Últimamente, después de la retirada del actual presidente de los EE.UU, Joe Biden, de la campaña presidencial para la próxima legislatura, se han reavivado con fuerza las especulaciones acerca de la suerte de la ayuda militar norteamericana a Ucrania, con el énfasis en que, si el ex presidente, Donald Trump, de nuevo llegara a la Casa Blanca, él reduciría drásticamente la tan “generosa” ayuda militar que la actual administración de Biden está proporcionando a Ucrania en su guerra contra el invasor ruso. Creó que es el momento de analizar con los datos y resultados en la mano, cómo fue y cómo sigue siendo en la realidad esta tan proclamada y publicitada ayuda norteamericana a Ucrania.
Como todos podemos verlo, la guerra entre la atacada Ucrania y la atacante Rusia ya está durando dos años y medio. Surge la pregunta: ¿De verdad la ayuda militar estadounidense a Ucrania (principalmente, el suministro del armamento adecuado y necesario para que sus Fuerzas Armadas no sólo pudieran resistir ante la brutal agresión del vecino ruso, sino para que también fueran capaces de echar al enemigo de los territorios ocupados durante los primeros meses de la contienda) fue/es suficiente a lo largo de tantos meses que se está librando la batalla campal entre los dos países, mientras uno (Rusia) supera con creces al otro (Ucrania) en todos los aspectos: económico, militar, territorial, recursos humanos, etc.?
Vamos a analizar si la respuesta a esta pregunta es “sí” o “no”.
Desde un principio la administración del presidente Joe Biden, está siguiendo la línea de sus predecesores presidentes demócratas, Klinton y Obama, que eran partidarios de mantener buenas y estables relaciones con su homólogo ruso, Vladimir Putin, haciendo vista gorda a las “pequeñas” osadías y las violaciones del orden internacional que estaba cometiendo el Kremlin. Especialmente, si esto ocurría en las “tradicionales” zonas de influencia que Putin se esforzaba a mantener, a pesar de que varios países que antes pertenecían a la órbita ruso – soviética ya no querían serlo e intentaban acercarse y formar parte de una Europa libre y democrática. Los ejemplos más relevantes son la invasión rusa en Georgia en 2008 o la anexión de la Crimea ucraniana en 2014.
Se acordará el lector de la foto que había circulado en 2009 por todo el mundo, en la cual el entonces Ministro de Exteriores ruso (el que sigue siéndolo hasta hoy día contra todos los vientos y mareas), Serguéi Lavrov, y su homóloga Hillary Clinton (la entonces Secretaria de Estado del presidenta demócrata Barack Obama), en un encuentro bilateral en Ginebra se estrechan las manos y están apretando un “simbólico botón” del “reseteo” (borrón y cuenta nueva) en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, empeoradas después de la intervención militar rusa en Georgia (2008). En lugar de proseguir con las sanciones contra Rusia, emprendidas por la anterior administración republicana de George Bush junior, el demócrata Obama había decidido no dar mucha importancia a este acto de agresión y apostó por mejorar las relaciones con Putin.
Lo mismo pasó en 2014, cuando Putin se apoderó de Crimea, por medio de un golpe militar, y en 2018, cuando las tropas paramilitares rusas, con el apoyo de los separatistas locales en la región del Donbass, emprendieron unas acciones militares en esta zona ruso-parlante, al objeto de separarla del resto de Ucrania. Sólo una heroica resistencia del ejército regular ucraniano, cogido por sorpresa, pudo detener aquella agresión y no permitir a Putin de apoderarse de esta amplia franja del territorio ucraniano. No hubo grandes sanciones a Rusia de parte de la administración de Biden que estaba siguiendo, como ya he comentado antes, la línea de “tolerancia” de sus predecesores Clinton y Obama.
