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TRIBUNA

Mami qué será lo que tiene el negro

martes 23 de julio de 2024, 21:23h
Con los negros en la selección está empezando a ocurrir como con lo del calor extremo en verano. Porque desde hace un escaso margen de tiempo nos felicitamos por tener negros entre los seleccionados como nos advertimos por la canícula en julio, cuando ambas situaciones son simples obviedades. Recuerdo tanto a Catanha, Donato o Marcos Senna dando patadas a un balón con la zamarra de la selección, como a Chicho Sibilio, negro como el betún, metiendo triples en los años ochenta, y ni los comentaristas dejaban de narrar el encuentro para centrarse en sus pigmentaciones ni la población salía a la calle exaltada ante semejante salto adelante. Parece mentira: la normalidad fue al principio cuando ahora sólo impera lo paleto.

La selección de fútbol está llegando a un punto que, como en las cuotas en ministerios y quién sabe si algún día en la empresa privada, veremos en las próximas convocatorias la obligatoriedad de que seis jugadores sean negros, dos marrones, cinco homosexuales, atendiendo entre ellos a un no binario, además de dos extremeños, por lo de que no tienen tren de alta velocidad. Y espérate que el siguiente seleccionador no sea Verónica Boquete.

A mí esto de las razas, la mezcla, la globalización y la alianza de civilizaciones siempre me ha parecido pan comido. Llevo dieciocho años fuera de España, y salvo por ser hetero y medir metro noventa, algo que dificulta mi mejoría social, al menos sí he tenido relaciones de pareja con marrones, negras, amarillas, judías, latinas… Lo he intentado con todas mis fuerzas para ser mejor persona. De hecho, siempre pensé que si hubiera engendrado un hijo con alguna de ellas éste habría sido convocado por el Luis de la Fuente antes de nacer. Porque así están las cosas.

Por cuestiones literarias me encuentro estos días por España, y claro, he seguido la Eurocopa en TVE. Y el otro día, durante la magnífica final, me sorprendió que en el primer gol de Nico Wiliams, negro de Pamplona, se halagara a la madre por el gol de su hijo antes que a los compañeros que participaron en la jugada. Que debe ser un coñazo tener que haber pasado por el suplicio de cruzar Marruecos a pie, saltar la valla de Melilla, vivir como una indocumentada por un tiempo, para que treinta años después Juan Carlos Rivero te lo recuerde cada vez que tu hijo perfora la portería contraria. ¿No será esto un caso claro de bullying además de una incitación al resto de telespectadores para bajarse al moro, no por pillar chocolate, sino por volver a entrar en España saltando la valla de Melilla, en plan Fosbury? Por suerte el gol de la victoria lo embocó un vasco de Éibar. Que llega a ser Carvajal y hubieran puesto la carta de ajuste durante las repeticiones.

España siempre ha sido un país exagerado. Por eso a Lamine Yamal se le vio celebrar el título con su novia, blanca. Porque él ya se prepara para el futuro. ¿O es que no había que mezclarse? Y claro, de lo que nadie habla es de que un jurado repleto de nazis con traje y corbata concedió el galardón de mejor jugador de la Eurocopa –los nuevos parias dicen emvipi– a Rodri, que para terminar de tocar los cojones le agradeció el título a Dios, que tal cómo están las cosas podría convertirle en uno de esos que deportan en caliente a Marruecos, Ghana o donde sea, pero bien lejos de la obligada nueva normalidad.

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