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DESDE ULTRAMAR

Entre Las tardes del Ritz y La Pantera Rosa

Marcos Marín Amezcua
sábado 18 de mayo de 2024, 18:58h
La suma de ciertos acontecimientos como la llegada de las fiestas de San Isidro en Madrid, el reciente centenario de Henry Mancini y el cercano cincuentenario del fallecimiento del maestro Genaro Monreal, entre otros más, configuran una ocasión certera y especial para disfrutar de la buena música, esa, la de siempre, la reconocible por su calidad y calado imperecedero. Del primer referido destaco su tema universal La Pantera Rosa y del segundo, su exquisita pieza Las tardes del Ritz.

Son sin lugar a duda, dos piezas absolutamente diferentes, pero igual de deleitables. Deleitosas, si lo prefiere, siempre placenteras. El ritmo acompasado las distingue, empero cada cual a sus tiempos, igualmente ricas en su candencia, cualidad y textura. Acaso a Mancini se le ubica más por ella que por otras de sus grandes creaciones.

El tema de La Pantera Rosa es tan reconocible como el dibujo animado que lo destaca, pese a que su origen es tan peculiar como el color rosado del afamado felino. Un diamante rosa es lo que alude a su nombre. Ahora mismo, en el Museo Mexicano del Diseño (MUMEDI) situado a unos pasos del ahora peatonalizado Zócalo, en Ciudad de México, entrando por la Ave. Madero, se exhibe un conjunto de obras alusivas que son de gran portento, confeccionadas por diseñadores mexicanos. Incluyen el reconocible vehículo en el cual se transportaban el célebre personaje y El Inspector, al inicio de cada emisión. Son objetos muy bien logrados, dicho sea. La muestra obedece a celebrar el sesenta aniversario de la primera película de La Pantera Rosa que, nos cuenta una de sus cartelas, protagonizarían Ava Gardner y Peter Ustinov, quienes, al final, no lo fueron y se buscó a otros intérpretes, saliendo avante el filme. Luego, apareció el dibujo animado y fue un éxito rotundo. Acaso sea mi primer recuerdo más genuino de una caricatura, guardada en los entresijos de mi memoria, de cuando la televisión aún era a blanco y negro y su traza la definían dibujos muy simples y comprábamos unos chicles planos y alargados, color rosa, que incluían en cada paquetito unas estampitas o calcomanías a color de la serie. A mí, escuchar el tema musical completo siempre me agrada la ocasión.

Y Las tardes del Ritz. Son un pretexto para evocar Madrid y aun si fuese ajena a la esencia propia de las Fiestas de San Isidro. Esa obra musical es emblemática de toda una época y del recinto al que alude, tanto más. Madrid al centro, en todo caso. Fetén. Qué evocadora resulta, qué saborcito tan grato nos deja. Como a violetas, por citar un caso. A mí me agrada mucho más en la versión de Olga Ramos, que la dotaba de ese divertido tono tan suyo y su orquestación es tan nítida, tan fox-trot, tan fiel a él. Esa interpretación cuenta con la música de inigualable compás, sonoridad y la velocidad propia del festivo momento que refiere, todo marcado más nítido, más apegado a la época en que fue compuesta. Un fox-trot en toda regla y pese a contar con una escueta ficha que le dedica la Biblioteca Nacional de España, situándola publicada hacia 1919. Y puntualiza que la música es del maestro Genaro Monreal, pero tal referencia atribuye la letra a Álvaro Retana.

La escena de la pareja bailando, mientras “las mamás cotorreando toman el té sin advertir” no carece de un elegante tono jocoserio que se salpimienta del castizo cariz madrileño popular, no obstante pese a lo atildado del escenario y lo empingorotado que luciesen sus incansables protagonistas. Aflora ese sabor candoroso a Madrid que tanto nos encanta a propios y extraños o ajenos y que nunca, siendo extraños, nos sentimos ni sentiremos extraños en la trepidante capital española. Y menos, cuando entre mis gratos recuerdos aflora que a servidorito un viejecillo muy afable y compuesto me ha llamado ‘majo’ al despedirse, después de auxiliarme con una dirección al encontrármelo al inicio del muy castizo y verbenero Paseo de San Antonio de la Florida.

Pues, ahí lo tiene. Para este fin de semana permítase un remanso y dedíquese a gozar de estas piezas que, juntas, reúnen ritmos y embocadura resaltando la quintaesencia de ambos lados del Atlántico, cada cual con su armonía, que sin duda lo transportarán al “solaz esparcimiento”, con perdón, tan propio del retozo característico del finde. Mi deseo es que sean momentos de lo más plácidos, ya que no puede ser de otra manera como los que, infaltables, prodigan La Pantera Rosa y Las tardes del Ritz. Es cuánto.

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