Por circunstancias diferentes, y nunca por querer haber ido a leer sino a auditar de manera aleatoria, y mientras recorría buena parte de España, penetré durante el último mes en tres bibliotecas municipales: una en León, la otra en Madrid y la última en Málaga. Por lo tanto lo que van a leer, no es una encuesta al uso, siquiera un estudio profundo de nada, sino simplemente algo que coincidió en días diferentes en tres bibliotecas españolas donde acudí de forma fortuita. Y paso a contarles.
En las mismas, se produjo el hecho reseñable por el que estamos aquí y que yo, que no acudo a bibliotecas, primero, porque resido lejos de España, y después, porque los días que paso por España ya tengo conmigo libros suficientes, me llamó enormemente la curiosidad. Porque en las tres ocurrió exactamente lo mismo: los visitantes trabajaban en sus apuntes, en muchos casos con los auriculares puestos, cuando los móviles, aunque en silencio, no pocas veces eran requeridos, cuando otra buena cantidad de gente hojeaba periódicos. Quiero decir que, salvo en porcentajes grotescos por ser muy inferiores, en esas librerías municipales casi nadie leía libros. Y yo, ignorante de mí, pensaba antes de entrar que me toparía exactamente con todo lo contrario.
Conste que estudiar, trabajando en los apuntes del instituto o universidad o en las oposiciones, es realmente loable. Y que incluso leer diarios, aunque todos casi siempre anden a la gresca con la independencia informativa, tampoco es un pecado demasiado peligroso. Pero, ¿por qué no se leen libros en la biblioteca, cuando su función esencial es precisamente esa, ya que la mayoría de su contenido tiene que ver con obras de diferentes géneros colocadas en numerosas baldas por orden alfabético?
Pues la respuesta no la sé. Pero imagino que debe ser parecida a lo que ayer me comentó David Jiménez, amigo, periodista y escritor, recordándome que la gente cada vez lee menos. Para justificarlo no expresó sólo una opinión, sino que me expuso datos concretos de cuántos libros se venden hoy y cuántos se vendían no hace mucho, si acaso tres lustros atrás. Es cierto que, en el metro, en los trenes y algunas veces en las terrazas de los bares hay gente que aún lee. Pero tristemente no hace falta ser muy quisquilloso para aceptar que, de un tiempo a esta parte –o al menos, desde que en 2007 me fui de España– en nuestro país se lee menos. Ahora saldrá algún editor con datos reales asegurando que cada vez se publican más libros. Pero yo no hablo de negocio, sino de verdad. Y la misma me apunta que cada vez hay menos lectores, y que, salvo giro sorprendente de los acontecimientos, cerrarán antes bibliotecas que iglesias, por mucho que a misa vayan tres. Y ya puestos, debería existir una clasificación de cuántas editoriales guillotinan, queman o dan para reciclar sus libros imposibles de vender y en qué cantidades. Ese dato, sospecho, sí que nos dejaría patidifusos.
En mi exageración constante imagino recalificaciones de bibliotecas municipales, donde en sus espacios se levantarías mercadonas, y a especuladores inmobiliarios quemando las estanterías a lo bonzo, y acusando del fuego al cambio climático, mientras por la puerta de atrás se firman licencias para la construcción de miniapartamentos, eso sí, sin estanterías para libros, que el minimalismo no sólo te insiste en descartar las repisas, sino que lo más acojonante es que ignora a los libros.
Y claro, si yo fuera bibliotecario, aparte de haber colocado en sus repisas todas mis obras por duplicado –la corrupción es intrínseca al ser humano–, cancelaría los carnets de todos aquellos afiliados que durante los últimos noventa días no hubieran sacado un libro. Porque desgraciadamente, solamente de forma imperativa salvaremos a este mundo y a la cultura, si es que todavía queda algo de ella.