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RESEÑA

Diplomático en el Madrid rojo. Un libro que corta el aliento rememora el inicio de nuestra Guerra Civil

José Manuel López Marañón
miércoles 03 de julio de 2024, 08:38h
Actualizado el: 07/07/2024 20:24h
Diplomático en el Madrid rojo . Un libro que corta el aliento rememora el inicio de nuestra Guerra Civil
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DIPLOMÁTICO EN EL MADRID ROJO. Felix Schlayer. Espuela de Plata (2008)


A Felix Schlayer (Reutlingen, 1873 - Madrid, 1950), ingeniero alemán y empresario de maquinaria agrícola que conoce bien el campo español, el inicio de nuestra guerra (julio de 1936) le sorprende en Madrid. Ante la ausencia del Embajador noruego por vacaciones, es nombrado Encargado de Negocios convirtiéndose en único representante oficial de este país. Ya como Cónsul de Noruega permanece en España hasta 1937.

Estos puestos permiten a Schlayer la libertad de movimientos propia de los diplomáticos y vivir muy de cerca los acontecimientos revolucionarios del primer año de guerra en Madrid. Testigo de hechos y destinos personales que, formando parte de la vida cotidiana, no salen en prensa, con su apuradísima partida en barco evita su «asesinato a manos del gobierno rojo». Ya de vuelta en Alemania Schlayer escribe sus vivencias «retratando fielmente la verdad, sin exageración ni ornamentación alguna».

Su análisis sobre las causas que llevan a una guerra civil se asienta en la nefasta influencia del comunismo soviético, que en España seduce «a una masa inculta, con escasa disciplina, carente de pretensiones y que la conduce a la criminalidad fanática y la obediencia ciega». El deseo de renovación, la inexperiencia política y la pereza intelectual arrastran a entusiasmadas masas burguesas al experimento republicano. Y el poder pasa a «diletantes intelectuales, teorizadores como Azaña o Casares Quiroga, seres fracasados e insatisfechos en el orden burgués que se ponen a disposición de los socialistas para instaurar una democracia convertida pronto en una comedia».

La tensa calma que se respira en Madrid el 17 de julio, sin trenes ni teléfono, permite a Schlayer atravesar las calles en su solitario coche consular. El populacho, generosamente armado por el primer ministro Giral con armas del cuartel de la Montaña (que el general Fanjul no supo defender), las usa despiadadamente asesinando a cientos de soldados en ausencia de cualquier autoridad. De las cárceles salen los presos comunes. Se queman iglesias y se mata a curas. El terror ha empezado y cada mañana se recogen los cadáveres acribillados por los milicianos. Tras el saqueo de sus casas los arrestados son juzgados por un tribunal sin las menores garantías jurídicas, y ejecutados después.

«Dar el paseo» se convierte en un eufemismo de asesinato. Los «tribunales populares» juzgan arbitrariamente sin que gobierno o legalidad estatal alguna intervengan. Schlayer es testigo de cómo dos hombres son pasados por las armas por milicianos. El populacho, ávido de botín, ha perdido el respeto por la sacralización de la muerte: entre finales de julio y mediados de setiembre tienen lugar, solo en Madrid, más de doscientos «paseos» por noche.

Se calculan en miles los asesinatos llevados a cabo sin ninguna disposición judicial. Entran en ellos ajustes privados entre trabajadores y patronos, y los de campesinos que llegan a la capital para buscar a los propietarios de sus casas y matarlos. La consigna comunista es «borrar del planeta a todos los propietarios legales».

Schlayer se entrevista con el ministro Indalecio Prieto y este, impresionado por tantos relatos de barbarie, ordena que patrullas a caballo de la Guardia Nacional vigilen zonas comprometidas. Caso esporádico en un gobierno sin fuerza ni valor suficiente para enfrentar la brutalidad de unas masas desatada por su propia propaganda: «El triunfo del bolchevismo es convertir a los hombres en hienas», asegura Felix Schlayer, a quien la inviolabilidad diplomática preserva las energías –y su propia vida–. Ya en Alemania –y desde un virulento anticomunismo que no ha dejado de crecer–, justifica el espíritu de revancha y la venganza posterior:

«La libertad popular, conseguida a cambio del embrutecimiento popular, no tendría valor alguno, incluso si fuera realmente “libertad”. Así, no es de extrañar que, tras la toma de zonas rojas, fuese necesario instaurar severos tribunales penales, pues había que extraer este veneno del cuerpo del pueblo para que este pudiera sanar en el futuro».

