Parece irónico el destino que el paso del tiempo ha deparado a algunas grandes mentes, que intentaron que su obra fuese destruida una vez les visitase la negra muerte. Así lo dispuso el escritor checo a su amigo Max Brod: todos sus papeles debían ser quemados. De entre los trabajos inéditos que el autor deseaba que desapareciesen se encontraba esta novela que Brod publicó un año después del fallecimiento de Kafka, en 1925. El resto, como se dice, es historia: pronto cosechó el buen éxito que la han encumbrado como una de las principales novelas del siglo XX.
Poco puedo añadir sobre El proceso más allá del rasgo principal que le sigue confiriendo una grata recepción entre el público: la novela asume una circunstancia real que, precisamente por su intrascendencia frente a la complejidad de la existencia, favorece situaciones inverosímiles. Un hombre joven, de treinta y un años, es informado de que se ha iniciado un proceso contra él. No le permiten conocer los cargos que se le imputan en un primer momento. Tampoco le limitan, a priori, que siga viviendo su vida diaria. Pero sobre Josef K. se ha iniciado una tortura que le consumirá las energías, las fuerzas y sus esperanzas.
Atormentado por la relación que el escritor mantuvo con su padre, los sacrificios que la enfermedad (falleció de la tuberculosis que le persiguió durante sus cuatro décadas de vida) le obligó a asumir y la ruptura del compromiso con la que podría haber sido su esposa, una vez conoció la naturaleza de su aflicción, la escritura de El proceso reflejó el carácter cambiante de Kafka y su relación con sus lazos burgueses y la maquinaria del Estado. Ambos escenarios son criticados por el autor como un fuego eterno que devora el espíritu de las personas que se entregan a sus normas. Leyes, ordenanzas y decretos capaces de reducir al ser humano a la función de una pieza más dentro de un engranaje inmenso. La angustia, la confusión y la lucha banal vertebran cada una de las páginas de El proceso. Y por esta misma razón, la novela mantiene su vigencia. ¿Quién no siente vértigo, hoy en día, cuando debe enfrentarse a la maquinaria burocrática?
Además, hay otra guerra perenne que mantiene su vigencia: la definición de la identidad. La esencia de cada uno de nosotros busca ser revelada mediante la reflexión y la introspección, mientras que, desde el Estado, se intenta uniformar la imagen de cada ciudadano en función de sus actos, su actividad laboral o su historial penal. Lógicamente, nadie inteligente puede describir la naturaleza de una persona en función de estos datos, pero la reducción del ser a una valoración externa, pueril e insignificante de sus actos sigue produciendo un discurso coral que amenaza con crear una identidad ficticia, insostenible desde una perspectiva intelectual y espiritual, a través de cómo nos perciben nuestros semejantes.
De las diferentes ediciones que se están publicando en castellano en este «Año Kafka», en el que conmemoramos los cien años de su muerte -acaecida el 3 de junio de 1924-, la propuesta de Arpa destaca, a mi parecer, por tres razones loables. Primero, una reordenación de los capítulos que han hecho de esta lectura del texto una relectura exquisita. Después, por la incorporación del fragmento inédito. Y, por último, por haber realizado una nueva traducción, en una edición discreta y muy cómoda de leer. Tanto la traducción como las notas y el posfacio corren de la cuenta del especialista en filosofía alemana Luis Fernando Moreno, quien ha participado con aportaciones exquisitas en ediciones memorables como Correspondencia escogida, de Schopenhauer, editada por Acantilado. No se pierdan esta edición del clásico kafkiano por excelencia.