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ESCRITO AL RASO

Náufragos de la noche

David Felipe Arranz
lunes 20 de mayo de 2024, 19:53h

Hay una decadencia enmascarada en la sociedad española, revestida de las falsas luminarias del marketing, los youtubers y los tiktokers. En la vida cotidiana apenas existe el apogeo, la epifanía, el chispazo de felicidad que nos han acompañado en otras décadas. Acudimos entrada la noche a los últimos oasis de amabilidad y gastronomía en buena compañía y hasta la madrugada, con una especie de sentimiento de fin de era, con un recelo a la hora de leer el periódico o ver las tertulias televisuales: cuál será la próxima nadería o mamarrachada que tendremos que escuchar. La cultura, en su mayor parte, se ha vuelto vodevil; muchas noches, después de todos los teatros y conciertos, buscamos errantes y excitados el milagro por los sitios que aún nos mantienen vivos, jalonados de recuerdos, mientras nos invade la melancolía tan honda: esa calle oscura en Ramales, esa esquina en cuesta en la calle del Almendro, el recoveco portalón de Postigo de San Martín, aquellos escalones con olor a madera vieja y cocido de los domingos en La Latina donde hicimos tantas veces el amor allí, a horcajadas, contra la pared... Entonces empezamos a verlo con las últimas luces que se acuestan tras la Almudena, en el mirador de Factor: somos nosotros hace cinco, diez, quince años, cuando de modo discreto y secreto recogíamos las briznas de encanto de las cosas prohibidas. Tan delicadamente, hasta que amanecía.

Tras la visita a las bodegas, atendidos por camareros, pinches y mozos, los jardines nos acogían con la complicidad de todos los retratados que, desde sus respectivos salones, nos miraban por los enormes ventanales. –Nos van a ver, por favor –nos decían, mientras ahogábamos sus cuitas con un beso hondo y prolongado. Contábamos también con la complicidad de las cariátides y estatuas de Ferraz y plaza de España, ay, aquellas mujeres de senos marmóreos iluminadas por luces equívocas que estimulaban nuestros sentidos, las que incluso vestidas esculpieron desnudas y que nos vigilaban cuando bebíamos el agua dulce y pastosa de aquellas bocas que habían libado minutos antes en las cantinas los más deliciosos licores.

Con el paso del tiempo y los desengaños se nos fue volviendo el alma más inocente, la mirada más clara, como la de nuestro abuelo, contemplando un mundo cada vez más remoto y milenario, bárbaro y tecnologizado. De las miradas apasionadas pasamos sin apenas darnos cuenta a la pantalla del teléfono, los ojos clavados al verde glauco de la luciérnaga digital que reverbera en la oscuridad. –Amor, te estoy hablando –sin respuesta posible, solo el silencio, la risa o el dedo que escribe. Como todas las buenas y malas musas, han ido pasando mientras las cantábamos, sin darnos cuenta de que se marchaban, de que tenían principio, hiperdesarrollo y fin en nuestra vida, cuando eran todo y mucho más que todo para nosotros. La desolación del alma sobreexcitada cada día recibe un banderillazo ardiente y es capaz de anunciar ya su final antes de que apenas atisbe el principio. En el múltiple caos del amor y la embriaguez nocturnal fuimos descubriendo las enormes mistificaciones, las burdas patrañas, la hondura difícil y adictiva del amor, solo al alcance de sádicos y masoquistas. Aquellas noches frías de invierno nos otorgaron la conciencia del sexo y sus ardientes despojos a baja temperatura. Empapados de amor y de madrugada, aureolados del encuentro trágico que comienza en su propio fin, nos retiramos a la cotidianidad del día, con ojos muy lejanos, acosados por los recuerdos, los figones, las tabernas, el último baile flamenco… Apenas nos notamos repuestos y empezamos ya a encontrar insoportable la incertidumbre y la ausencia de quien se nos entregó la noche anterior, dispuestos ya a perdonarlo todo y a olvidar tan pronto como nos dejen o sea posible.

Se asoma uno al misterio sexual de la vida con auténtico vértigo. Y, sin embargo, muchos años después nos reconocemos como meros aprendices, incapaces de podernos sorprender con una mínima orientación, siquiera sea leve, contra todos los actos tremebundos, desaforados, arrebatados, incendiarios y caníbales de esta época. La memoria de tantos amores, tan ajustada ya al quebradizo recuerdo, se combina gloriosamente sobre el oro de la plaza de Ópera, tras la última función de Wagner, luchando contra la razón y las imágenes del ayer hasta transigir con la gran verdad que en su momento nos pareció cargada de tono: el verdadero amor descansa en la permanente derrota, la arrogancia impar de Cupido solo interrumpida por destellos de lúbrico paroxismo. El náufrago de la noche es, en realidad, un héroe temerario.

Twitter: @dfarranz

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