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La cabeza de ETA

martes 18 de noviembre de 2008, 00:44h
Cada detención de un terrorista es siempre una buena noticia. Máxime, cuando se trata de uno de los más sanguinarios, como es el caso de Mikel Garikoitz Aspiazu Rubina, alias “Txeroki”, jefe del aparato militar de ETA. En su haber figura, entre otras muchas acciones, la comisión de atentados tan salvajes como el de la T-4 del madrileño aeropuerto de Barajas, donde perdieron la vida dos personas. “Txeroki”, un fanático de la seguridad, era desconfiado hasta el paroxismo, lo cual puede complicar la investigación a las autoridades policiales. Pero al mismo tiempo, tampoco lo tendrá fácil ETA. Así, el excesivo personalismo con el que “Txeroki” dirigía la actividad terrorista dificultará el tránsito de información dentro de la banda.

El nuevo descabezamiento de ETA sugiere una serie de reflexiones, a propósito de su estado actual. Bien es verdad que uno de sus históricos, De Juana Chaos, está en Irlanda bajo el paraguas del IRA, y que documentos incautados por el gobierno colombiano demuestran la estrecha colaboración entre ETA y las FARC. Cabría inferir, por tanto, que la banda terrorista española se halla todavía en una situación de cierta solvencia y con fuertes vinculaciones en el extranjero, cuando la realidad es bien diferente. Buena prueba de ello es que la detención de “Txeroki” fue posible, entre otras cosas, gracias a las placas de matrícula falsas que llevaba su coche. Dichas placas eran, en palabras del ministro Rubalcaba, “imposibles”; o lo que es lo mismo, estaban mal hechas. Por fortuna, los etarras actuales están mucho peor preparados que antaño, cometen más errores y su deplorable nivel intelectual es digno de la mejor ikastola.

ETA es ahora más débil, sí, pero puede seguir haciendo daño. Y mientras esto suceda, no hay que bajar un ápice la presión contra ellos. Al mismo tiempo, conviene recordar que ETA no es sólo “Txeroki” y el resto de pistoleros. Hay más. ETA no sería nada sin sus tentáculos políticos, llámense HB, ANV o PCTV. Tampoco sin los balones de oxígeno que, con periódica frecuencia, halla en el denominado “nacionalismo pacífico”. Ese que defiende que los partidos que forman parte del entramado de ETA desarrollen su actividad sin cortapisas. Ese que otorga subvenciones a familiares de presos. Ese que, como Joseba Eguíbar, afirma que “el cumplimiento de penas es excesivo”. ETA ahora se ha quedado sin uno de sus principales jefes. Y cuanto menos respaldo tenga su entorno, más difícil se hará sustituirle con garantías. Del nacionalismo depende.
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