Gabriela Mistral es sin duda una de las mujeres y de las personalidades más interesantes y apasionantes del siglo XX. Nacida como Lucila Godoy Alcayaga en 1889 en el Valle de Elqui (Chile), cuando comenzó a escribir sus primeros poemas siendo una modesta maestra de escuela rural, quiso utilizar un seudónimo que es todo un guiño a sus debilidades literarias, y así hizo honor al poeta y dramaturgo italiano Gabriele D’Annunzio y a un hombre de su mundo y de hondo sentido popular: Frédéric Mistral, que fue Premio Nobel de Literatura en 1904. El resultado fue un sonoro y armónico Gabriela Mistral, con el que dio la vuelta al mundo, rompió moldes de costumbres, se enfrentó a tabús literarios e históricos y fue reconocida como merecedora del Premio Nobel de Literatura en el año 1945, justo cuando el mundo había conseguido concluir la horrible pesadilla de la II Guerra Mundial.
Gabriela Mistral, había utilizado por primera vez su seudónimo en el poema “Del pasado” publicado en diario El Coquimbo en 1908 y desde entonces fue fraguando un mundo interior de intensa sensibilidad, cuya máxima expresión son los poemas que integran su gran libro poético, con un título tan evocador de un estado de ánimo como Desolación, que le haría ser mundialmente admirada en todos los ambientes culturales del mundo. Simultáneo durante años su labor docente con colaboraciones en la revista Elegancias, que desde París dirigía Rubén Darío, y ya en el año 1914 obtuvo el reconocimiento del Premio Nacional de Poesía de Chile con la obra Sonetos de la muerte.
En esta obra, Mistral. Una vida. Solo me halla quien me ama, su autora, Elizabeth Horan, que es profesora, escritora, editora y traductora, académica en la Universidad Estatal de Arizona, y una gran apasionada de la literatura en español, ha culminado su investigación con este volumen primero de la vida de Mistral en el que recrea su trayectoria hasta 1922, después de haber dedicado más de cuarenta años a la investigación en archivos de la biografía y correspondencia de Gabriela Mistral.
Horan revela que una de las cosas que le llevó a interesarse por la obra de Gabriela Mistral fue lo sorprendente que era cómo una mujer sin recursos llegara tan lejos utilizando solo la palabra escrita. Porque, Mistral fue expulsada del colegio, era autodidacta, urdió importantísimas relaciones sociales a base de cartas y llegó a ser Premio Nobel. Esa es la pregunta central del libro de Horan: ¿cómo esta mujer llegó a la cumbre internacional de cuatro profesiones distintas, pues consiguió el éxito como diplomática, como poeta, como docente y como periodista.
En este libro, su autora pone a disposición del lector una impresionante cantidad del material procedente del archivo de Gabriela Mistral: cartas, cuadernos, grabaciones caseras, fotografías, hasta el punto de que procede afirmar que tal parece que la escritora deseaba que en su ausencia se pudiera disponer de todo un colosal arsenal de testimonios de su vida y secretos, pues parte de su vivencia está unida a misteriosos episodios, algunos de los cuales Horan consigue desvelar o insinuar. A este detalle se une el que, por su condición de diplomática, valoraba disponer de archivos y de personas que colaborasen en su profesión, como eficaces secretarias de modo que este primer volumen hace especial hincapié en la figura de una de ellas, la artista chilena Laura Rodig, mujer decisiva en su vida.
Horan revela que, en 1922, Mistral se trasladó a México para integrarse en los proyectos de reforma educativa de José Vasconcelos, el escritor y político, mexicano, que le dio una cobertura intelectual que le abrió las puertas de las editoriales mexicanas que se animaron a publicar algunos de sus libros de poemas, como Lecturas para mujeres.
Durante buena parte de los años veinte y patrocinada por el gobierno mexicano ocupó distintas responsabilidades en instituciones americanas y europeas, en concreto en Ginebra, Suiza y en Madrid, donde en 1928 representó a Chile en el Congreso de la Federación Internacional Universitaria en Madrid. Su experiencia pedagógica se amplió en los años treinta con su periplo por universidades de tanto prestigio en Estados Unidos como Vassar College. Su experiencia diplomática culmina con su nombramiento en 1933 como cónsul de Chile en Madrid, sin por ello abandonar su faceta literaria, pues en 1938 apareció su libro de poesía Tala, publicado en Buenos Aires, y dedicado a los niños españoles víctimas de la Guerra Civil.