Y cuando las tropas rusas empezaron, el 24 de febrero de 2022, una invasión en Ucrania a gran escala desde las cuatro direcciones: del Norte hacia Kiev, del Noreste hacia Járkov, del Sureste hacia Donbass y desde el Sur (la Crimea ocupada), el comportamiento de la Casa Blanca, al principio, seguía el mismo patrón de actuación, mejor dicho de “no actuación”. Lo confirmaban las primeras calificaciones del propio Biden de aquel ataque de las tropas rusas contra el ejército ucraniano: “Pequeña agresión no es una guerra”.
Luego se supo, a través de las filtraciones a los medios estadounidenses, que el ataque ruso a Ucrania fue pactado previamente entre el Kremlin y la Casa Blanca. En octubre de 2021 viajaron a Moscú el jefe del servicio secreto norteamericano, William Burns (Embajador en Rusia desde 2005 hasta 2008, altamente valorado por el propio Putin), y el Consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, por el encargo del presidente Biden, para establecer las reglas que Putin debería haber seguido en su planeada ofensiva militar contra Ucrania a cambio de la “tolerancia” de la Casa Blanca para con esta agresión.
El plan consistía en que las tropas rusas atacarían desde varios frentes, previo desembarco en el aeropuerto más cercano a la capital ucraniana, Kiev (a menos de 10 kilómetros), de los comandos especiales aerotransportados, cuya misión sería detener al presidente ucraniano Zelenski junto con todos sus ministros y otros máximos cargos civiles y militares; establecer el toque de queda en todo el país; poner en la Presidencia de un títere del Kremlin (supuestamente un tal Viktor Yanukóvich, desbancado del poder por la “Revolución de Maidan”(en 2013-2014), quien llamaría a las Fuerzas Armadas ucranianas no resistir a las tropas de ocupación rusas, quienes en un par de semanas ocuparían todos los centros vitales del país.
Así, en un muy breve periodo de tiempo, Ucrania sería sometida al control absoluto de la Rusia de Putin. No sería una guerra, con un enfrentamiento entre las dos Fuerzas Armadas, con grandes bajas de efectivos y un “llamativo” derramamiento de sangre. Por tanto, no es casual que Putin su invasión en Ucrania definió como una “Operación Militar Especial”, prohibiendo a todos sus súbditos llamar esta agresión como una guerra bajo una pena de cárcel. ¡Qué coincidencia con las palabras del presidente Biden, antes mencionadas: “Pequeña agresión no es una guerra”! Hasta esto estaba pactado entre el Kremlin y la Casa Blanca.
Ahora se comprende mejor por qué Biden, una vez empezada la invasión rusa, en lugar de condenarla y prestar de inmediato a Zelenski una masiva ayuda militar, le ofreció al presidente ucraniano un avión para que él pudiera escapar de Kiev al extranjero antes de ser capturado y con toda la seguridad asesinado por los comandos de asalto rusos.
También se entiende mejor el juego que estaban practicando los servicios secretos estadounidenses, anunciando fechas, una tras otra, de un inminente ataque militar ruso contra Ucrania, pero que ninguna se cumplía. Se llegó a que el Ministro de Exteriores ucraniano dijo que con estos anuncios de que Putin está a punto de invadir a Ucrania se estaba creando una tensión añadida en las relaciones ruso-ucranianas, ya que las autoridades rusas aseguraban que no tenían ninguna intención de agredir a Ucrania. Pero las autoridades ucranianas no sabían que estos anuncios norteamericanos no fueron otra cosa que una cortina de humo para despistar y bajar la guardia de las autoridades ucranianas respecto a las verdaderas intenciones de Putin de invadir en breve a Ucrania.
Por otro lado, estaban ayudando al despiste y a la confusión las declaraciones de los “expertos” de que unos 150.000 efectivos que el Estado Mayor ruso estaba concentrado en cercanías con la frontera ucraniana no eran suficientes para conquistar y ocupar un país tan grande como Ucrania y que simplemente eran unas tropas que se preparaban para unas maniobras conjuntas con las de Bielorrusia, un fiel aliado de Rusia.
