El amor patrio toma su estado de derecho por obra del futbol y el tenis. No es para menos cuando la afición saca los colores a eso del sentir general. Digo general porque la euforia balompédica, así como la tenística, significa hacer país a pesar de las migrañas que padecemos por obra de nuestros gobernantes. De tal suerte que la bandera ondea henchida de viento y gozo para bien de la marca España. Pero esto de exhibir el estandarte y señorear con los colores nacionales por desgracia no es cosa de perpetuidad. El suflé se humilla con la misma dinámica que se gana la Eurocopa de selecciones o Alcaraz despacha al bueno de Djokovic.
La mejor prueba no se ha hecho esperar. Las voces del triunfalismo político han utilizado lo del ascua y la sardina para hacer apología del progresismo, la polarización, y que ocho de cada diez españoles creen que la multiculturalidad de la sociedad ha hecho mejor a nuestra selección de fútbol. Incluso he leído algún que otro argumento sobre valores aportados gracias a la inmigración. Veamos. Desde que Adán y Eva cayeron en la trampa de la manzana, la humanidad no ha tenido más remedio que buscarse la vida y salir adelante a través de millones de formas diferentes. El deporte no ha sido ajeno a ello y por acortar la historia universal de la especie humana, la selección española de fútbol siempre ha distribuido júbilos y pesadumbres como ocurre con la clase política de este país. Con ello no quiero asegurar que el paraíso terrenal estuviera asentado en la España vaciada de nuestros días.
El famoso progresismo es otro de los encantamientos de nuevo cuño. Por supuesto que en la vida conviene reinventarse; eso sí, sin apologías de mercadillo ambulante, ya saben, eso del bueno, bonito y barato en donde te dicen que aquello es el corsé de Escarlata O’Hara a precio de ganga o que los calzoncillos que se venden a granel son de Calvin Klein. Mentira. Es decir, que la progresía está inventada desde que el homo sapiens ha creído más en su propio esfuerzo que en la jerga política. De ahí viene el emprendimiento de la pequeña y mediana empresa levantando cada día el cierre de su negocio para mantener empleos y tirar de un carro cargado de fatigas e impuestos.
Al hablar de polarización tienen la osadía de glasear el concepto del significado, que según recogen los ilustres expertos en lenguas del buen entendimiento viene a significar dividir, discrepar, diferenciar y algún que otro sinónimo a la par. Pues claro que sí, de siempre en democracia de buen uso la libertad ha sido el medio del entendimiento universal entre sintientes de amplia educación y respeto por los demás, es decir, todo ser consciente al que le importa lo que sucede. De manera que blanco o negro, ateo o creyente, homosexual o heterosexual, ornitólogo o coleccionista de cangrejos de rio, vegano o amante del chilindrón, delantero centro o defensa, cada cual actúa en favor de mejorar la sociedad bajo los auspicios de la tolerancia, la convivencia y la buena pedagogía llevándolo a la práctica allí donde se precisa de su compromiso y responsabilidad. En resumen, que contigo camino.
Otro de los términos utilizados es el de la multiculturalidad de la sociedad. Veamos. En toda tierra de garbanzos la especie humana ha sido migratoria por búsqueda de oportunidades allá donde fuera posible. Para no romper el interés del artículo solo referiré que hace un millón de años, algunas especies de homínidos, particularmente el Homo erectus, comenzaron a salir de África y migrar a Eurasia, donde empezaron a tener otros adelantos como el control del fuego. Gracias a ellos, el que suscribe junto a ocho mil millones de personas más de este planeta, gozamos de la oportunidad de no pasar frío y comer comida caliente por tener una llama encendida a nuestra disposición. Dicho esto, ¿Cómo no vamos a recibir de buen grado a cuantas honestas personas huyen de sus países en busca de nuestro apoyo? Pero claro, importante tener en cuenta la letra pequeña que no es otra que la honradez entre las partes para garantizar el buen fin de la convivencia. Y de ahí saldrán buenos médicos, buenos maestros, buenos profesionales de oficios varios e incluso buenos deportistas que adornan o adornarán con sus éxitos la bandera de España, ya sea con goles o sin ellos o con medallas o sin ellas.
Los valores de la inmigración han de ser consensuados con idéntico rigor de legalidad del que gozamos los que aún creemos en la ley y el orden sabedores del respeto debido. A lo mejor con ello nuestra bandera se hace acreedora a dejar de ser un trapo de usar y tirar o tal vez de guardar por aquello del facherío y demás gilipolleces reunidas. En fin, que contigo camino.