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Hijos y padres

miércoles 12 de noviembre de 2008, 22:23h
¿Cómo no ha de matar un hombre educado si necesita dinero?
Dostoievski


En la famosa novela de Iván S. Turgéniev, Padres e hijos, se reflexiona sobre el enfrentamiento generacional entre "jóvenes" y "viejos" que la rebelión romántica había inventado una generación atrás. Se iba a convertir muy pronto en una especie de ley histórica, un tópico que llega hasta nuestros días: el tópico de que lo "joven" aparece nimbado con el aura de lo "nuevo", por tanto, algo que es, de suyo, valioso. Nos preguntamos en lo que sigue si dicho tópico no comienza ya a oler a cuarto cerrado.

Turguéniev escribe su novela en un momento decisivo de la evolución del siglo XIX, cuando ya se hace sentir sin remilgos el ambiente de desesperación, cinismo y fatiga que sobreviene después del fracaso de la revolución de 1848. Es el momento en que se recortan sobre el horizonte las primeras sospechas de que los hermosos ideales de amor, libertad y poesía ocultan bajo su coraza brillante el resentimiento del "alma desilusionada" (Ortega). Pero sólo sospechas. Turgéniev no es Baudelaire o Nietzsche. De ahí la ambigüedad calculada con que dibuja a su "héroe". Basarov es una especie de humanista radical, realista en lo que respecta al diagnóstico de los problemas sociales contra los que lucha. Se atiene a lo que le dicta su “positivismo” adquirido gracias a su formación de médico. Pero está animado por una voluntad inconmensurable en su rechazo al pasado. De ese extraño maridaje de cientificismo y utopismo moral surge un nihilismo de una pieza, como el que exhibe Basarov en sus polémicas con sus “viejos” anfitriones. Parte de la convicción de que todo está podrido. Y la consecuencia sólo puede ser que todo debe ser destruido:

-“Nosotros actuamos en virtud de aquello que reconocemos útil”, declara un petulante Basarov. “Y en los tiempos actuales lo más útil de todo es negar... y nosotros negamos”. Ante lo que su atónico interlocutor pregunta: “¿Todo?”
-“Todo-, repitió Basarov, con imperturbable serenidad”.

¿Sospechaba Turguéniev que la actitud de Basarov -pronto se encontrará con Netchayev en algún garito de Petersburgo- iba a tener tal éxito en toda Europa, que desencadenaría un ciclo de guerras y revoluciones que prácticamente liquidó el viejo orden europeo? Ese imperativo de destrucción que tan lúcidamente captaron los autores rusos del ochocientos iba a recorrer y aun recorre el mundo civilizado como un fantasma.

La impresión de que el joven, por el hecho de serlo, siempre tiene razón, ha producido en Occidente una especie de aturdimiento moral en nuestras sociedades del bienestar. No es probable que esto cambie de la noche a la mañana, pero la mala conciencia espontánea de los "viejos", la inclinación a concederles a los jóvenes la razón y reconocerles una cierta superioridad moral nos parece cada día que pasa menos evidente.

La película que a comienzos del verano pasado llegó a nuestras pantallas, Antes de que el diablo sepa que has muerto, cuenta una cruda, patética historia sobre padres buenos e hijos malvados. Aunque lo de menos es el argumento porque Martin Ritt está interesado menos en la peripecia que en los caracteres de sus personajes. Un hermano convence a otro de robar la joyería, propiedad de sus padres. El atraco sale mal y la madre resulta asesinada por un compinche reclutado por el hermano menor, encargado de ejecutar el plan que había preparado el mayor. A partir de aquí los acontecimientos se suceden a un ritmo endiablado, pero que nunca distrae de lo que Ritt quiere mostrar: la absoluta miseria moral en la que chapotean los dos hermanos. El mayor es un cínico ejecutivo a quien no le van mal las cosas, aunque vive por encima de sus posibilidades. Pero quiere que le vayan mejor y cree en los atajos. El pequeño es un perdedor a quien nada le sale bien, presionado por una ex-mujer que le desprecia y una hija preadolescente a quien teme desilusionar. (La ilusión de la niña se mide por el dinero que recibe para satisfacer sus caprichos). Además, engaña a su querido hermano, acostándose con su mujer. Ambos personajes, uno por su desvergüenza amoral y el otro por su debilidad, son presentados como narcisistas elementales, incapaces de percibir el mal que hacen. Por supuesto se sienten horrorizados ante lo sucedido, pero reaccionan en un plano sentimental que no llega a generar un verdadero arrepentimiento. Por contra, intentan resolver la situación huyendo hacia adelante. En una palabra, no se sienten responsables de la enormidad que han perpetrado.

Que Ritt ha filmado la historia con intención crítica y moralista se advierte cuando, en la segunda parte gana en presencia la figura del padre, descrito como un hombre amante de su mujer, que reacciona al golpe de su pérdida no sólo con dolor y piedad sino con la necesidad de esclarecer su muerte. La tenacidad, inteligencia y valor con que vemos actuar al padre deja muy claro de qué lado están las simpatías del director, un octogenario que, es posible, no comparta la mirada benévola que Turguéniev extendió sobre aquella primera generación de jóvenes nihilistas. Entonces el nihilismo era el resultado de una acción negadora. Hoy en nuestro ahora que describe Ritt, es una atmósfera que se respira en la codicia del ejecutivo y en la desesperación del fracasado, y, por supuesto, en las rayas de cocaína o en las copas con que intentan, al final de cada jornada, rellenar el vacío de sus vidas.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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