Más que la guerra, lo que el ejército rojo parece buscar es una revuelta bolchevique cada vez más embravecida. Las prisiones están a reventar y el saqueo de casas y bienes generan una dura competencia entre anarquistas y fuerzas gubernamentales por llegar antes: el robo, y no otra cosa, es el fin de esta revolución tan bienhechora para el pueblo…

El gobierno de Noruega ha concedido a Felix Schlayer el carácter diplomático necesario para velar por sus intereses y ayudar a sus ciudadanos a abandonar España. Contando con un piso de alquiler de un solo despacho, pronto Schlayer se hace con otros dos pisos donde inmediatamente aloja a una familia amenazada: la del abogado de su Legación, Ricardo de La Cierva.

La afluencia de refugiados resulta incesante: amigos de Schlayer y gente de buenas familias se benefician de esa obligación de humanidad que las embajadas adecúan dentro de sus espacios diplomáticos extraterritoriales. Continuación del derecho de asilo medieval, la extraterritorialidad hace que los diplomáticos en Madrid –mientras no les fuera expresamente prohibido por sus gobiernos– hagan amplio uso de sus posibilidades de protección.

Dos condiciones bastan a Schlayer para la admisión en sus pisos: que la persecución habida o inminente por bandas que actúan bajo su criterio sea verosímil, y que el perseguido no hubiera participado en acciones hostiles contra el gobierno republicano. Para el ya Cónsul, que ha conseguido del Ministerio de Asuntos Exteriores el reconocimiento de los derechos extraterritoriales en otra casa, ahora con catorce plantas, como residencia de la Legación noruega:

«No hablamos de una persecución legal por tribunales o funcionarios públicos, sino de la actuación arbitraria de individuos no legitimados: no había lucha contra el Estado, sino simplemente ayuda contra un crimen».

El edificio de la calle Abascal 27 que acoge el consulado está a rebosar por novecientas personas que no pueden dar un paso fuera de allí ante el riesgo de muerte que pesa sobre ellos. Las temperaturas extremas de Madrid y la necesidad diaria de alimentar a esos centenares de refugiados en una ciudad donde reina el hambre –y con muy pocos medios económicos (el gobierno noruego no aporta ni una peseta)– son preocupaciones cotidianas a las que hace frente Schlayer, convertido en ángel protector de tantas vidas a su cargo.

Diplomático en el Madrid rojo describe la organización en «este alojamiento de masas de larga duración»; cómo se las arreglan para conseguir el sustento; cómo cada planta tiene su propio jefe que, apoyado por un asistente, distribuye el trabajo, la compra y las facturas, y, asimismo, se preocupa por el orden interno del piso y de mantener la paz entre sus residentes. Solo en casos extremos se recurre a Felix, quien, con su reputación, concilia al instante las divergencias. Con diez médicos se logra un servicio sanitario con salas de enfermos que incluyen camas y baños. Hubo dos partos y una sola muerte, por tuberculosis. Irónicamente, Schlayer ha creado en su edificio un comunismo ideal: «Todos trabajaban para todos y hasta una duquesa lavaba la ropa de su criada, si a una le tocaba semana de cocina y a la otra semana de lavado».

