Forma parte de la prudencia agradecerle a un autor por su libro antes de leerlo para evitar mentirle después, algo que por mi parte no soporto ni en voz activa ni en voz pasiva. Aunque tengo oficio de amante de sabio, he sido muy mal amante por no haber pasado siquiera de la condición de aprendiz. Me avergüenza un poco mucho la mirada generosa porque mirando al espejo del alma, me digo: “claro que te recuerdo, viejo amigo, la muerte no te ha cambado tanto”.
Se es viejo cuando se está más pendiente de las propias rodillas que de las vecinas. Cuando los dedos se me hacen huéspedes, tonto en cuatro idiomas no logro quitarme de encima el ego aunque me haya leído despacito el Kempis. Con la cabeza a pájaros hay que tener los pies de plomo, según José Bergamín, a quien a veces fallaba el suelo y otras el techo pese a su lucidez.
Aunque la hipocresía disimule los malos instintos, no es de recibo. Censuro el día del Orgullo con carrozas bailando porque sobre todo no sé celebrar el día del orgullo del ser decente. No resulta fácil tener un lugar al que siempre se vuelva mejor de lo que se fue.
¡Lo que es el cuerpo, lo que queda de él! Como a tantos otros, también a mí, otrora delgadísimo suspiro de huesos, me llevaba un silbo de aire vulnerado, como a doña María Sarmiento, que fue a cagar, con perdón, y se la llevó el viento. También a mí podían contárseme las costillas, como si se me hubieran incrustado en ellas las cartillas de racionamiento de la triste postguerra española. A más a más, dicho en catalán, mis orejas, a fuer de grandes en comparación con el resto de mi esqueleto, me invitaban a echarme a volar, según el deshonroso comentario de mis hermanos que –los muy cabroncetes- me llamaban Dumbo, y eso por el supuesto descomunal tamaño de las mismas, lo cual no era verdad, dicho en mi descargo, porque cuando me cantan las mañanitas después de ochenta estirones se me quedan en nada.
De mis rodillas para qué hablar, tan huesudas que hasta de titanio parecían. Sin embargo el patito feo se convirtió poco a poco en cisne en la adolescencia, y -gracias a tal mutación- ya de mozo no necesitaba probarme los trajes porque parecían cortados precisamente para mí, a modo de atractivo maniquí de los escaparates, qué tipazo.
Pero las edades de la vida también tienen mucho que ver con el tamaño de las almas. La vida es pequeña o grande según su capacidad de crecer o decrecer según el espíritu y de su disposición para dejar que otros crezcan o decrezcan. Existen gentes que siendo minúsculos ratones se creen capaces de parir cien gemelos de un golpe, y otras que pese a su magnitud casi inconmensurable se autoconsideran pequeñas y silenciosas cual zapadores invisibles e inaudibles.
Qué difícil manejar la vara de medir con que vareamos al prójimo como a nosotros mismos. Por mucho que ella nos mida, la vida nos pone en nuestro lugar a los mensurantes que tenemos la funesta manía de medirlo todo sin dejar de medirnos por nada: es uno mismo quien maneja la perspectiva y casi siempre con un coeficiente de desviación atípica; no nos mide el yo real, sino el gjgante de nuestros deseos o el enano de nuestros temores.
De mens, mente, viene mensura, es decir, medida, y de demens desmesura. Los de/mentes nos aferramos a lo desubicado, a las distancias y ritmos descompasados. La desmesura de la mente, con sus mecanismos estereotipados e invalidantes, actúa con plasticidad, majestad e imperio, según se decía de la regla de Lesbos a la que recurría Aristóteles para unir ética y estética, a tenor del excelente manejo de la plomada adaptable a la anfractuosidad de los roquedales.