Así que, según parece, todo estaba preparado para un golpe militar de Putin en Ucrania, con una ayuda encubierta de la Casa Blanca. Ésta ponía sólo una condición al Kremlin: cuando el “blitzkrieg” de Putin triunfe, Rusia, al quedarse con Ucrania, no atacaría a los demás vecinos suyos, algunos de ellos miembros de la OTAN. De esa manera Biden conseguiría mantener a Putin quieto y colaborador en la palestra internacional a favor de los intereses norteamericanos a cambio del “regalo ucraniano”.
Pero el plan Putin – Biden fracasó. Por un lado, inesperadamente, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, se negó a abandonar Kiev y empezó a preparar la defensa de la capital y de la resistencia del ejército ucraniano a las tropas rusas que estaban invadiendo el territorio de Ucrania. Zelenski dijo a Biden: “No necesito un taxi, necesito las armas”.
Las tropas ucranianas lograron resistir en las primeras semanas decisivas de la guerra, cuando los blindados rusos se acercaban a la capital, gracias al uso de los famosos misiles portátiles antitanques norteamericanos “Javelines”. Este sofisticado armamento fue suministrado a Ucrania en 2018, cuando Donald Trump, una vez elegido presidente de los EE.UU, levantó el veto que había sido impuesto por su antecesor demócrata, Barack Obama, al suministro a Ucrania de cualquier “armamento mortífero”, y entregó a las Fuerzas Armadas ucranianos varios centenares de estas tan eficaces armas contra los tanques en el campo de batalla.
Por otro lado, los servicios secretos ucranianos, no confiando mucho de lo que les estaban “soplando” sus colegas norteamericanos, habían conseguido por sus propios canales una información vital sobre el día y la hora del desembarco de las tropas aerotransportadas rusas en cercanías de Kiev, cuya misión fue asaltar la residencia presidencial y del gobierno. Por lo cual, a los aviones rusos, que estaban transportando unos 1.500 – 2.000 efectivos de los comandos de las operaciones especiales, los estaba esperando una emboscada, bien preparada y perfectamente ejecutada. Fueron derribados varios aviones, los paracaidistas que lograron saltar fueron aniquilados o apresados y toda la operación de la toma de Kiev, la más importante según el plan del “blitzkrieg” kremlineano, fue frustrada por los militares ucranianos.
A partir de allí, tanto el Kremlin como la Casa Blanca, tuvieron que cambiar el plan. Rusia reagrupando y aumentando en veces sus efectivos militares, entrando en una auténtica guerra. Y Biden, aparte de condenar la agresión rusa, no tuvo otro remedio que apoyar a la agredida Ucrania, bajo la presión casi unánime del congreso estadounidense (de ambas cámaras y conjuntamente de los congresistas republicanos y demócratas); de la Comunidad Europea, especialmente de los países del ex Bloque del Este (comunista); de la OTAN y de la opinión pública mundial, que se había pronunciado con una mayoría aplastante contra la agresión rusa y favor de la ayuda a Ucrania. Lo demuestran sucesivas votaciones en la ONU (141 países a favor de la condena, 5 en contra, 35 se abstuvieron y unos 12 no asistieron a la reunión plenaria) y en otros foros internacionales.
Así que, la administración de Biden, aunque aparentemente hubiera empezado ayudar a Ucrania, no obstante, tras los bastidores, seguía una línea encubierta del apoyo a Rusia y estaba haciendo todo lo posible para que las tropas ucranianas no causaran una gran derrota al ejército ruso en los campos de batalla en Ucrania. Hasta tal punto es así, que no sería una gran exageración decir que la administración Biden se comportaba como un auténtico cómplice del Kremlin en contra de los intereses de la agredida Ucrania.
He aquí varios ejemplos de ello.
Cuando Ucrania empezó a recibir los primeros envíos del armamento norteamericano, ha sabido utilizarlo con una eficacia inusitada. Fue un armamento defensivo, muy dosificado por la Casa Blanca, pero permitió al ejército ucraniano no sólo defenderse durante los primeros meses de la ofensiva rusa, sino, tras unas ingeniosas operaciones militares bajo el mando del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas ucranianas, el general Zaluzhny, contraatacar a las tropas rusas en diferentes frentes, obligándolas a retirarse de varios territorios ocupados durante los primeros meses de la guerra. Las tropas ucranianos llegaron a liberar cerca del 20% de los territorios previamente conquistados por el ejército ruso.
