Siempre me ha llamado la atención el afán por el que no pocos españoles defienden la dieta mediterránea. Que luego miras la clasificación de naciones con habitantes más longevos y te preguntas por qué Japón va a la cabeza, cuando allí el aceite de oliva no forma parte de su dieta ni es, precisamente, barato. Pero entonces, ¿qué es en realidad la dieta mediterránea?
Como bien saben los que me conocen y leen, resido entre Bali y Tailandia, donde conjugo una vida peculiar, donde el 80% de lo consumido es verdura, fruta, pescado y pollo. No bebo, porque los musulmanes indonesios han alargado el precio del alcohol algo más que su esperanza de vida –en Tailandia sólo se salva mi Asahi nipona–, cuando suelo acostarme a las once y levantarme entre las cinco y las seis de la mañana, recio como un Corán recién sacado, con tapa dura, de la imprenta.
Pues bien, llevo prácticamente un mes en España y casi no he escrito, habiendo dejado esta columna abandonada a su suerte. Tampoco es que esté aumentando el grosor del contenido de mi próximo libro, cuando a la columna quincenal donde Luis de León Barga también le hago caso omiso. Debo reconocer que la gira de Avenida me quita tiempo, habiendo presentado el libro en numerosas ciudades, cogiendo trenes de media distancia y autobuses, durmiendo cada dos noches en una cama diferente. Pero no: viajar por España y presentar libros ni me quita el sueño ni las ganas de escribir. Entonces, ¿qué cojones está ocurriendo?
Pues bien, lo de cada vez que regreso a España. Porque toda la culpa la tiene la dieta mediterránea. La verdadera. No la que sale en los anuncios de los ministerios de sanidad o turismo, o en el anverso de la botella de salmorejo Hacendado. Porque el auténtico caos es recorrer España en compañía de amigos o seguidores dispuestos a honrarte con copiosas cenas y sorprendentes almuerzos, donde al terminar te caes al suelo en redondo tras la ingesta de vino a espuertas y variadas chacinas, justo después del café, al que creías, por su cafeína, dispuesto a contrarrestar el desaguisado.
Llevo varias semanas comiendo mucho más, además de tarde, y bebiendo lo que bebía cuando era joven. Las botellas de vino se descorchan a un ritmo algo superior a las veces que despegan los aviones en Barajas. Los chorizos y morcillas, los callos y cocidos, los tocinos y kilos de carnes, los engullo como si las enfermedades cardiovasculares fueran otra broma de la Organización Mundial de la Salud. Y claro, al despertarme siento que el corazón viaja a más velocidad que un cerebro atónito ante tanta violencia contra mi cuerpo. A veces lloro, mirándome al espejo, y les juro que las lágrimas son pimentonadas. De las heces hablaré otro día.
Como anécdota final comentar que hace tres días, atrancado en Ávila –debo comentar, a su vez, que Renfe funciona como el culo–, me pedí un vino y un agua con gas, siéndome recompensada mi petición con un extraño plato relleno hasta sus bordes de una sustancia algo viscosa. Cuando pregunté si eran callos, me dijeron que no, que era pata, por lo que curioso hinqué el diente, llegando a la conclusión que o eran callos llamados de otra forma o algo muy parecido a los mismos. Para mejorar mi crisis existencial mojé varios trozos de pan de pueblo. Al regresar al tren averiado, noté las arterias algo más obstruidas, cuando al cerrar los ojos veía claramente la palabra ictus escrita en neones. Llegué a León con la bombona de oxígeno. Al menos me devolvieron la totalidad del billete: dos horas y cuarto de retraso. Debe ser por la dieta mediterránea –lo de mi salud y los retrasos ferroviarios–, me dije.
Pero hoy, en Llano de Olmedo, tras haberme cascado un pisto con huevo y media botella de Ribera, he conseguido hilvanar estos siete primeros párrafos, que prometo que serán los primeros de otros muchos. Porque, aunque me queden aún dos presentaciones (en Barcelona y Málaga), uno ya sabe que la cosa no puede ir a peor, salvo que quisiera renovar mi tarjeta medica regional con derechos ambulatorios.
Y cuando les hablen de la dieta mediterránea, al menos, verifiquen que no están en el bar El Chivo de León, o en el restaurante Malacatín de Madrid. Suerte que soy fuerte y tengo cincuenta años. Que llego a hacer esta gira con Felipe VI y mañana mismo daría comienzo la república.