Felix Schlayer enumera cinco prisiones en Madrid: para hombres, la Modelo (con 5.000 reclusos) y las de San Antón y Porlier (2.000 reclusos); para mujeres, la cárcel de Ventas (1.000 reclusas) y la de Conde de Toreno (que albergaba a 500 reclusas). Sobrecargadas hasta el extremo de acoger a seis hombres en celdas pensadas para uno, sin colchones y con una aberrante situación higiénica, las cárceles están al máximo rendimiento. Su vigilancia y control no son llevados por órganos policiales sino por milicianos socialistas, anarquistas y comunistas, con directores-títeres al servicio de estos y por completo al margen del gobierno. Mientras, el pueblo revolucionario sigue ocupando lujosos edificios donde crean tribunales y cárceles privadas.

«La suerte de aquellos infelices quedó en manos de esos tipos, a menudo jóvenes, carentes de sentido de responsabilidad. El trato, o mejor dicho, el maltrato que a prisioneras femeninas se refiere, es fácilmente imaginable».

La situación no mejora en las checas. Felix Schlayer visita la de la calle Fomento, checa de la que se dice que «quien va allí rara vez sale con vida». En el sótano descubre a sesenta y cinco personas trastornadas sentadas en un suelo de baldosas. El diplomático consigue hablar con los jueces de esa checa y que al día siguiente sean llevados a la Dirección General de Seguridad Pública, donde se ha creado el Comité de Beneficencia Pública encargado de decidir sobre todas las detenciones, liberaciones y condenas. Al conocer una mazmorra de la Seguridad Pública escribe el alemán:

«Sólo un Dante podría narrar lo que ocurrió allí en aquellos tiempos, con aquel espantoso abarrotamiento y donde respetables hombres de las mejores clases se encontraban mezclados con criminales comunes y prostitutas, metidos todos en una gran habitación con pequeñas celdas. Y, a pesar de ello, para los prisioneros era casi mejor el haber sido llevados a ese agujero que a cualquier otro sitio, pues allí era todo, en cierto modo, público».

El 6 de noviembre de 1936 las tropas nacionales avanzan decididas hacia Madrid y el gobierno huye a Valencia. Bombas y granadas caen al día siguiente sobre el patio de la cárcel Modelo causando muertos. Schlayer solicita en el Ministerio de Guerra una protección fiable para los presos que quedan, algo que Miaja (presidente de la Junta de Defensa de Madrid) promete: los presos, asegura, saldrán con destino a Valencia en autobuses.

Estas expediciones de deportados –de las que fue conocedor el consejero de orden público (Santiago Carrillo, secretario general de las Juventudes Socialistas que nada hizo por detenerlas)–, en efecto se producen y, con avenencia del director de la cárcel Modelo (y también de los de San Antón y Porlier) tienen como destino la prisión valenciana de San Miguel de los Reyes… Pero pronto descubre el diplomático que a esa cárcel no ha llegado un solo preso…

Mil doscientos hombres de los mejores apellidos y oficiales de renombre son asesinados sin denuncia, declaración ni, por supuesto, juicio. Felix Schlayer encuentra el lugar de la masacre en Paracuellos de Jarama, donde una lugareña confirma la llegada de autobuses y cómo en el cauce del río, cerca del castillo de Aldovea, el tiroteo duró un día entero. Desnudos, y de diez en diez, los reos bajaban a la hondonada donde eran ametrallados.

«Nadie puede disculpar de todo esto a un gobierno que tiene el valor de organizar o permitir tales atrocidades, pero que al mismo tiempo tiene la cobardía de intentar ocultar luego».

Este julio se cumple el LXXXVIII aniversario del inicio de la Guerra Civil. Diplomático en el Madrid rojo, las memorias de Felix Schlayer dejan testimonio –siempre de primera mano– de cómo se sufrieron en aquel Madrid los desmanes y atrocidades cometidas por milicianos socialistas, anarquistas y comunistas. Es lectura conmovedora e incómoda, pero muy recomendable a la hora de concluir a qué llevan los extremismos, generados en este caso por las organizaciones más exaltadas de aquel bando republicano.

Diplomático en el Madrid rojo es un libro tan doloroso como necesario que recomendamos en estos tiempos en los que tanto la política nacional como la internacional parecen empeñarse por actualizar errores de un pasado que nunca debieran repetirse.


Felix Schlayer

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