Según la edad nos agigantamos o achaparramos, ¡cuántas desilusiones al echar la vista atrás y verlo todo de un tamaño tan distinto al inicial, y cuántas metafísicas no se habrá llevado ella por delante! Hasta en la jungla cambia el tamaño de las cosas, según los sonidos se oigan cercanos o lejanos entre la hipoacusia hipopotámica, sumergida y la hiperacusia del chillido de los monos, cuya intensidad descerraja las membranas defensivas de nuestros tímpanos, ¡y cuánto se echa de menos en tal carajal una sala de conciertos como la mejor Hörersaal... En tal jungla los citadinos construimos circos con elefantes sin colmillos y unos pocos saltimbanquis con el culo pelado en los trapecios. Payasos sin Fronteras, mezcla de Farsalia y de Animalia, vamos sobreviviendo a tirones, como el tío Calambre, convertido en la medida de todas las cosas.
A todo esto, por extraña asociación de ideas, recuerdo ahora que me tocó dar una conferencia en Ourense el mismo día en que Camilo José de Cela daba la suya. Seguramente me quitó mucha o casi toda la posible audiencia, no lo sé, pero la ironía de un redactor hizo que la Voz de Galicia del día siguiente titulara con lujo tipográfico la siguiente hilarante noticia: “Camilo José de Cela, reposición”. Y es que el tío había vuelto a leer, ni corto ni perezoso, ante su público la misma plática que había leído un par de años atrás. Hace falta tamaño de cara y volumen de cuerpo trasero.
Pero don Camilo somos muchos, y no hay que ensañarse con un nobel. Con el curso del tiempo aquel corpiño mío no daba de sí para contener tanta grasa, fue creciendo y creciendo en círculo, redondeándose, desparramándose, hinchándose, inflándose, desbordándose, enfofándose, casi más ancho que largo, y a mis años ya es la viva estampa de Obélix y Asterix. Ni siquiera encuentro una mala cincha para la barriga, todas tienen un agujero menos. Los calzoncillos no me alcanzan; en todo México, la Norteamérica de Abajo, pese a la enorme cantidad de obesos mórbidos, no hay para mis anchuras desbordadas unos simples taparrabos como Dios manda.
Qué nivel. Cuando la movilidad se aleja la muerte se acerca. A los viejos nadie les va a visitar, ni por nadie son visitados. Qué penosas álbumes de recuerdos en charcos de lágrimas y con relojes parados, qué silencio tan vacío el pasar del ruido de sus hojas color sepia, tristes letanías.
Mi biografía es no solamente lo que el viento se llevó, gone with te wind, sino también lo que el viento ha hecho conmigo, zarpazos del leñador, sino también el bálsamo que a veces perfuma el hacha con la que derribo, razón por la cual todavía permanecen en pie y erguidas mis ganas de seguir siendo, afortunadamente sin esa sisifofobia que tantos padecen a la vuelta de las vacaciones, al retorno al trabajo, o al regreso al cole; afortunadamente hasta el momento para mí las vacaciones son las cosas que hago, lo que me mueve y arrastra, esa jubilosa jubilación que especialmente hoy consiste en el leer y el escribir sin bajarme del pensamiento. No he ganado con mis libros ni siquiera para pagar la luz de la noche con que han sido traídos al mundo, el tóner, y la computadora, y si hubiera tenido secretario o secretaria no hubiera podido ni comer, pero si tuviera que cobrar por lo que he pensado sería casi tan rico como el rey Midas.
Anoche mientras dormía soñé, bendita ilusión, que me convertía en prima ballerina de ballet. Había que ver cómo andaba de puntillas, cómo saltaba casi grávida mi cintura hasta los espacios infinitos convertido en mitad cisne y mitad sílfide. Así que, cuando me desperté a la cruda realidad, y en venganza contra mí mismo, escribí este artículo casi de un tirón, cuyo resultado no auspicia nada bueno: un cuerpo gordo que sueña con ser una dulce niña dulce y suave cuyo galibo de ave finge proa de una nave, de una nave de marfil. Pero hacer lo que se puede es lo que puede encabezar mi pliego de descargos; y sobre todo, un cariño como el tuyo.