Pero, de repente, en plena ofensiva del ejército ucraniano, la Casa Blanca ha cortado de raíz, durante cuatro meses (desde diciembre de 2023 hasta abril de 2024) todo el envío del armamento prometido a Ucrania y, prácticamente, hizo fracasar la “ofensiva definitiva” que estaba preparando el alto mando militar ucraniano en el frente sur. El objetivo de aquella operación era cercar las tropas rusas en Crimea y salir a las orillas de Mar de Azov.
El éxito de esta ofensiva podía haber permitido acelerar la derrota del ejército ruso y obligar a Rusia a buscar una salida de la guerra, retirando sus tropas de los territorios ocupados. Incluso, podrían haberse producido los cambios en la jefatura de Rusia, con la sustitución de Putin y la llegada al poder de los políticos rusos más proclives a terminar la guerra en Ucrania y sacar a Rusia del aislamiento internacional y de las sanciones impuestas por los países occidentales a causa de la agresión a Ucrania.
Sin armamento y la munición necesaria las tropas ucranianas no pudieron desarrollar su ofensiva planeada, fueron obligados a pasar a la defensa, mientras las tropas rusas tuvieron tiempo suficiente para rearmarse, construir nuevas líneas defensivas bien fortificadas en varios frentes, organizar una movilización de nuevos reclutas, incrementando el número de efectivos en decenas de miles y empezar las operaciones ofensivas.
Desde aquel fracaso de la ofensiva ucraniana, la guerra se ha prolongado hasta hoy y no se sabe cuánto tiempo más va a durar. La situación es de un empate. Ni una de las partes tiene suficiente fuerza para ganar a la otra. Especialmente, Ucrania que sigue sufriendo la escasez de la munición y del armamento ofensivo, como los aviones y los sistemas artilleros de fuego múltiple de largo alcance, así como de los blindados más modernos. Los suministros son claramente insuficientes por mucho que la parte ucraniana pidiese a la Casa Blanca incrementar el volumen del suministro del material de guerra sin el cual es imposible vencer al ejército ruso, que después de dos años y medio de la guerra en el suelo ucraniano sigue teniendo una importante superioridad en la artillería, blindados y aviones.
(Más aún, los EE.UU no permiten al ejército ucraniano utilizar el armamento norteamericano para bombardear los objetivos militares en el territorio ruso. Rusia puede bombardear todo lo que le “plazca” en el territorio ucraniano: objetivos militares, civiles, infraestructuras, hospitales. Pero a Ucrania está prohibido hacerlo. ¡Qué guerra es esta! Creo que en toda la historia de conflictos bélicos mundiales no hubo ninguno de semejantes limitaciones).
Mientras tanto Biden, a pesar de sus promesas públicas y privadas de aumentar la ayuda militar a Ucrania, no lo hacía y sigue restringiendo el envío del armamento ofensivo a las Fuerzas Armadas ucranianas. Incluso, a pesar de que el Congreso norteamericano a lo largo de los dos años y medio que está durando la guerra ruso-ucraniana estaba aprobando, partida tras partida, el incremento de la ayuda militar directa a Ucrania. Y hay que destacar que estos gastos presupuestarios los estaban aprobando conjuntamente los congresistas norteamericanos tanto demócratas como republicanos. Pero la Casa Blanca siempre encontraba trabas para no darles la salida a estas partidas de gastos de la ayuda militar a Ucrania o las utilizaba parcialmente.
He aquí varios ejemplos de ello.