La extensa biografía de Horan tiene pasajes y episodios especialmente reveladores como el dedicado a la relación con Laura Rodig y su estancia en la ciudad chilena de Temuco, y la escritura de catorce prosas poéticas de tema erótico (página 342), que tituló inicialmente “El poema de la madre” y que cuando lo publicó un año después, pluralizó el título motivando que el escritor Luis de Arrigoitia describiera el sensual realismo de sus referencias corporales como algo sin precedentes en la literatura en lengua española hasta entonces. En otras palabras, decía que ningún otro poeta de habla hispana había celebrado tan gráficamente el cuerpo femenino sin referencia alguna al deseo masculino.
Ejemplo de este innovador relato (página 343): “Mistral escribe el cuerpo femenino valiéndose de la tensión entre sexualidad lícita y tabú, convirtiendo su escritura en la pieza central de una ingeniosa campaña publicitaria, que tenía varios objetivos y entre ellos publicitar su presencia en Temuco, actualizar su perfil como escritora mostrando su preocupación por la cuestión social no en relación a la clase trabajadora masculina, sino con las humildes tareas de la maternidad, y el tercer objetivo de su campaña era reforzar su credibilidad ante los radicales al mostrar su compromiso social hablando desde y por las mujeres desprovistas de la capacidad de hablar por sí mismas”.
Esta campaña -relata Horan- (página 344) “provocó desde un principio el escándalo, que se acrecentó cuando alguno de sus poemas fue censurados por el diario La mañana que omitió la sexualidad explicita entre mujeres del texto “La hermana”, cuya hablante femenino alaba y acaricia el cuerpo visiblemente embarazado y protuberante de otra mujer: “Sus caderas están henchidas, como las mías, por el amor, y hacía su faena curvada sobre el suelo. He acariciado su cintura; la he traído conmigo”.
El 10 de diciembre de 1945 Mistral recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer escritor latinoamericano en ser distinguido con este reconocimiento, y el tercero en lengua española. El motivo por el que la Academia Sueca concedió el Nobel a Mistral fue «por su poesía lírica que, inspirada en poderosas emociones, y que ha hecho de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”. En 1951 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Chile. En 1953 fue nombrada cónsul en Nueva York y también delegada en la Asamblea General de Naciones Unidas. Mistral falleció en Nueva York en 1957.
El libro señala la coincidencia de que fuera Neruda el cónsul chileno en Barcelona y Mistral tuviera el mismo cargo, pero en Madrid. Y hay en este tiempo un episodio en el que Gabriela Mistral, siendo cónsul en Madrid, escribió una desabrida carta a un amigo suyo chileno, Armando Donoso, denostando muchas de las situaciones vividas en Madrid y en España, incluyendo opiniones de cierta dureza. Y esta carta fue publicada en octubre de 1935 por la revista La familia, en Santiago de Chile, y su aparición motivó que el gobierno chileno la relevara de su condición de cónsul en España, enviándola a Lisboa, aunque ella argumentó que tenía derecho a tener opiniones privadas. Neruda -que ya estaba viviendo en Madrid por decisión del Cónsul General- se hizo cargo del consulado en la capital española. Horan recalca en su libro que, desde Lisboa, Mistral colaboró en la evacuación durante la Guerra Civil española de académicos, artistas, y médicos.
Como conclusión, este extenso libro -fruto sin duda de una exhaustiva investigación, que tiene más condición de tesis doctoral-, nos deja la admiración por la vida y la obra de esta portentosa mujer del siglo XX que fue una precursora de la sensibilización por las vidas de las mujeres y una mente libre que destrozó los convencionalismos sociales y culturales de varias sociedades, no solo iberoamericanas sino también europeas. Su poemario Desolación evidenció los sentimientos de Gabriela Mistral ante situaciones, escenarios y pensamientos que ya serían capitales en su obra poética y del que reproduzco unos versos como final de esta reseña: “Del nicho helado en que los hombres te pusieron, /te bajaré a la tierra humilde y soleada. / Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, / y que hemos de soñar sobre la misma almohada. // Te acostaré en la tierra soleada con una/dulcedumbre de madre para el hijo dormido, /y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna/al recibir tu cuerpo de niño dolorido”.