, el que trata sobre la Constitución Española, y que la niña se pasó toda la hora pintando en un papel una funda de auriculares sonriente en varias tonalidades fluorescentes. Mi amigo insistió e insistió en que la niña trabajase y atendiese, pero ella seguía coloreando y recortando con parsimonia aquel estúpido trozo de papel en vez de atender a las explicaciones de mi amigo que, según dice, intentó cumplir con su trabajo pese a la nula atención de la cría de once años.

Lo realmente dantesco de la situación es cuando cuenta que, durante todo ese tiempo, ella no dejó de reírse de él y de llamarle pesado y de pedirle que se callase que le molestaba para su labor de orfebrería papelera. Él dice que, por supuesto, le dieron muchas ganas de coger ese papel y tirarlo a la basura, pero que esa actitud podría considerarse violenta o racista y que lo mejor, según indicaciones de los orientadores, es seguir como si nada explicando, haciendo esquemas y preguntando si se ha entendido al alumno o alumna pese a que, en realidad, nadie esté escuchando.

Pueden imaginarse que este caso no es aislado en el trabajo diario de este hombre que, dice, mantiene la vocación, pero pierde la ilusión en un sistema en el que la autoridad del profesorado ha quedado diluida en diferentes papeles como el de titiritero, animador sociocultural o dinamizador de bailes en grupo.

“Son malos tiempos estos, los jóvenes no obedecen a sus padres y se escriben muchos libros”, dijo Cicerón hace más de dos mil años. La decadencia de la sociedad es algo periódico y progresivo que solo se frena y retrocede ante acontecimientos históricos relevantes que conlleven una tábula rasa o, como le llaman los modernos, un reseteo. Mi amigo ya no tiene potestad para hacer casi nada en su día a día.

La jueza Natalia Velilla (Madrid, 1973) profundiza en este y otros ejemplos de pérdida de autoridad en los últimos años, teniendo como punto de inflexión el tiempo de los confinamientos por el COVID, cuando, según ella, en los juzgados dejaron de ponerse las togas negras para los juicios. Este cambio en el vestuario unido a la instalación de mamparas y otros elementos de distanciamiento social consiguieron, según recoge en su libro La crisis de la autoridad (Arpa Editores), que en estos actos comenzase a haber tuteo y tras esto faltas de respeto poco comunes en tiempos anteriores debido a que sin togas las autoridades en las salas eran poco reconocibles y pasaban desapercibidas.

El concepto mismo de autoridad genera por si mismo la controversia del que la reclama y el que la mira con recelo a la vez según sean sus propias circunstancias. Filosóficamente hablando estamos ante un concepto complejo al conllevar legitimidad para dirigir o influir a otros. Platón hablaba de sabiduría por bien común, Aristóteles de la virtud del gobernante y el consentimiento de los gobernados. Maquiavelo incide en la astucia como parte de la inteligencia del gobernante autoritario, Rosseau habla de un contrato social implícito, o Focault, que introduce el concepto de autoridad por normalización del comportamiento humano, de la represión y del castigo, por hablar solo de filósofos típicos de temario de bachiller.

Sin embargo, los mass media en un inicio y las redes sociales en la actualidad lo han cambiado todo. Son tiempos de celebritas en vez de auctoritas; es decir, de hacerle caso al más famoso, no al más capaz. No irás al dietista si el influencer de turno te dice cómo adelgazar. No leerás un libro si en un vídeo alguien con muchos seguidores te lo explica. La autoridad está siendo superada por una celebridad que, desgraciadamente, se consigue con el exabrupto y la excentricidad. Si yo te digo que tal presidente del gobierno es reptiliano tendré más visualizaciones o lecturas que si te explico la situación política actual. Si yo escribo un cibergancho sobre tangas y sus rozaduras me leerán más que si hablo de filosofía, y así, poco a poco me convertiría en celebridad con miles de seguidores siguiendo mi doctrina, sea la que sea, y teniéndome en cuenta como su propia autoridad.

OpenAI acaba de presentar la demo de chatGPT4o. En ella se ve como la inteligencia artificial va guiando paso a paso a un chaval para que aprenda trigonometría. Quizás el aspecto emocional, por ahora lejano todavía a las tecnologías, sea el único yacimiento laboral que le queda a los maestros, visto que la transmisión de conocimientos quizás haya cambiado ya para siempre sin que todavía no nos hayamos enterado. Ahora la autoridad intelectual es una máquina.

¿Dónde quedan entonces los catedráticos, los doctores o los expertos en las materias? La respuesta es fácil, a merced de los divulgadores, en el mejor de los casos, o de los influencers en el peor de los mismos. Tenemos un ministro que no sabe que el país que gobierna y vertebra en cuanto a sus transportes tiene 50 provincias. Sigo alucinado por ello. ¿Y los maestros?, le pregunto a mi amigo y él me responde que actualmente su prestigio social es nulo, en gran parte debido a su poco corporativismo. Afirma con tristeza que aspectos como la ortografía, la geografía básica o el razonamiento matemático aplicado a la realidad cada vez tienen menos peso en la maraña de eles y emes de las innumerables leyes partidistas de nuestro sistema educativo. La enciclopedia Álvarez no volverá.

Tan solo nos queda hacer lo posible, me dice, para que esos niños que recortaban mientras se explicaba la Constitución no sean de quienes tengan que defenderla en el día de mañana.

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