En 2022, el año del comienzo de la guerra ruso-ucraniana, el Congreso de los EE.UU destinó 11 mil millones de dólares en ayuda militar a Ucrania. La administración de Biden sólo utilizó 7,4 mil millones. En el año 2023, los congresistas estadounidenses habían aprobado una partida de 14,5 mil millones de dólares para la ayuda militar a Ucrania, pero Biden gastó sólo 11,00 mil millones. El 24 de abril de este año, el Congreso estadounidense aprobó una partida de 61 mil millones de dólares, de la que tanto se habló y comentó en la prensa internacional. Pues, la Casa Blanca hasta hoy en día (agosto de 2024) sólo ha utilizado cerca de 1,5 mil millones de dólares. Hasta que termine el año financiero en los EE.UU (31 de septiembre del 2024) quedan menos de dos meses. Los expertos calculan que con el ritmo anterior de gasto lo máximo que podrá “aprovechar” la administración de Biden de esta “gigantesca” suma de dinero, serían otros 1,5 mil millones. En total, de una partida de 61 millones de dólares, Biden apenas utilizará el 5% de la misma. Y, aunque resulte algo más, siempre sería muchísimo menos de lo presupuestado.
¿Cómo se puede llamar esta conducta del presidente estadounidense respecto a la ayuda militar a su “aliado” ucraniano? ¿Sabotaje? ¿Traición? ¿Complicidad con el Kremlin? Dejo al lector a encontrar el término que les parezca más adecuado.
Imagínense, cuánto armamento y munición las Fuerzas Armadas ucranianas podrían haber recibido, si las partidas de la ayuda militar a Ucrania, aprobadas por el Congreso de los EE.UU, fueran aprovechadas íntegramente por Biden y su administración. Este armamento habría permitido, sin duda alguna, al ejército ucraniano cambiar el curso de la guerra a su favor y liberar los territorios ocupados por las tropas rusas durante estos dos años y medio de la guerra.
Otro hecho sorprendente en el mismo sentido “traicionero” de Biden y de su gobierno, fue su actitud en el caso de la ley de “Lend-Lease”, aprobada por ambas cámaras del Congreso estadounidense (los republicanos conjuntamente con los demócratas), en abril de 2022, en pleno auge de los combates del ejército ucraniano contra su agresor ruso. Esta ley autorizaba a la Casa Blanca a ir realizando una ayuda militar a Ucrania sin, prácticamente, el límite de su volumen, la nomenclatura y la duración en el tiempo.
(Quienes de los lectores quisieran conocer más detalladamente los pormenores de esta ley, podrán encontrarlos en mi artículo, publicado en El Imparcial, 06/05/2022, dos semanas después de la aprobación de esa ley, bajo el título: “Lend-Lease 2”).
El presidente Biden hizo todo lo posible para no utilizar esta vía tan generosa ofrecida por el Capitolio para ayudar masivamente a Ucrania. La Casa Blanca esperó hasta que la ley caducase – al no ser utilizada – hasta el final del entonces año fiscal estadounidense (31 de septiembre de 2022) y, finalmente, no destinó a la ayuda a Ucrania ni un sólo dólar de aquel “Lend-Lease 2” con destino a Ucrania.
Podría citar más ejemplos de estas conductas “traicioneras” de la administración de Biden cara a su “aliado” ucraniano, pero el formato del artículo no lo permite.
Espero que con todo lo que he comentado anteriormente, basándome en los datos y los hechos, y no en los rumores y opiniones interesadas, el lector pueda sacar las conclusiones sobre la naturaleza y la actitud del actual presidente norteamericano, Joe Biden, en el tema de la ayuda a Ucrania, para que ella pudiera defender su libertad, su independencia y la integridad territorial frente a un enemigo agresivo y totalitario, como la Rusia de Putin.
Los Estados Unidos de América, en toda su historia, fueron fieles defensores de los países que estaban luchando contra sus agresores por la libertad y la democracia en todos los rincones del planeta. Pero los años de la presidencia de Joe Biden y, especialmente, su hipócrita política de ayuda a Ucrania, demuestran claramente que los EE.UU están perdiendo estas facultades, lo que sin duda alguna va a ir perjudicando a todos los que apuestan por la Democracia y la Libertad en el mundo entero.