www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Ese lado soleado de la duda

domingo 23 de junio de 2024, 19:14h

Es un riesgo, un lema, siendo más exacto, asumido en cualquier tipo de producción: si algo puede salir mal, saldrá mal. En el mundo audiovisual, tiene más presencia debido al largo historial de rodajes catastróficos o películas que fueron tildadas de malditas por el coste de sacarlas adelante, rodarlas o distribuirlas, si tuvieron la suerte de llegar a dicho cabo. Son historias que permanecen por el morbo, pero también pueden interesar como demostración del empeño humano en el trabajo que conlleva el ensueño, que no suele tenerse en cuenta.

El poeta y escritor Alejandro Simón Partal sabe detenerse en esas obcecaciones —para algunos— que su mirada traduce en distintas formas de empatía y asombro. Él busca la estima que le transmite un solo hecho, uno que pueda recoger diversas capacidades; la tragedia y el aliento sanador a los que es fácil exponerse cuando se trata no importa qué acercamiento al momento y sentimiento creativos.

De entre las miles de maneras de reflejar lo anterior, sobresale la escritura diarística. Es el género, posiblemente junto al ensayo, que menos reglas tiene, así como necesidad de renovación, pero del que más pegas se suele sacar y señalar con inquina.

La planta baja. Diario de rodaje se inscribe en esa lista de obras que siguieron a una mayor, que nacieron al amparo o como vía de escape de una situación turbulenta. En su caso, adquiriendo autonomía, incluso desde su aparato publicitario, separándolo de la película que recoge en sus páginas: el rodaje de Segundo premio, de Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta, filme biográfico acerca de la grabación del álbum fundamental del grupo granadino Los Planetas, el cual recomiendo encarecidamente. Hasta aquí el lazo unitario. El diario de Partal, según comienza su lectura, abre una senda hacia lo mencionado anteriormente, las vicisitudes que rodean la filmación de la película, sí, pero también la muestra de particularidades que desde el punto de vista del autor componen una dependencia de la que no sabemos despegarnos, a veces por la desolación que dejaría su vacío, otras por la urgencia de su estímulo.

Hay que reconocer lo adecuado de la propuesta, la sucesión de desbarajustes que posibilitaron que este peculiar encargo marchase con paso firme o pies de plomo. Conocemos actualmente el desenlace, pero remontándonos meses atrás, es curioso asistir, mezclada la sensación de ser nosotros espectadores y lectores de la película y el libro, a las peripecias que sufrieron el autor y el equipo. La inseguridad de Partal, turnándose con el arrojo, respecto a no dejar caer el diario, enriquece La planta baja. Su ingenuidad y saber hacer literario se impregnan en todas las entradas. Los lugares, desde Ostrava hasta Nueva York, desde una boda en Galicia y principalmente Granada, se cuelan en los anhelos y vivencias. Una conversación en la peluquería, la compra en el mercado, las confidencias con miembros del equipo... Con todo, la vulnerabilidad de saberse otro, ajeno a lo que sucede, algo que construye la voz en los diarios. ‘He traído algunas cervezas que dejo en la nevera sin decir nada. No tengo confianza o seguridad para entrar y colocarlas entre los cables, que es lo que cualquiera haría, lo que seguramente ellos desearían, y eso me entristece’, dice en una nota de finales del mes de marzo.

Me gusta lo inesperado que supone un libro así, más viniendo de quien escribe, que ha ido asentándose en los caminos prosistas. La planta baja queda como testimonio de una película que varias veces estuvo a punto de despeñarse ladera abajo, pero más fiel es el retrato que hace de la entereza humana, del impudor, del lado soleado de la duda que prefirió no amedrentarse por el cúmulo de inconvenientes, sino la pureza de unos días atropellados. En sus versos: ‘Hay un instante/ que de tanta soledad/ improvisa cualquier cosa la hermosura.’

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios