Recientemente, la crítica literaria, escritora, investigadora, editora y docente Inmaculada Lergo editó, junto a José Miguel González Soriano, los Diarios de Berlín 1939-1940, de Carlos Morla Lynch. Ahora, nos brinda un libro tan peculiar como atractivo, que destila el suavemente embriagador aroma de la planta que le da un bello título empapado en sinestesia y sentido metafórico. El silencio de las jacarandas participa de varios géneros, perfectamente ensamblados. Así, diario, ensayo, epistolario -con una acertada reivindicación de la carta tradicional, a la “antigua usanza”, en los tiempos de los rápidos y pragmáticos e -mails-, notas sobre lecturas y el proceso creador, encuentros con escritores y artistas, libro de viajes…y hasta un prometedor inicio de una novela inédita. Todo ello vertido en una prosa precisa y rica, con toques de acendrado lirismo, que revelan la gran poeta que es la autora sevillana, como demostró en los versos aparecidos en diversas revistas y antologías y en su poemario El cuerpo del veneno (Point de Lunettes, 2020).
El volumen, pulcramente editado por Renacimiento, se articula en dos partes y una tercera, titulada “Última estación y punto de partida”. Se recogen numerosas cartas dirigidas a un amigo del alma: “Hemos pasado muchos buenos y malos ratos con nuestro deporte favorito: conversar. No hemos compartido -felizmente- ideologías o forma de enfrentarse a la vida, pero sí inquietudes: los libros, el arte, la música, la buena mesa y sobre todo la amistad”, por fin reunidas, señala Inmaculada Lergo. Cartas que en ocasiones se acompañan de comentarios insertos entre corchetes y en cursiva. Le confiesa experiencias vitales e intelectuales, le relata sus periplos por diferentes países y cuidades, arrancando las cartas en febrero de 2010 con un viaje a Lima, a donde vuelve en varios momentos.
A Perú, que le ofrece “como ningún otro lugar el regalo añadido de ser más libre”, le unen lazos especiales -es miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua-, y su literatura es una de las más estudiadas por Lergo. Ha publicado antologías y ensayos al respecto, así como ediciones de César Vallejo y Carlos Germán Belli, con quien mantiene una inolvidable relación –“Es tan cariñoso y entrañable conmigo que siempre me emociona” –, incrementada a raíz de la coordinación del volumen homenaje dedicado a él, y ha recuperado a la novelista Rosa Arciniega. Luego, otros viajes y estancias en sitios de dentro y fuera de nuestras fronteras: una ruta por Extremadura, Medellín, la Soria de Machado, Zugarramurdi, Galicia, Roma y otras urbes italianas como Irsina, Berlín, Buenos Aires, Brighton…
Inmaculada Lergo da cuenta de su perspicacia lectora, al referirse a figuras y obras que desfilan por las páginas de El silencio de las jacarandas, como atinados y reveladores son sus análisis de la labor creadora: “Cuando me siento a escribir poesía, quisiera llenarla de fuego, de sombras y de luz, de imágenes que hieran y liberen, de cuestionamientos y de fe. Y de Belleza. Y que ese fuego que arde bajo la nieve la hiciera surgir a borbotones”, o sus reflexiones sobre asuntos complejos como el amor y el desamor, el dolor, la amistad… o su advertencia de no caer en lo “más cómodo socialmente”, en ese “tomar partido entre los buenos y los malos y eliminar matices y trasvases, mantener bien definida una gruesa línea de separación que nos libre de las incertidumbres de admitir que tal división no existe”.
Experiencias, sentimientos, reflexiones, vida y literatura… -Lergo es una gran letraherida- se dan la mano en esta propuesta. La encabezan dos oportunas y significativas citas: una de Montaigne y otra de Azorín. En la primera, el padre del ensayismo manifiesta que él mismo es la materia de su libro, y en la segunda, leemos: “Y Azorín ha contestado que sí, que sí le escribiría a Pepita una carta muy larga desde París, contándole las andanzas de su cuerpo y las terribles perplejidades de su espíritu”. Inmaculada Lergo comparte con nosotros sus andanzas y perplejidades, nos descubre sus pasiones: “La imperiosa necesidad de amar y ser amada; el refugio que encuentro en la búsqueda y disfrute del conocimiento y una casi enfermiza empatía hacia los demás”, y proclama: “Yo he querido construir mi obra como quería Proust, no como una catedral sino simplemente como un vestido; o más aún, como mi propia piel, y desearía que cada lector fuera capaz de leerse igualmente a sí mismo en ella”. Acepten la invitación. No se arrepentirán.