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TRIBUNA

Ante las elecciones mexicanas

jueves 30 de mayo de 2024, 19:33h
Actualizado el: 30/05/2024 19:53h

Lo que pasa en Sinaloa, patria de tantos cárteles es muy mexicano. Aparte de la agricultura, de la tambora o de la belleza de sus mujeres, el Estado de Sinaloa es conocido por el narcotráfico y la violencia. Durante el 2019 la tasa de homicidios de Sinaloa fue la segunda más alta del país, y la de delitos cometidos con armas de fuego ocupó el primer lugar. La violencia es una amarga verdad que golpea a Sinaloa, y en especial a la ciudad de Culiacán, su capital.

Lo curioso es que dicha verdad no se corresponde con la verdad que perciben los sinaloenses. En Culiacán parece reinar un clima social sumamente positivo, de gran optimismo, frente a temas tan espinosos como seguridad, paz y violencia. Aquí funcionan mejor que en otros lugares los vínculos interpersonales y la colaboración social entre vecinos, por eso el sinaloense, y específicamente el culichi, tiene un gran amor por su tierra, por su gente, por su familia. En términos de calidad de vida, Culiacán es para ellos el mejor lugar del mundo, y así lo manifiesta el 30% totalmente satisfecho viviendo en dicho lugar.

Por otra parte, al preguntar a los entrevistados si en su comunidad han oído disparos en la vía pública, en Culiacán se registró el índice más alto de personas que los han escuchado, pese a lo cual declararon no tener miedo a los tiroteos. Asimismo, los culiacanenses afirmaron no ver demasiados escenarios inseguros en la calle; incluso la percepción sobre la seguridad de las colonias donde viven y en el transporte público es más alta aquí que en los otros municipios.

Por otra parte, en lo que se refiere a las agresiones contra mujeres, arrojó la percepción más baja, mientras el Estado de México la más elevada. Así pues, el entorno urbano de seguridad en Culiacán es el más positivo y pacífico. El municipio sinaloense aparece como el menos degradado socialmente y con una envidiable calidad de vida, donde el pistear con los amigos relaja bastante.

Ahora bien, ¿cuáles son los valores que llevan a una parte de la ciudadanía a respaldar la violencia y el crimen organizado o, peor aún, a no reconocerlos como fenómenos sociales?, ¿quién está asegurando o desde qué ámbitos se está construyendo ese clima positivo de percepción en Sinaloa?, ¿cómo explicar esa tremenda distancia entre los turbulentos y constantes episodios de sangre y la forma en que los sinaloenses enfrentan y perciben las prácticas violentas?

Estas preguntas implican al menos esta otra: ¿cuántos sinaloenses reciben dinero del contrabando directa o indirectamente? Policías, ejército, empresarios, políticos, familiares de los contrabandistas… hacen que parezca lógico que los ajustes de cuentas por negocios con resultado de muerte, extorsión, secuestro, o violación se vean como algo natural. Todo ello configura un perfil tradicional que opta por la resolución violenta de las diferencias: me ofende la esposa, el vecino, algún otro tipejo, incluso el que me toca el claxon, y siento tan grave la ofensa como para matar a quien sea.

En Sinaloa existe una pax mafiosa donde un cártel o un conjunto de ellos domina la región desde hace mucho, por lo cual ya se acostumbraron a los balazos. La más cercana analogía respecto a la impresión que tiene un sinaloense del narco es la que tiene un chilango de Tepito: es peligroso, pero si no te metes no pasa nada. La victoria tiene muchas madres y la derrota es huérfana.

Como no podía ser menos, el Chapo es visto todavía como un chingón en la sociedad sinaloense, negocios son negocios. Desde la ventana de mi hotel vi una manifestación popular apoyándole con fervor como a un nuevo Malverde. Las cloacas por las que escapó, y que he visto con mis propios ojos, son patrimonio popular. Mientras existan las culichis, mota, tambora y lavado de dinero, la percepción de que hay menos descomposición social prevalecerá. La mujer perfecta, operada de arriba abajo, abierta en canal como las cerdas, hace ejercicio físico, se contonea, se pinta las kilométricas uñas postizas y se riza las cejas igualmente postizas, porque de lo contrario no vale nada para nadie, ni siquiera para sí misma. Es un payasito ultramaquillado que camina sobre plataformas para elevar su estatura como los personajes del circo con la verija por conciencia: en semejante esperpento se ha convertido la narcomujery las mujeres que aspiran como ella a mujer objeto, aunque sea por otros medios, pues sólo los chicharrones del varón truenan.

Desafortunadamente no parece que muchas de las señoras feministas oportunistas de última hora quieran corregir esta triste situación, sólo el macho es enemigo, y lo es. Y todos los machos moscones acuden, claro está, a esa mierda. A cambio, ellas reciben carretadas de flores, peluches de tamaño descomunal que no caben en ninguna parte, así como la delicadísima distinción que de que un ilustre narcotraficante se haya fijado en ellas, oh cielos, aunque se haya fijado en quince a la vez, no faltando entre semejantes Barbis quienes al mismo tiempo, para llenar su tiempo libre, se matriculan en desarrollo humano, que en este caso viene a ser desarrollo de nalgas y de bubis: ¿a poco no es la persona mujer un trasero respingón?

Síndrome de Estocolmo: qué buenos son mis secuestradores. Y agradecimiento a la virgen de Guadalupe (fetiche que para nada es la virgen María), buena capa que todo lo tapa. En semejante ovillo descabezado jales por donde jales la madeja podrida se enmaraña más y más, y sólo un tiro en la nuca pone fin a la situación.

Si llegan unos sicarios matarifes ametrallando a los comensales del restaurante en el que tú también estás, no levantes la cabeza para que no te la vuelen. Así que mejor no ver, mejor no analizar lo que ves, mejor no actuar correctivamente. Nada, pues, del método del ver-juzgar-actuar. Si pretendes establecer algo semejante, topas con pared. Qué difícil es romper las inercias, creer en cosas distintas cuando nadie las cree, atreverse a ser uno mismo y a hacer cosas aunque uno se equivoque, a perder el miedo aunque dé miedo.

Y lo que es verdaderamente peor que todo eso: que realmente no se ve gran diferencia entre lo que ocurre en Sinaloa y lo que está ocurriendo en casi todos los restantes lugares de México. Muchísima gente transea, anda marihuano, nadie da el ancho. Sin apenas cohesión comunitaria, el pueblo manifiesta en general escasa empatía, desarraigo, no pertenencia, raquítica valoración de cuanto pueda aportar cada uno, ausencia de negociación colectiva en los conflictos, nula formación en valores. Nos encontramos en un país donde el legendario cacique de San Luis Potosí, Gonzalo N. Santos, escribió en sus Memorias que la moral es un árbol que da moras y sirve para una chingada, en tanto que Carlos Hank González popularizó la frase un político pobre es un pobre político, un país donde la gran mayoría de los ciudadanos asume cual maldición inexorable el apotegma quien no transa no avansa. En México el 89.5% de los decesos de los jóvenes tienen como causa la violencia accidentes, asesinatos y suicidios. Cultura de violencia y muerte: “yo ya quisiera que viniera la revolución. -¿Para qué? –Para matar o para que me maten”.

¿Cómo es posible esta servidumbre voluntaria, este caminar arrastrados como reptiles, este grado de humillación sin que el pueblo entero eclosione, o al menos la escuela que se dice humanista? Muy grande debe ser la herida porque no parece haber hasta la fecha quirurgo ni cirugía alguna que le sea aplicable. Pese a todo, pesimista no soy, pesimista es quien nada y guarda la ropa y mara para otro lado.

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