Sentenció Benjamin Black (Wexford, Irlanda, 1945) –como es sabido, “hermano gemelo” de John Banville, que firma así sus thrillers-, que su objetivo era “transformar la novela policiaca en arte”. Y, sin duda, lo ha conseguido con su fascinante serie protagonizada por Quirke, el singular médico forense que trabaja en el Dublín de los años cincuenta del pasado siglo, en el que Black nos sumerge a la perfección, haciendo que recorramos sus calles, sus rincones... como si estuviéramos allí.
La serie, que tiene una versión televisiva de tres episodios –no muy del agrado, por cierto, del “padre” de Quike-, se inició en la primera década del siglo XXI con El secreto de Christine (2007) y prosiguió a buen ritmo –combinando estos títulos con los que, fuera del género policiaco, firmaba como John Banville- con El otro nombre de Laura (2008); En busca de April (2011); Muerte en verano (2012); Venganza (2013); Órdenes sagradas (2015); Las sombras de Quirke (2017) y Quirke en San Sebastián (2021). Sin pertenecer a la serie, pero también en el noir, firmando como Benjamin Black, ha publicado El Lémur, Los lobos de Praga –thriller histórico ambientado en la Praga del siglo XVI-, y La rubia de ojos negros, en la que se atreve a resucitar al mítico investigador Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler, que es uno de los santos patronos de Benjamin Black.
Ahora, acaba de llegar a las librerías españolas, la novena entrega de la serie, Las hermanas Jacobs, donde su autor despliega no sólo su gran dominio de tramas adictivas, sino su maestría estilística, pues, en realidad, esta no es muy diferente al utilizar su nombre o su seudónimo, pues bien afirmó otro grande de la novela, el británico Martin Amis que “John Banville/Benjamin Black es un maestro y su prosa es un deleite incesante”.
En Las hermanas Jacobs, Quirke y el inspector Strafford – creado por Benjamin Black en Pecado- deben unir sus fuerzas, aunque, de carácter y métodos dispares, la relación entre ambos no es precisamente amable, para enfrentarse a un caso complejo, que comienza en 1945, recién terminada la II Guerra mundial y con los nazis en desbandada, con un misterioso hombre que recala en un antiguo monasterio franciscano en los Dolomitas de los Alpes. ¿Qué busca en ese lugar?
Años después, nos encontramos con Quirke en Dublín, quien no está precisamente en su mejor momento. Su mujer ha muerto trágicamente y Quirke se instala en casa de su hija Phoebe, un gran personaje, que en Las hermanas Jacobs adquiere especial protagonismo. Quirke no va a poder pasar la etapa de duelo sin interferencias porque no es posible obviar un suceso que se ha producido: en un garaje de la capital irlandesa aparece el cadáver de Rosa Jacobs, una joven estudiante judía. Parece que se trata de un suicidio y algunos quieren dar carpetazo al asunto. Pero Quirke y el inspector Strafford tienen fundadas sospechas de que están frente a un asesinato. A esa conjetura se une la hermana de la víctima.
En la investigación, en la que Quirke y Strafford no liman la tensión entre ambos, sino todo lo contrario, se van descubriendo sorprendentes hechos que la complican aún más, como el nexo que existía entre Rosa Jacobs y el hijo de una poderosa familia germana que tiene negocios en Israel. ¿Hay quién da más para mantenernos pegados a la novela?
El reencuentro de los lectores con Quirke es por todo lo alto. Un Benjamin Black al cien por cien.