El día tonto: encuestas
sábado 15 de noviembre de 2008, 17:54h
Me van a disculpar ustedes que hoy tenga el día tonto. Confieso haberme despertado a la hora de comer y que escribo estas líneas enfundada en un pijama naranja con la imagen de un camello de sonrisa profident. Parece absurdo, ¿verdad? Lo es. Pero, ya les digo, hoy no estoy para grandes exigencias intelectuales. La retórica me ha abandonado, la elocuencia jamás se contó entre mis virtudes y, de la dialéctica, mejor no hablar, que lo único que me falta es ponerme trascendente.
Cuando ya pensaba que no tendría más remedio que hablarles del tiempo, me ha asaltado una duda que me inquieta todavía más que este sol radiante que inunda Madrid en pleno mes de noviembre. A una no le pueden dar estos sustos recién levantada. Verán: aún con legañas en los ojos, he acudido a Internet ávida de noticias que motivaran mi inspiración. A estas alturas, ya habrán comprobado que las noticias no eran suficientemente estimulantes o que mi inspiración no ha querido hacer acto de presencia esta tarde. Sea como fuere, el caso es que, navegando entre las páginas de un diario digital, me he topado con la siguiente encuesta: “¿Te parece bien que teatros o estadios adopten el nombre de una marca?”. Como diría el capitán Hadock: ¡rayos y centellas! ¿Acaso debería tener una opinión formada al respecto y yo no lo sabía? Al no saber qué decir he tratado de improvisar una respuesta rápida, avergonzada de mi carencia de juicio en la materia y nerviosa ante la posibilidad de que el ordenador pudiera notarla. Al final no he sido capaz de decidir si me parece bien o mal que teatros o estadios adopten el nombre de una marca y, humillada, me he preguntado si de verdad la gente corriente lleva a cabo procesos de racionalización sobre cuestiones tales.
Esto de Internet está muy bien: la universalidad, la inmediatez y la democratización de la información son avances dignos de loar. Las tecnologías han progresado hasta incorporar la participación del usuario en los medios de comunicación. El lector de un diario digital puede ser, al mismo tiempo, un redactor más y contribuir en la elaboración y selección de contenidos. La linealidad comunicativa de antaño ha sido superada para dar paso a un proceso de transmisión bidireccional, en el que el feedback del usuario es esencial. Encuestas, blogs, foros, comunidades virtuales o comentarios, son algunas de las posibilidades que nos ofrece la era de la comunicación. El lector cada vez cuenta más y su opinión es requerida para todo.
Y puesto que el consumidor de medios es el gran protagonista de los diarios, se da por hecho que es un tipo bien informado que está al corriente de cuanto acontece. Así, los periódicos se permiten lanzarnos preguntas del tipo: “¿vas a ver la entrevista de Julián Muñoz en televisión?”. En primer lugar, desconocía el dato de que Cachuli fuera a salir en la tele, y, en segundo, ¿de verdad es importante saber si la gente piensa o no ver tal entrevista? ¿Qué valor informativo tiene esta encuesta? ¿Qué grado de fiabilidad revisten las respuestas dadas? ¿Cuántos de los que finalmente contemplen al novio de la Pantoja vendiéndose en la pequeña pantalla estarían dispuestos a admitirlo de antemano?
Otras veces las preguntas son menos banales y requieren mayor preparación. Hablamos de cuestiones como: “¿Debería el Gobierno impedir que Gazprom se hiciera con una participación de Repsol?” o “¿A partir de qué edad puede una persona decidir sobre su vida?”. Peliagudo, ¿verdad? Deberíamos preguntarnos cuántas de las personas que participan en la encuesta están realmente cualificadas para contestar.
La participación del lector está muy bien, pero hay que saber canalizarla adecuadamente para obtener resultados coherentes. Si no, corremos el riesgo de otorgar legitimidad a opiniones infundadas y hacerlas extensivas a un universo de población que no tiene por qué estar representado en la muestra que participa en las encuestas. ¿O alguien se cree que solo un 5% de la gente vaya a ver la entrevista a Julián Muñoz?