La literatura rusa, y especialmente los autores que vienen a la cabeza cuando es mencionada, ha tenido la ventaja de que en sus descripciones, diálogos o digresiones de los narradores, se hiciera un fuerte uso de lo trascendental, de lo que en muchas ocasiones puede sonar exagerado al lector actual, pero aun así pudiendo ser disfrutado. Leemos esas grandes enseñanzas porque son evidencias, porque eran algo que ya conocíamos pero necesitábamos que se nos dijeran proyectando la voz para asentar esa sensibilidad. En las novelas y poemas y relatos de mayor reconocimiento, desde Dostoievski hasta Gógol, de Tsvietáieva a Turguéniev, está ese gusto por la sentencia, por la frase determinante que ha generado tantos partidarios como detractores.
Esto es una generalización absolutamente personal. Entre los trazos gruesos y la excesiva —en ocasiones— tendencia a la dubitación, están las páginas donde la sencillez, no exenta de misterio y profundidad, es marca de la casa. Chéjov y Tolstói me parecen los más representativos, así como los más accesibles. Turguéniev también, he de ser justo, pero su carga vitalista es menor. Tolstói es el más repetido a la hora de mencionarlo como maestro o referente de muchos novelistas posteriores. Las presentaciones están de más en su caso. Sus títulos son razón suficiente.
De la mano traductora de Selma Ancira, a quien debemos agradecer la recuperación y nuevas traducciones de sus obras, se publicó a principios de año Lucerna y Albert, reuniendo en un sólo libro esos dos relatos hasta el momento, para uno, totalmente desconocidos.
Escritos en 1857 y 1858, tienen como nexo la irrupción de un músico en la vida de los protagonistas. Durante una estancia en Suiza, durante una noche de juerga en San Petersburgo, alguien de aspecto maltrecho, de vida descarriada por circunstancias varias, encandila a los personajes principales y a todo aquel que se encuentre alrededor con una serie de músicas. Su talento disuade las conversaciones, las acciones mundanas. Igual que la escritura de Tolstói, todo se detiene para que la melodía fluya y el silencio se pose en cada uno de ellos, de nosotros. La vida vagamunda que lleva le ha hecho insensible, quita importancia a sus minoritarias actuaciones. Pero ha sido como un corte. Algo los ha dañado para siempre. También a quienes se prendan de ese dominio, relegado a mero entretenimiento.
El conflicto en Lucerna y Albert, para el príncipe D. Nejliúdov y para el joven caballero Delésov, protagonistas de uno y otro relato, es que el arte no ofrece redención. Permite que los sentidos, el alma, en grado sumo de perfección de la conciencia sensitiva, se reafirmen, salgan de su estado agnóstico y revelen toda su capacidad de agitación en nuestras existencias grises. Pero no debe haber implicación por nuestra parte. No debemos inmiscuirnos en ese episodio tan fugaz como certero. Su función es la del arrebatamiento, tengamos tiempo de considerar o no los porqués. Pero las explicaciones lloverán sobre mojado. Será demasiado tarde, más aún si, como hacen ellos, pretenden salvar con la mejor de las intenciones, conmovidos hasta la médula, a esas dos personas maltratadas por su injusticia, desperdiciado su talento musical. O no, precisamente ahí radica la supuesta utilidad del arte. Tendrá fundamento la sacudida que nos produzca si nuestra entrega es ciega, total. No sabiendo lo que es, aunque después de su marcha, el silencio y la turbación crezcan.